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30 Internacional MARTES 15 3 2005 ABC LA ONU Y LA BOMBA DE COREA DEL NORTE INOCENCIO ARIAS George Bush con Paul Rusesabagina, el protagonista real de Hotel Rwanda El presidente de EE. UU. no es un cinéfilo consumado como Reagan o Clinton, pero sus eclécticos gustos abarcan desde comedias intrascendentes hasta películas con mensaje El cine de Bush TEXTO: PEDRO RODRÍGUEZ, CORRESPONSAL. FOTO: EPA WASHINGTON. Entre los múltiples privilegios atribuidos a los presidentes de Estados Unidos hay uno bastante envidiado pero poco conocido: el exclusivo cine en el ala oeste de la Casa Blanca. Una sala de proyección en toda regla, con aforo para cuarenta personas, y una primera fila de cómodos sillones reservados para el ocupante del Despacho Oval y sus invitados. Además de la posibilidad de ver cualquier película en formato profesional, por cortesía de la poderosa Motion Picture Association of America y comer palomitas de lujo sin un solo grano de maíz fallido. Este cine privado, como no podría ser de otra forma, fue extensamente renovado durante el mandato de Ronald Reagan con ayuda de donativos facilitados por los mayores estudios de la época- -Disney, Universal, Fox, Paramount, Columbia, MGM y Warner Brothers- -para cimentar un nexo directo entre Hollywood y Washington. Y de vez en cuando, trascienden las películas exhibidas en la aislada Casa Blanca para que los presidentes no naufraguen y queden a la deriva por los procelosos mares de la cultura de masas. Lo que a su vez inspira toda clase de teorías, especulaciones y análisis sobre los gustos, diferentes personalidades y fuentes de inspiración para los mandatarios de Estados Unidos. En lo que va de año, se sabe que el presidente Bush- -pese a preferir las retransmisiones deportivas por televisión o distraerse con comedias como la saga de Austin Powers -ha encontrado tiempo para ver tres largometrajes de peso: El aviador (parte de la biografía del magnate Howard Hughes que pese a las grandes expectativas terminó por estrellarse en la última edi- ción de los Oscars) Hotel Rwanda (la historia del heroico director de un hotel en Kigali durante el genocidio de 1994) y Paper Clips (documental sobre unos niños que reúnen seis millones de recortes de periódico para darse cuenta de la enormidad del Holocausto nazi) Además de acceso privilegiado a películas de estreno, el poder de convocatoria de la Casa Blanca también permite celebrar exclusivos cine forums. En el caso de Bush, Hotel Rwanda le impresionó hasta el punto de que Paul Rusesabagina- -el protagonista real de la película- -fue invitado en febrero al Despacho Oval. El hotelero que con un derroche de ingenio y valor logró salvar a 1.200 personas ha confirmado al New York Times que aprovechó la entrevista para hablar sobre la tragedia en la región sudanesa de Darfur. Estos pases privados fueron instituidos por Jack Valenti, jubilado presidente de la patronal cinematográfica. Mientras Eisenhower era un adicto a las películas del Oeste, Kennedy utilizó la sala para poner dibujos animados a sus hijos y en mitad de la crisis de los misiles cubanos se distrajo con Vacaciones en Roma y la adorable Audrey Hepburn. El primer pase que solicitó Jimmy Carter fue Todos los hombres del presidente sobre el escándalo de Watergate que le abrió las puertas de la Casa Blanca. Irónicamente, este devoto baptista también fue el primero en ver una película x, Cowboy de Medianoche En contra, el largometraje favorito de Richard Nixon era el clásico Patton Aunque con diferencia, la película más popular en la Casa Blanca según los datos suministrados por un meticuloso proyeccionista ya jubilado es Solo ante el peligro a cuestión de Corea irrumpió con estruendo en la ONU en la madrugada del sábado 24 de junio de 1950. El secretario general, el noruego Trygve Lie, era informado de que las tropas de Corea del Norte habían cruzado el paralelo 38 e invadido Corea del Sur. Lie exclamó, esto es la guerra contra las Naciones Unidas Corea había quedado artificialmente dividida en dos al concluir la II Guerra Mundial. La ONU había dispuesto la celebración simultánea de elecciones en la zona sur, de la que los Estados Unidos habían desalojado a Japón, y en la norte, ocupada con el mismo propósito por la URSS en las últimas semanas de la contienda. El Sur fue a las urnas, de las que saldría el dictatorial y proamericano