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ABC SÁBADO 12 3 2005 Nacional UN AÑO DESPUÉS DEL 11- M LA EVOCACIÓN DEL ALCALDE 21 identificada y, por lo tanto, estaba muerta... todos lo esperaban, pero todos querían que no se produjese esa llamada, esa confirmación, que era terrible. Ver las caras de angustia, de desesperación... ver entre ellas a caras conocidas: a mi propio conductor, esperando que le dijeran, como le dijeron, que su hermana había muerto. Fue terrible... Por eso, cuando recuerdo aquellas horas, pienso que a las víctimas y a sus familias no podemos no digo ya escatimar, es que ni siquiera cuestionar nada que nos planteen Explosión de solidaridad El alcalde está tocado recordando aquel día, pero recupera la fuerza al hablar de la ciudad. Lo mejor fue la explosión de solidaridad que se despertó por parte de la gente: la señora que bajaba con una sábana de su casa para cubrir a uno de los heridos, el taxista que sustituía a una ambulancia para llevarlo al hospital. Es una experiencia que yo nunca pensé que fuera a vivir como alcalde. Y fue espontáneo: ahí la ciudad se reconoció a sí misma Una solidaridad que se extendió como una sucesión de ondas de Madrid hacia el resto del país: Desde el primer momento empecé a recibir llamadas de alcaldes, de presidentes de comunidades de toda España, mostrando su terrible sensación de dolor. Ese Madrid al que muchas veces se ha tachado de estar alejado, y a veces ha sido poco comprendido, la verdad es que encontró mucha cercanía Algo se rompió definitivamente ese día, esa confianza que teníamos en haber alcanzado seguridad y progreso, en que nada podría quebrar esa sociedad de bienestar Y algo cambió, en lo personal y en lo político también: Yo ese día descubrí lo importante que es el alcalde de una ciudad. No digo a efectos de poder y de representación, sino el papel insustituible que tiene cuando se espera de él que identifique un sentimiento colectivo. Entré en la Alcaldía con una concepción equivocada: pensé que era más de lo mismo, gestionar como había gestionado antes en la Comunidad, aunque con competencias y escenario diferentes. Ese día descubrí que ser alcalde es mucho más: lo que esperaban era que yo manifestase el dolor que ellos tenían. Me di cuenta de que ser alcalde de Madrid no sólo es lo más importante que he hecho en mi vida política, sino probablemente lo más importante que podré hacer nunca limos adelante por dos cosas: no disimulamos, sino que manifestamos nuestro dolor; y además, Madrid tomó la decisión de seguir viviendo Un año después, algo se aprendió de aquello: Hoy Madrid, de manera silenciosa pero muy firme, ha incrementado sus niveles de seguridad. La situación superó los peores escenarios que pudiéramos imaginar. El Ayuntamiento hace cada año un simulacro de catástrofe, y en el último pensaba que aquello era ciencia- ficción, que era imposible que se produjera una situación así en una ciudad como Madrid. Bueno, pues en el 11 de marzo se superó el más pesimista de los escenarios. Hoy la ciudad está más preparada He visto a mucha gente muerta, pero nunca morir a tanta gente. Ésa es la impresión más fuerte ¿Cabe el olvido? Ruiz- Gallardón no duda: Olvido no ha habido ni lo habrá. No, porque olvidar, aparte de moralmente despreciable hacia las víctimas, sería el mayor error de esta ciudad y esta sociedad. Olvidar sería caer en el riesgo de que atentados como estos se pudieran repetir Madrid, doce meses después de los atentados, es una ciudad herida, pero no mártir. Está herida por el dolor, pero desde luego ha decidido no morir, sino seguir siendo el lugar donde viven vecinos de 180 nacionalidades distintas, la ciudad que representa todo aquello que odiaban los terroristas, que sólo apuestan por mundos sectarios y excluyentes Y un mensaje a las generaciones futuras: Que sepan lo que pasó, cuáles son las consecuencias de esa mentalidad enferma y fanática que está detrás de cualquier acción terrorista, para que nunca nadie, cuando tenga que adoptar decisiones frente a un supuesto terrorista, olvide la brutal realidad ¿Qué queda por hacer? En aquellas jornadas frenéticas, de decisiones rápidas, nos reuníamos casi cuatro o cinco veces al día para repasar todo lo que estábamos haciendo, evaluarlo y hacernos una y otra vez la misma pregunta: ¿adónde podemos llegar que no hayamos llegado? ¿Qué queda por hacer? Mientras, Madrid se despertaba de la pesadilla. La ciudad quedó conmocionada: le costaba no sólo reír y disfrutar; le costaba respirar. Tenías un sentimiento de culpa, por una risa, por una alegría, pensabas que no tenías derecho a hacerlo, y eso se notó mucho: la gente se quedó en sus casas, dejó de salir, dejó de ir a los teatros, a los cines, se produjo una introversión anímica que tuvo un efecto colectivo. Y sa-