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64 Los domingos DOMINGO 13 3 2005 ABC EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI GARRY KASPAROV Ajedrecista, número uno del mundo desde hace veinte años Su última jugada dista de ser maestra, aunque sorprendió a los mejores analistas: anunciar su retirada en Linares tras ganar por novena vez el mejor torneo del planeta 11 DE MARZO El ogro herido H Di POR FEDERICO MARÍN BELLÓN cen los indios que la importancia de una persona se mide por la grandeza de sus enemigos. El desafío de Garry Kasparov va más allá de sus rivales, incluidos los de otras épocas. Él mismo se erigió en representante de la especie humana cuando las máquinas se disponían a superar al hombre. Huérfano de padre desde los siete años, casado dos veces, con dos hijas, el joven azerbaiyano Garri Weinstein adoptó muy pronto el apellido materno y la nacionalidad rusa. Si algo es de nacimiento es su talento. El ogro de Bakú tiene un instinto asesino sólo comparable a su tenacidad, con una voracidad de victorias mayor que la de Merckx, Nicklaus, Pelé, Bubka, Spitz, Ali, Sampras, Jordan y Schumacher. Sólo así ha podido permanecer dos décadas en la cumbre de una actividad donde los ordenadores fabrican un gran maestro más rápido que un licenciado. Sobre el tablero es un maniaco que no respeta ni las más elementales normas de la educación. Su mera presencia carga el ambiente. Nunca supo asimilar sus escasas derrotas, ni siquiera contra Deep Blue, el gigante de IBM capaz de calcular millones de jugadas por segundo. En 1997, la primera vez que se vio vencido en una serie de partidas contra el mismo rival, Garry llegó a acusar al monstruo de hacer trampas. De dónde saca la energía es un misterio. Puede organizar un encuentro, conseguir los patrocinadores y ganarlo. No es que el tablero se le quede pequeño; el mundo anda escaso de casillas, incapaz de producir retos a su ritmo. Viejo adalid de la perestroika ahora trabaja para derrocar a Putin. En 1984, Karpov ganaba 4- 0 en un mundial destinado al que consiguiera seis victorias. Casi todos olían un final humillante, con el gélido Anatoly dispuesto a no arriesgar un peón. Kasparov se armó entonces de paciencia y encadenó 17 tablas con una falta de ansiedad inhumana. Llegó el 5- 0, pero el aspirante se agarró aún más fuerte al tablero y al tiempo... hasta que el cansancio hizo mella en Karpov, doce años más viejo. Una, dos, tres victorias y el campeón hospitalizado. Aquello duraba ya varios meses y todo era posible. Ocurrió lo impensable: el entonces presidente de la FIDE, el filipino Florencio Campomanes, suspendió el encuentro por razones aún oscuras, dentro de una red de intereses en la que tejía hasta la KGB y con ambos rivales oficialmente indignados. El duelo se reanudó desde cero y Kasparov se proclamó, con 22 años, el campeón más joven de la historia, aunque la semilla del rencor hacia la FIDE germinaría en un cisma del que el ajedrez sigue convaleciente. Primero organizó su propio campeonato oficioso a través de la Asociación de Ajedrez Profesional. Luego, probó con la Asociación Mundial de Ajedrez, para finalmente ensayar el regreso a la FIDE, no sin antes perder el segundo enfrentamiento de su vida contra su ex alumno y ayudante Vladimir Kramnik. Los intentos posteriores de reunificación han sido vanos, con Kirsan Ilyumzhinov, presidente de la FIDE y de la república de Kalmykia, empeñado en convertir en héroe a Campomanes. Tantos años sin una corona real han frustrado a Kasparov. En la clasificación por puntos Elo no ha dejado la primera posición en veinte años, un récord al que pocos deportistas se han acercado. En los últimos meses ha reanudado su carrera literaria enfrascado en la monumental obra en seis volúmenes Mis geniales predecesores donde analiza a todos los campeones, incluido él mismo, por supuesto. Varias incógnitas flotan tras su anuncio de retirada después de ganar el torneo de Linares por novena vez. ¿Su derrota postrera contra Topalov precipitó o casi frustra sus planes? Pero sobre todo, cabe dudar si el abandono es definitivo, algo que sería impensable si Bobby Fischer no hubiera protagonizado una espantá aún más sonada tres décadas antes. Hasta en eso sufre Kasparov cuando se ve superado. ay fechas que permanecen marcadas con un rojo distinto en los almanaques, pues no son festivos ni días señalados para celebrar. El 11 de marzo será para siempre una de esas fechas, porque con una brutalidad asombrosa fuimos conscientes de lo poco que se necesita para provocar un daño tan inmenso. No fue preciso secuestrar aviones, no hizo falta derribar rascacielos y ni siquiera las alimañas que colocaron las bombas en los trenes y en las estaciones tuvieron que morir. El mal es así: sencillo, simple y nada sofisticado. Lo difícil es hacer el bien, porque el bien supone humanidad, decencia y generosidad. Ni el bien ni el mal tienen connotaciones políticas, pues los individuos pueden ser benignos o malignos con independencia de sus ideologías. Sin embargo, cualquiera que asesine o mande asesinar en nombre de una idea política o religiosa es un ser abyecto y de una obscena perversión. A nadie de nuestra sociedad le podrían inspirar admiración los asesinos del 11 de marzo, aunque no descarto que en otras latitudes sean considerados como héroes por sujetos que compartan sus delirios. Este punto es esencial. Desde que ingresé en la Universidad he vivido rodeado de personas que en nombre de ideas o valores presuntamente civilizadores o liberadores justificaron o justifican el ejercicio de la violencia. Las guerrillas por ejemplo, dictaduras como aquélla que desató la guerra sucia en Argentina, por caso. ¿Cuántos admiradores tienen todavía personajes siniestros como el Che Guevara, el general Videla, Pinochet o Fidel Castro? Los cuatro son responsables de más muertes que las del 11 de marzo, pero nada de ello ha impedido que sean admirados indistintamente por intelectuales, obispos, políticos, militares, maestros y personas de toda condición, incapaces de ver el mal que impregnaba sus actos. Ni siquiera en España he dejado de toparme con individuos que apoyan el ejercicio de la violencia en distintas magnitudes y proporciones. Partidarios de ETA, neonazis, integristas de diferentes religiones y- -por supuesto- -más admiradores del Che Guevara y del castrismo. En periódicos y emisoras españolas leí y escuché a personas que poseen cierto prestigio expresar su alegría por los atentados del 11- S. No por las muertes, aunque sí por lo que significaba herir al país más poderoso de la Tierra en su ciudad más representativa. Y lo peor es que pensaban que habían dicho algo muy relumbrante. Y si en nuestra propia civilización democrática y occidental hay individuos que justifican la violencia y el crimen en nombre de la revolución o del orden moral ¿por qué no admitir que los terroristas asesinos del 11 de marzo puedan ser considerados revolucionarios o mártires religiosos por otros devotos de la violencia? No basta con condenar el terrorismo, porque en las citas internacionales todos lo condenan. Lo que hay que reprobar es cualquier expresión de violencia, injusticia y arbitrariedad, porque no se puede encender una vela por las víctimas del 11- M cuando tenemos otra encendida al Che Guevara, Pinochet, Mao, Franco, Stalin, Castro, Hitler o a cualquiera de esos santones de la historia universal de la infamia. www. fernandoiwasaki. com