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44 Madrid DOMINGO 13 3 2005 ABC MADRID UNA Y MEDIA RESURRECCIÓN JESÚS HIGUERAS DIMES Y DIRETES ANTONIO SÁENZ DE MIERA. AMIGOS DEL GUADARRAMA muchos les extrañó la actitud de Jesús, haciéndose el remolón cuando le comunican que su amigo Lázaro está gravemente enfermo. Y más extrañados aún cuando afirma que esa enfermedad y su muerte, servirán para gloria de Dios. En cambio, sus palabras estaban llenas de sabiduría. Frente a la vaciedad de sentido que los hombres encontramos en el sufrimiento, la muerte de Lázaro iba a servir para provocar la fe de muchos. Hay dos modos de morir: el que muere a la nada sin esperar nada y el que espera la Vida, el definitivo con el Padre. Así Jesús, nos enseña que toda muerte, la muerte corporal y también esas muertes espirituales de cada día, pueden ser para la gloria de Dios, o pueden ser también un salto a la nada. Cuántas veces las contrariedades de la vida, las dificultades familiares o las negaciones personales, significan morir a nosotros mismos, a nuestros gustos y a nuestras apetencias. Sin embargo, si las miramos con la mirada de Jesús y se las encomendamos, sabemos que engendrarán vida. La resurrección de Lázaro fue un adelanto de nuestra propia resurrección. Es verdad que Lázaro volvió a morir, pero fue el instrumento por el cuál Dios pudo demostrar que entregó a su Hijo el poder sobre la muerte. A SALVEMOS EL CENTRO GONZÁLEZ BERNÁLDEZ N uestra Sierra es fuente de saberes, desde el proporciona el conocimiento científico hasta el que nace de la experiencia inmediata con la naturaleza. Todos pueden ser, si se saben interpretar y aprovechar, valiosos para el Guadarrama. Los denominados usos tradicionales, mezcla de sabiduría popular y de experiencia acumulada, han dejado una huella indeleble en el territorio serrano. Sin tenerlos en cuenta no es posible interpretar el paisaje del Guadarrama, pero desgraciadamente ya no existen. Se apela con frecuencia a su recuperación para incorporarlos a una gestión integrada de la naturaleza, pero no es fácil conseguirlo. Desde hace sesenta o setenta años la proliferación explosiva de las demandas residenciales y turísticas ha cambiado radicalmente los usos y costumbres de de los pueblos serranos. Poco nos queda, si no es la nostalgia, de aquellos saberes de nuestros antepasados. No creo que sea bueno reenvidar lo que ya no existe. En nuestros días, hay nuevas formas de conocimiento que, si se saben aprovechar y complementar, pueden abrir un horizonte nuevo para nuestra Sierra. La complejidad de la situación actual ha llevado a una creciente profesionaliza- ción de las tareas de ordenación de los espacios naturales. Afortunadamente, contamos hoy con gestores excelentes que saben combinar en su trabajo una buena preparación, en la mayoría de los casos universitaria, con un conocimiento práctico de los problemas. Su papel es muy importante. A veces pensamos que la mera declaración legal es garantía de una protección real y duradera del territorio. Es un grave error: nada se puede conseguir sin programas de regulación y gestión que garanticen la integridad de los ecosistemas. Si estos no existen, el remedio puede ser peor que la enfermedad: un espacio sin protección es preferible a un espacio legalmente protegido pero mal gestionado. Por eso los gestores medioambientales tienen en sus manos una misión muy delicada y una enorme responsabilidad. Si no logran tomar una cierta distancia, su gestión puede quedar peligrosamente condicionada por criterios políticos o preferencias personales. Y pocas cosas como la conservación medioambiental merecen una atención cifrada en la independencia y en la objetividad que sólo los saberes científicos pueden garantizar. Y hay que convenir que de esos saberes la Comunidad de Madrid está muy bien provista. Funcionan en nuestra Comunidad trece universidades, entre las públicas y las privadas. Es el entorno universitario más importante de España. La capacidad investigadora del conjunto de cátedras, departamentos, profesores y doctores de las universidades de Madrid es enorme, pero no siempre está debidamente aprovechado, algo que es preciso subsanar porque el papel de la universidad es básico en una sociedad moderna, en cualquiera de los campos del conocimiento científico. Lo es, desde luego, en el de la planificación y gestión del medio natural. Así lo entendió la Comunidad de Madrid al crear en 1989 el Centro de Investigaciones Ambientales González Bernáldez, con objeto de integrar la investigación científica en el día a día de la gestión del medio natural de la Comunidad de Madrid. Ubicado al pie de La Pedriza, el Centro ha probado ser un eficaz nexo de unión entre los departamentos universitarios y los gestores de los espacios naturales, como lo demuestra su contribución, en los últimos cuatro años, al conocimiento ecológico de la sierra con vistas a la declaración del Parque Nacional. Hasta ahora, el encomiable equilibrio mantenido por el Centro le ha permitido superar los vaivenes políticos. Pero parece que están surgiendo algunos desencuentros entre gestores y universitarios que podrían poner en peligro su existencia. Bastaría, creo yo, con elevar un poco la mirada y atender al ejemplo de quien le da el nombre, para que, con sensatez e inteligencia, se superasen esas desconfianzas y se recuperase la armonía entre saberes que la Sierra de Guadarrama, hoy más que nunca, necesita. Salvemos, entre todos, el Centro González Bernáldez! cuadernodelguadarram hotmail. com