régimen de S. Rhee, y el norte se negó a celebrarlas. Los rusos instalaron allí a Kim Il Sung, padre del actual dirigente. La ansiada reunificación no se produciría y las dos zonas, al degenerar el norte en un totalitarismo puro que aún se mantiene, han vivido prácticamente incomunicadas. Lie no se equivocó. La guerra de Corea sería larga y sangrienta. El Consejo de Seguridad se reunió aquel sábado por la tarde. Condenó en términos inequívocos la invasión norcoreana (9 votos y una abstención) y pidió la retirada de las tropas. Truman, dudando sobre si la agresión norcoreana era una maniobra soviética o simplemente una guerra civil coreana, comentó a su secretario de Estado, tenemos que parar a esos hijos de puta cueste lo que cueste La ONU le respaldaría. El lunes 27, y mientras las tropas norcoreanas ponían en desbandada a las del Sur, el Consejo aprobaba otra resolución (7 a favor, los necesarios en un Consejo entonces de once, 3 abstenciones) que pedía a todos los miembros de la ONU que proporcionasen a Corea del Sur la ayuda necesaria para repeler el ataque armado Que en plena Guerra Fría el Consejo pudiese actuar sin vetos y con tal celeridad se debe a un hecho curioso. La URSS había decidido boicotear las votaciones del Consejo como protesta por que el asiento permanente de China estaba ocupado por Formosa y no por el régimen comunista de Mao, que no pertenecía a la Organización. Washington pudo así, con la bendición de la ONU ante la ausencia rusa, acudir militarmente en auxilio del Sur. El general Mac Arthur realizaría un osado desembarco de 70.000 hombres detrás de las líneas norcoreanas, con lo que salvó del colapso al régimen del Sur. Quince países entrarían en la coalición con Estados Unidos. El Consejo de Seguridad no pudo seguir legislando contra Corea. El embajador ruso, Malik, volvió a su asiento y empezó a utilizar el veto. Con el Consejo paralizado, Estados Unidos, en una iniciativa de dudosa legalidad, llevó el tema a la Asamblea General, que aprobó la famosa resolución L Llevar la cuestión al Consejo podría acarrear sanciones que recaerían en el atribulado pueblo norcoreano y aumentaría la tensión Unidos para la paz (55 a favor, 5 en contra, 2 abstenciones) que abre la puerta a que la Asamblea se ocupe de un asunto en caso de bloqueo en el Consejo por un veto. Ante las protestas de la URSS, la ONU seguía aprobando, ahora moralmente, la intervención contra Corea del Norte. Sobre el terreno, Mac Arthur había conseguido hacer retroceder a los invasores hasta el paralelo 38. La euforia del momento llevó a la Administración americana y a la ONU a imaginar que era la ocasión de acabar con el régimen de Il Sung y reunificar el país como se deseaba. La entrada de las tropas de la coalición en Corea del Norte alarmó a China y la egolatría de Mac Arthur, rebasando sobre el terreno sus instrucciones, agravaría la situación. China contraatacó con 240.000 hombres y en la ONU cundió el pánico. Mac Arthur, coqueteando siempre con la insubordinación y con una enorme popularidad, sería finalmente sustituido por Truman. La guerra duraría tres años. Más de un millón de personas perecieron en ella (33.640 estadounidenses) La frontera volvería al paralelo 38. Las dos Coreas han evolucionado en sentido opuesto. El Sur es una democracia próspera. El Norte es totalitario, atrasado, con crónicos brotes generalizados de hambre. La cruel paradoja es que sus dirigentes empleen sus magros recursos en buscar el arma nuclear. El anuncio reciente de que la poseen, sea realidad o farol para impresionar a Washington, ha desasosegado a Seúl, que últimamente viene siendo más paciente con sus hermanos que Washington; a Japón, e irritado a Pekín, tradicional abogado de Corea del Norte. Estados Unidos ha optado prudentemente por no dramatizar la noticia. Estos países junto con Rusia son los que mantienen conversaciones a seis con Corea del Norte. El objetivo es: te aumentamos la asistencia económica y energética y tú paras tus devaneos nucleares. Corea quiere garantías por escrito de Estados Unidos de que no será atacada. La ONU, tan activa en el pasado, prefiere no tratar momentáneamente el tema. Llevarlo al Consejo podría acarrear sanciones que recaerían en el atribulado pueblo norcoreano y aumentaría la tensión. ¿Podrá seguirlo haciendo si el Gobierno del Norte se niega a volver a la mesa de negociación con sus vecinos y los cuatro grandes?