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30 DOMINGO 13 3 2005 ABC Internacional LOS ACTORES DEL DRAMA Emile Lahoud, el hombre de Siria Presidente del Líbano. Es un cristiano que representa los intereses de Siria a rajatabla y, hasta el momento, sin la menor fisura. Los políticos de la oposición dicen que cuando el presidente sirio, Bashar al Assad, se entrevista con Lahoud no hay diálogo, sino monólogo. Hassan Nasrala, barbudo y político Líder de Hizbola. El jeque Nasrala ha conseguido que Hizbolá no sólo sea la guerrilla más temida por Israel, sino que, a la vez, se haya convertido en un partido político imprescindible y pragmático en El Líbano. EE. UU. considera a Hizbolá una organización terrorista. Pero en El Líbano todo el mundo sabe que no se puede jugar a la política sin Hizbolá. Miles de opositores libaneses se manifestaron ayer en Beirut con pancartas que diseñaron la bandera nacional AP El Líbano es un Estado atípico, parcelado en comunidades religiosas, aisladas en sí mismas y de alianzas imprevisibles que impiden que la línea del frente se mueva un solo milímetro Walid Yumblat, el versátil Líder druso. Ha conseguido presentarse como el portavoz de la oposición, al aprovechar el efecto sorpresa de su pase al movimiento antisirio tras haber colaborado con Damasco. Su política siempre ha sido sinuosa, guiada por un fino olfato para la historia. Pero es un hombre que viene de los malos tiempos de la guerra civil, lo que le hace muy difícil el liderazgo. El Líbano, el país en el que jamás se mueve la línea del frente ALBERTO SOTILLO. ENVIADO ESPECIAL BEIRUT. No hace tanto tiempo que El Líbano era el lugar más infernal de la tierra. Un país sacudido por una guerra de todos contra todos, en la que la línea del frente no se movió un milímetro, pero en la que se introdujeron la mayor parte de las nuevas vilezas que han enriquecido a las guerras contemporáneas. Limpiezas étnicas, secuestros, francotiradores... Aquel desastre acabó el día en que las tropas sirias entraron en El Líbano y convirtieron el país en un estricto protectorado. Los sirios, al principio, apoyaron al ex primer ministro, el magnate Rafic Hariri, que intentó que el país volviera a ser el emporio del negocio que fue antes de la guerra. El régimen sirio, sin embargo, está dotado para la estabilidad, pero no para la empresa. Cuando la reconstrucción comenzó a empantanarse, Hariri se distanció de Damasco. Debió de pensar que catorce años de hipoteca era pago suficiente por la pax siria e intentó disputar el poder al viejo patrón. Fue asesinado. Muchos sospecharon de los servicios secretos de Siria, aunque el presidente de este país, Bashar al Assad, insiste en que es su régimen el que más pierde con el asesinato de Hariri. Y en parte tiene razón. Había desapa- recido el único hombre que podía hacerles frente en El Líbano. Pero se había puesto en marcha también una imparable campaña de presión internacional y movilización popular para que las tropas sirias abandonen el país. Se llegó a considerar entonces que ésta podría convertirse en la primera pieza ganada claramente por la estrategia norteamericana en Oriente Próximo. Pero El Líbano ha vuelto a demostrar que es un Estado atípico, parcelado en comunidades religiosas aisladas en sí mismas y de alianzas imprevisibles y fluctuantes que impiden que la línea del frente se mueva un solo milímetro. Precisamente, en la antigua línea del frente de Beirut, en la plaza de Los Mártires, en la frontera entre el barrio cristiano y el musulmán, los manifestantes antisirios instalaron su campamento en una evocación de la mítica movilización ucraniana. Y a apenas 500 metros del campamento antisirio, los integristas de Hizbolá organizaron la mayor manifestación de masas de la historia del Líbano, con el objetivo de parar los pies a la estrategia norteamericana y de rendir tributo a la amistad siria Beirut vuelve a tener así su renovada línea del frente, de la que reemerge el rompe- cabezas social y religioso libanés: Los cristianos maronitas de clase media, la tradicional elite del país que se bate lentamente en retirada. En su mayoría, están con el campamento antisirio, pero de sus filas se nutren también los sectores al servicio más incondicional de Damasco. Los suníes, musulmanes minoritarios, gente también de clase media y del pequeño negocio, unidos al frente antisirio. Los drusos, la minoría de la montaña que, en el pasado se enfrentó encarnizadamente a los cristianos y dio la bienvenida a los sirios. Y que ahora se alía con los viejos enemigos para pedir la salida de los antiguos amigos. Y finalmente los chiíes, que también aquí son los más numerosos y los más desheredados del país. Una vez más, nadie gana; la línea del frente no se mueve. En la última ocasión que ocurrió algo parecido, el país se sumió en una carnicería de 15 años. Pero ahora hay un elemento diferente: los actores del drama no entran en escena con sus viejos estandartes religiosos, sino con la bandera nacional del Líbano. Esa bandera es la primera muestra de identidad nacional del Líbano, y el ensalmo para que no se repita la guerra. Amin Gemayel, el peso del pasado Líder cristiano. Ex presidente durante algunos de los años más convulsos de la historia del Líbano, el abrumador peso del pasado hipoteca su futuro. Los prosirios intentan descalificarlo sacando a relucir su firma del acuerdo de paz con Israel, del que hoy todos parecen renegar. El propio Gemayel asegura que El Líbano será el último país que firme la paz con Israel. Bashar al Assad, el patrón Presidente de Siria El presidente sirio es el hombre más poderoso del Líbano. Algunos políticos europeos se sintieron decepcionados por su incapacidad para reformar el régimen de su país a la muerte de su padre.