Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 13 3 2005 Cultura 71 ÓPERA Teatro de la Zarzuela La venta de Don Quijote (Música de Chapí y libro de Carlos Fernández- Shaw) y El retablo de Maese Pedro (Manuel de Falla) Intérpretes: Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Director musical: Lorenzo Ramos. Director de escena: Luis Olmos. Lugar: Teatro de la Zarzuela, Madrid. Fecha: 11 de marzo DANZA Wallada Guión y Letras: J. M. de la Quintana y J. García- Pelayo. Compositores: M. Galán, R. López, E. Valentín. Coreografías: Igor Yebra, Paco Mora. Bailarines principales: Ana Arroyo, Lienz Chang, Paco Mora, Gemma Morado. Música en directo: Grupo Kurrtuba. Escenografía, iluminación y audiovisuales: Tato Cabal y 3 D Scenica. Figurines y asesoría artística: S. de la Quintana. Dirección artística: Paco Mora. Dirección escénica: José Icriera. Lugar: Teatro Nuevo Apolo, Madrid PROGRAMA CERVANTINO DOBLE ANTONIO IGLESIAS LA MÚSICA COMO LASTRE JULIO BRAVO n el gran capítulo de las conmemoraciones del IV Centenario de la primera edición del Don Quijote cervantino, la música (y no solamente la española) habrá de constituirse en una colaboración sobresaliente. Y un gran ejemplo supone la que aporta el Teatro de la Zarzuela, con su programa doble que incluye la comedia lírica en un acto, del gran músico de Villena Ruperto Chapí, titulada explícitamente La Venta de Don Quijote (posterior a un scherzo sinfónico sobre el mismo tema) que es obra de cuidada escritura, nada fácil de resolver en momentos, unida al portentoso El retablo de Maese Pedro cuando Manuel de Falla comenzó a experimentar sobre la resonancia de los armónicos, y que deduce del librito adquirido en la Cuesta de Moyano madrileña, original del francés Lucas. Programa, pues, importante y preciosamente realizado en nueva producción del coliseo de la calle de Jovellanos. La función, entretenida como más no cabe, destaca en primer lugar por su juego escénico: pleno en la luz y en el color, atinado en los figurines (muy en particular en El retablo con una coreografía tan adecuada como árida en su resolución, porque ahí es nada mover el cuerpo humano obligado por el mecanicismo rígido de los muñecos; E Una escena de El retablo de Maese Pedro de Falla las sugerentes aspas de los molinos (cuando La venta vienen a ser como un leit motiv escenográfico... Y si le añadimos la demostrada competencia, gesto de plasticidad y comunicativo mando de la batuta de Lorenzo Ramos perfectamente obedecido por los profesores de la Comunidad de Madrid y los cantores del Coro Titular del Teatro, y a su altura un ballet tan gracioso como de indudable valía plástica, tendremos las principales bazas de un haber artístico de muy especial categoría. Estas líneas tienen una obligada extensión. Sería injusto no referirlas al JULIÁN DE DOMINGO protagonismo del Don Alonso y Don Quijote vivido por el barítono Enrique Baquerizo, si acertado como bien compuesto actor, excelente también como cantante; el Trujamán del sopranista italiano Flavio Oliver, asombroso por su perfección. Y les sigue toda una relación de un elenco de categoría, la dada por la dirección escénica de Luis Olmos, tan bien asimilada como para justificar el merecidísimo triunfo de una jornada que recordaba especialmente a las familias de las víctimas del 11- M, en la coincidencia de tan terrible fecha TEATRO Los caballos cojos no trotan Autor: Luis del Val. Dirección: Antonio Mercero. Escenografía y vestuario: Montse Amenós. