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ABC SÁBADO 12 3 2005 Los sábados de ABC 103 EL GUINDO MÓNICA F. ACEYTUNO ALA DE UNA CARRACA H Hijos del híper El 80 por ciento de los jóvenes declaran que se sentirían felices si pudieran comprarse todo lo que quisieran. Así lo pone de manifiesto el estudio que sobre actitudes de consumo en Europa ha realizado el psicólogo Javier Garcés. No se les ocurre- -explica el investigador- -que pueda ser de otra manera, como matizan los adultos ante la misma cuestión, donde citan otras cosas como la salud, el amor, la amistad, la consecución de logros... Por eso lo que más preocupa ahora son los niños y los jóvenes, que nacen y crecen en los centros comerciales, espacios que están estudiados hasta el último detalle para que se consuma y no para que sólo se pasee y se vaya allí a echar la tarde Otro síntoma que demuestra la alteración que de la realidad tienen los jóvenes es que cuando se les pregunta por su apreciación de los centros comerciales contestan: Son sitios donde hay de todo ¿De todo? Les da la impresión de que son como ciudades en miniatura y ni siquiera perciben lo que no hay Para estos consumidores de menor edad, la insatisfacción no está en adquirir cosas irreflexivamente y arrepentirse, sino, sencillamente, en no poder comprar. Ninguno de ellos saldría de casa sin dinero, porque divertirse es sinónimo de gastar, y asocian la felicidad a ese extremo; como realmente eso no es así, acaban frustrados Por eso Ferrán Martínez, del Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP) señala como única tabla de salvación la educación, inculcar desde la escuela la visión crítica, el consumo responsable y que hay vida, y además con mayúsculas, más allá del centro comercial. Hay muchas personas que no tienen otras alternativas vitales que la del consumo Tampoco olvidemos- -apunta el autor de Adicción al consumo: manual de información y autoayuda -que el cambio a la sociedad de consumo viene marcado por la nueva actitud de los comerciantes: un tendero a la antigua usanza nos hubiera despedido con cajas destempladas si a la pregunta de qué quiere le hubiéramos respondido sólo mirar ahora te saludan, pase, pase y mire lo que quiera Todo el mundo parte de la base de que el que entra es alguien al que no le hace falta nada y que sólo quiere comprar y no sabe qué. Y sepa que para lograr la satisfacción hace falta la ilusión previa Por eso Garcés propone como lema para el día Mundial del Consumidor, el próximo martes, que la compra no te consuma Y para ello da algunas ideas: No ir a los centros comerciales a pasear, sino sólo a comprar. Los datos dicen que el 90 por ciento de los que entran en uno de estos espacios con la idea previa de no comprar acaban sucumbiendo; acostumbrarse a no comprar nada que antes no se haya echado en falta en casa, y si le acecha una tentación, salir a la calle, darse una vuelta, y verá cómo los deseos desaparecen porque son sólo impulsos a los que nos incitan. No se trata de ser un mártir del ahorro, sino de comprar lo que queremos: hasta los caprichos se piensan en casa. Y no olvide que los adictos a la compra son malos compradores: al bueno, dos días después le sigue gustando lo que adquirió, y al malo, en ese plazo, le puede el arrepentimiento Este año, sin duda, habrá muchos pesares al borde de la depresión: la intención de compra en España para 2005, según el Banco Cetelem, sube en todos los sectores, desde el 4 por ciento de coches al 10 en electrodomésticos. Todo un reto para poner a prueba nuestras capacidades. ay algo en los museos que me impide respirar de la misma manera, no sé si será el exceso de arte, los altísimos techos, el aire acondicionado para mantener las pinturas, el eco de los pasos, la gente numerosa y desconocida, el cuadro allí, tan fuera de sitio. Ya sean obras o colibríes disecados lo que guarden, me recuerdan siempre los museos a esos experimentos que hacía Miller para obtener la vida a partir de sus ingredientes y el pobre se daba por contento porque, al mezclarlos, obtenía aminoácidos, que vienen a ser como los ladrillos de la vida, es decir: ladrillos sin vida. Todo lo contrario me sucede en las casas donde vivió algún artista y a las que llegas tras recorrer a lo mejor miles de kilómetros, saltando de cayo en cayo para encontrar que en la casa no queda más que una cama y una silla y una mesa que, probablemente, no eran ni la cama ni la silla ni la mesa del que desde allí escribía pero quedan los ladrillos, las paredes llenas de vida y de misterio, desde donde salieron volando las palabras. Es como si una parte de la personalidad del autor estuviera allí todavía, igual que en sus libros, pero, ay, en los museos, ¿no convendría tal vez clasificar los cuadros más que por movimientos estéticos o por temas o por épocas, por la personalidad de cada uno de los artistas, no vaya a ser que de haber coincidido en vida se llevaran mal y eso es lo que yo percibo, una mezcla de personalidades que están juntas a la fuerza en un espacio sin alma en el que jamás vivió ninguno de ellos? Sin embargo, sé que haré todo lo que pueda para ir al Museo del Prado antes de que vuele el Ala de una carraca de Alberto Durero, y que mientras tenga delante esta ala abierta que parece una montaña redondeada por el viento con su lago azul turquesa en lo más alto y sus neveros y sus praderas cayendo con los veinte arroyos azules que son sus rémiges, olvidaré que estoy en un museo. Y cuando vuelen las carracas en primavera por las dehesas con los colores de África en las plumas, me acordaré de esta ala de Durero, donde la Naturaleza adquirió un valor incalculable, al atravesar el alma y la mano de una persona.