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22 Nacional UN AÑO DESPUÉS DEL 11- M LOS ESCENARIOS DE LA TRAGEDIA SÁBADO 12 3 2005 ABC No hubo llanto porque ya no quedan lágrimas. Quienes llevan un año cruzando la misma estación vivieron con recogimiento y discreción la jornada, abrumados por los periodistas Atocha, un plató para un aniversario TEXTO: LAURA L. CARO FOTOGRAFÍA: ÁNGEL DE ANTONIO MADRID. Debían de estar las campanas de Madrid doblando un lamento largo y sobrecogedor, pero fuera. En la estación de Atocha, a las siete y treinta y siete minutos de la mañana, el bramar de los trenes ponía el mismo ruido ensordecedor de fondo de todos los días. Una jornada más. Empañada de angustias calladas, pero las mismas de los últimos 365 días. Ajena a los aspavientos del aniversario. De prisas en los andenes, de gente yendo a trabajar que miraba el reloj para no llegar tarde, de luto íntimo por dentro y con los sentimientos a punto de cortar la respiración. De dientes apretados, el alma en un puño y miradas voladas fijas en las vías, la de quienes se sorbían como podían la rabia o la pena. Pero la misma congoja de todos los días. Sin asomo de la puesta en escena que esperaba el calendario. Que era jornada de homenaje y de golpes en el pecho para la foto estaría señalado en rojo en la agenda de algunos, pero los madrileños decidieron rendir recuerdo por sí mismos con una digna naturalidad. Con emoción, pero contenida. En Atocha no hubo llanto porque no quedan lágrimas. En el corazón del plan de la muerte, el que se quiso desplomar a bombazos en la hora punta del 11- M, lo del aniversario supo ayer a invento forzado. Tanto, que lo que rompió el pálpito habitual de una estación por la que desfila cada día medio millón de personas fue la abrumadora presencia de periodistas, el circo de cámaras y fotógrafos que invadían la normalidad con la que los de Atocha- -los que no han necesitado un día oficial de homenaje para hacer el suyo a lo largo de estos doce meses- -eligieron vivir la fecha de ayer. Llevamos un año pasando por aquí. Y hoy qué, pues un año y un día pasando por aquí se quejaba en un reproche un viajero camino ya del Metro. Y otro: Déjenos sitio, tenemos que ir a trabajar Hasta la presencia, a la hora señalada de las 7.37 de la mañana, del alcalde de Madrid en el andén 2 del desastre pareció metida con calzador. El séquito municipal y la consiguiente nube de micrófonos alrededor llegaron a congestionar el pasillo entre dos cercanías atestados de trabajadores que llevaban como podían el espectáculo de sentirse observados. La gente se enfada, y con razón llegó a murmurar Alberto Ruiz- Gallardón mientras delante de sus ojos los viajeros se abrían paso con esfuerzo agobiado hacia su siguiente tren. Fotografiados, asaltados con preguntas manidas... cómo se siente hoy; no me diga que se salvó por unos minutos; ¿entonces, conocía a una víctima? venga, cuéntemelo otra vez, que ahora vamos a grabar... Figurantes involuntarios de un plató literalmente tomado por los informadores españoles, por los alemanes, por los griegos y otros representantes de los medios internacionales. Otra vez los altares Si en la retina de lo que fue este día Atocha figura como un escenario de desgarro, es porque hubo quien encontró caras desencajadas para vestir una crónica con lágrimas- -que las hubo, pero contadas, las más cerrando hacia abajo el rostro para no dejarse ver- -y arrancar de la garganta testimonios de desesperación en voz alta. O porque se dará mil vueltas a la imagen de la joven que se desplomó por una momentánea crisis de ansiedad en el andén, atendida por el retén del Samur nada más bajar del cercanías que hacía el mismo recorrido y a la misma hora que el que reventó. Pero el clima fue de recogimiento deliberado: no por ser el 11- M se quería escenificar un dolor mayor que cualquier otro día. Avanzada la mañana, en el acceso a la estación de cercanías empezó a abrirse la herida luminosa de las velas. Con la misma calma grave de los que se acercaban a escribir un mensaje al espacio de palabras donde en su momento se erigió el altar al dolor de Atocha, ciudadanos anónimos depositaban unas flores, un cirio encendido, una nota discreta. El recordatorio del funeral de Enrique García González. La carta de Gema, de 15 años, que narraba que escapó de las bombas porque su amiga se durmió. Estaban prohibidos esos gestos dentro de la estación, para no dar pie a nuevos velatorios- -aunque tampoco se cumplió a rajatabla- -y ahí, en la calle, hacia las doce tintineaba la ofrenda de un centenar de llamas, y alrededor, apenas una La gente se enfada, y con razón llegó a murmurar el alcalde de Madrid cuando su séquito colapsó el andén El clima fue de contención: no por ser el 11- M se quería escenificar un dolor mayor que cualquier otro día Unos pocos utilizaron los andenes para colocar flores y velas por las víctimas treintena de personas cabizbajas. Y una decena de periodistas y siete cámaras de televisión. Mediodía. Anuncio por megafonía de que empiezan los cinco minutos de silencio que reza el programa de actos. Los únicos, y fueron casi diez, en los que una parte de Atocha se detuvo: los andenes, con los convoyes quietos, y la plataforma del altar virtual abarrotada de gente rindiendo respeto. Eso sí, con la emoción subiendo enteros al golpe de la música de duelo, conmovedora, que sonó en la estación. Entre la multitud, los maquinistas de dos de los trenes. Roberto Martín, que conducía el de la calle Téllez, y Félix Moreno, que aquel 11- M llevaba el convoy que reventó a la entrada de Atocha, ambos de día libre por petición propia Mientras viva, este día me lo tomaré para mí y mi familia como un