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Intérpretes: Eloy Arenas y Andrea Szamek (violín) Lugar: Teatro Mayor. Madrid. EL GALOPE DEL ÉXITO JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN los caballos cojos, según hemos visto en tantas películas del oeste, se les suele pasaportar al otro mundo para que no sufran, naturalmente. Esta imagen recurrente es el leitmotiv de la historia del triunfador cuyo éxito se ve destrozado por una grieta íntima que corroe la ar- A madura de vanidad de que se reviste. Luis del Val narra la historia de Miguel, un tipo simpático al que un desprecio amoroso y el rencor social que agrava el episodio convierten en un canalla. La historia de un especulador cuya imparable ascensión tiene por motor los deseos de venganza, siempre mayores que sus escrúpulos. El autor elige como forma un monólogo en primera persona como es norma en el género picaresco, la voz incesante del protagonista que visita los recovecos de su peripecia vital, con momentos humorísticos y progresiva negrura hasta llegar al tremendo desenlace, entre el melodrama y la truculencia, pero de gran eficacia. Es un texto cargado de narratividad y que requiere la sensibilidad de un buen director para darle respiración dramática y la de un buen actor para otorgar al personaje encarnadura escénica. Y tanto Antonio Mercero, atento a subrayar, matizar, mover, iluminar la trayectoria y los motivos del protagonista, como Eloy Arenas, que lleva a cabo un potente y emocionante tour de force actoral, aciertan en sus trabajos al servicio de la historia. Arenas, un actor al que se suele encasillar en lo cómico, demuestra su valía en una interpretación llena de matices que brilla al realizar con encomiable sutileza el tránsito del simpático tarambana juvenil al abyecto negociante maduro. Está bien concebido el espacio escénico, en el que asientos de diverso tipo, del pupitre al sillón de presidente de consejo de administración, sitúan las épocas de la vida de Miguel, singularizados por la iluminación cómplice de Miguel Ángel Camacho. La violinista que acota con sus interpretaciones en directo distintos momentos de la obra, en la que interviene con levísimas acciones, es un elemento que se suma al buen acabado final de un montaje que interesa, inquieta y se ve con agrado. a historia de Wallada, una seductora princesa que vivió en pleno esplendor de la Córdoba de los Omeyas, y sus amores con el poeta Ibn Zaydun, son en principio un argumento suficientemente atractivo para llevarlo a las tablas. Y eso ha hecho un grupo de creadores andaluces, capitaneado por Javier García- Pelayo. El espectáculo tuvo un fugaz estreno en Córdoba en julio del pasado año, y ahora se ha retomado el proyecto con distintos protagonistas. Wallada es un espectáculo ambicioso. O al menos esa sensación produce al ver que ofrece música original en directo, que la escenografía se basa en costosas proyecciones, que hay un verdadero derroche de vestuario... Pero pronto se diluye esa sensación, porque Wallada no responde a las expectativas creadas y deja un sabor amargo en el espectador. El mayor problema de Wallada está en su música. La ha escrito Miguel Galán, uno de los fundadores del grupo Medina Azahara, que desde principios de los ochenta ha sido un estandarte del llamado rock andaluz. Al margen de su calidad, lo cierto es que resulta inapropiada para un espectáculo de danza (que se muestra, además, a través de tres estilos: flamenco, ballet clásico y danza española) y que en muy pocas ocasiones (el cautivador paso a dos entre Wallada e Ibn Zaydun es una excepción) sirve de apoyo, por volumen e intención, a lo que ocurre en el escenario. Se une a ella una paupérrima iluminación- -se supone que son las proyecciones escenográficas, unas mejor logradas que otras, las que obligan a ello- y ambas lastran la representación, bien resuelta en su línea argumental. En esas condiciones, el trabajo de los bailarines resulta todavía más encomiable, especialmente el de la protagonista. Ana Arroyo, una bailarina de mucha clase que ofrece frescura, elegancia, belleza y sensualidad a su princesa Wallada; el del hispano- cubano Lienz Chang, que baila con jerarquía y nobleza su parte; y el de Gemma Morado, que otorga pasión y sentimiento a Munia, la esclava que traiciona a Wallada. L