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46 Sociedad LUNES 14 3 2005 ABC Medio Ambiente Veinticinco años después de su muerte en las frías tierras de Alaska, la memoria de Félix Rodríguez de la Fuente sigue imperturbable. Su legado, una extraordinaria labor de divulgación de la naturaleza que llevó a cabo sobre todo a través de la serie El hombre y la Tierra preconizó las bases de la actual protección al medio ambiente. Y nos mostró las maravillas de un mundo salvaje. El pionero de la ecología humanista TEXTO: MÓNICA FERNÁNDEZ- ACEYTUNO Me acordé de Félix Rodríguez de la Fuente cuando estaba a punto de aterrizar en Anchorage, Alaska, pero esto creo que ya lo he escrito. Lo que aún no he contado es que no me encuentro entre los que le conocieron, le trataron, trabajaron con él, les dio la mano o un consejo. Ni siquiera estoy entre sus televidentes. O al menos no lo estaba hasta hace unos días. Parece imposible que siendo yo entonces alguien ya interesada por la naturaleza, ni siquiera me asomara con un cierto interés al televisor del que, claro, llegaba esa sintonía tan característica de Antón García Abril, y la poderosa e inconfundible voz de Félix Rodríguez de la Fuente, y unas cuantas escenas más entrevistas que vistas. ¿Qué hacía yo entonces? ¿Cómo pude mantenerme al margen de un fenómeno televisivo que incluso influyó en que muchos de mis compañeros iniciaran la carrera de Biología? No lo sé. Por otro lado, me llamaba poderosamente la atención la naturaleza, pero no lo que me pudieran contar ni en televisión ni en clase, sino lo que yo veía, las semillas silvestres que germinaban en la tierra de las macetas, o el vuelo de los vencejos en verano. A propósito, hoy he visto la primera golondrina. Como ya me sucediera con la poesía, así he conocido la obra de Félix Rodríguez de la Fuente, al menos un cuarto de siglo tarde, en diferido, pero no por ello ha sido menor el deslumbramiento. No se opuso ni al cazador ni al hombre de monte, sino que les sugirió otros comportamientos a favor de la conservación de la naturaleza deja clara la presencia de un equipo que tiene el aspecto de haber pasado mucho frío, o de llevar muchas horas rodando en la dehesa. Durante el transcurso de los capítulos habla poco, de forma eficaz y concisa, con una voz que no requiere su presencia, al poseer su voz propia, al ser su voz él mismo. Y deja hablar a la imagen, pero cita a los científicos, colaboradores, dibujantes, pone en fin en evidencia la tarea de conjunto que es esta monumental obra. No puedo ni imaginar la cantidad de horas de filmación que se hubieron de emplear para esta serie, ni esas otras horas invisibles en las que la imaginación trabaja, incluso en sueños, para dar con la forma de contar lo que se sien- te, ante la naturaleza. Sin esa verdad, sin ese sentimiento por la naturaleza, todo este trabajo, los venados en el monte, las nidadas de perdices, el jabalí y sus rayones en la orilla del río, los lobos caminando por su propio reflejo en el agua, el pico picapinos y su tamborileo en la chopera, el lince, la nutria jugando en un agua verde y clarísima, no dirían casi nada si Félix Rodríguez de la Fuente no hubiera tenido, dentro de sí, un sentir tan hondo por la naturaleza. Adelantado a su tiempo Lo curioso, es que este sentimiento desemboca en otro, que en principio parece antagónico, y es el amor por la especie humana, una suerte de infinita compasión que nace del conocimiento de lo fuerte y lo frágil que es, a la vez, la vida. Frente al desarrollo sostenido que no obedece a otras leyes más que a las leyes del mercado, surge el desarrollo sostenible, que toma en cuenta por vez primera a la naturaleza. A su vez, dentro de este modelo de desarrollo sostenible, se incluye la ecología humanista, que considera que el ser humano no es el centro, pero sí una parte de la naturale- Sentir por la naturaleza Con las ventanas y las contras cerradas, prácticamente a oscuras para que nada me distrajera, me he sumergido durante horas y días en los capítulos de la serie ibérica de El Hombre y la Tierra Comienzan casi siempre con el silencio sonoro del campo, y observamos al animal en cuestión como si estuviéramos allí mismo, oyendo el canto repetido de la abubilla, o el rumor áspero de las hojas de las encinas, para hacernos caer en la cuenta de cómo todo es uno: animal y paisaje. Después aparece Félix Rodríguez de la Fuente, brevemente, y no siempre aparece solo, sino que za. Al margen se queda el desarrollo compatible, que falla en sus propios planteamientos, al estar lleno de ideas localistas, como si los pájaros no volaran o no se movieran las sombras de las nubes. La ecología humanista tiene en cuenta siempre al hombre para que los planes de conservación no estén destinados al fracaso. Asombra comprobar, como Félix Rodríguez de la Fuente adelanta en su serie El Hombre y la Tierra este planteamiento del que se habla hoy en las cumbres sobre biodiversidad, y lo adelanta en el acertado título de la serie, y en la manera en la que se dirige ya sea al cazador o al hombre del monte, no poniéndose en contra de ellos, sino sugiriéndoles otros comportamientos para que sus actitudes empujen a favor de la conservación de la naturaleza. Quizá, de no haberse visto interrumpida su tarea de divulgación, estaría hoy Félix Rodríguez de la Fuente contándonos la vida de los últimos hombres de nuestras tierras, los últimos pastores, los últimos paisanos que siegan con guadaña a la orilla del río, los últimos apicultores que tienen sus colmenas en el monte, los últimos cazadores de topos, los últimos cesteros de varas de castaño, ¿queda alguno? y en fin, tantos hombres y mujeres que están despoblando nuestras tierras ante la pasividad general sin ser conscientes de que con su modo de vivir se están llevando las plantas, los pájaros y todos los animales que se habían enraizado con ellos a la naturaleza. Alaska, la última frontera Que el pensamiento me llevara mientras sobrevolaba por vez primera Alaska hacia Félix Rodríguez de la Fuente, me parece ahora tan inverosímil como que esté escribiendo estas palabras, sin haberle conocido, ni estrechado su mano, ni siendo una de sus televidentes. Pero fue así. Su nombre se me apareció mientras sobrevolaba la última frontera, Alaska, la tierra más hermosa que he visto en la vida. Como entonces, algo me dice que en todo lo que nos contó, y en todo lo que nos dejó de contar, Félix Rodríguez de la Fuente, vive.