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ABC SÁBADO 12 3 2005 Nacional UN AÑO DESPUÉS DEL 11- M LA MEMORIA DE MADRID 15 Madrid se despertó ayer sensible y lastimada, lamiéndose con sobrecogimiento las heridas Fue un día sin sonrisas, un día con las palabras justas, incluso con menos de las palabras necesarias Cada cual tuvo que vérselas con los recuerdos de aquel día en el que nadie llegó a ninguna parte mañana en la Glorieta de Atocha. La complicidad del que ve desde las márgenes del río cómo los más retrasados alcanzan la orilla. Es un día sin sonrisas, un día con las palabras justas, incluso con menos de las palabras necesarias. Abajo, dentro del Metro que serpentea por las entrañas de la ciudad de norte a sur, de este a oeste, los viajeros se enrocan, como torres amenazadas por alfiles kamikazes. Para qué mirar a los ojos de la gente, tantas miradas al vacío, cada uno y cada cual viéndoselas cara a cara con sus recuerdos de aquel día, aquel mismo día en el que nadie llegó a ninguna parte. También los atascos de tráfico, como el de ayer en Cibeles, quisieron parar al mediodía durante cinco minutos CHEMA BARROSO da, por fin huele a primavera, huele en los primeros brazos adolescentes desnudos al sol de marzo, en los gorrioncetes a los que parece que se les va aclarando la garganta, en las primeras voces que le piden al conductor del 27 que apague la calefacción. Cruzar los dedos El tráfico por el Paseo de la Castellana abajo, camino de Cibeles y Neptuno, este viernes a las nueve y media de la mañana, es fluido. Se cruzan las miradas y hasta se cruzan los dedos cuando suena alguna sirena, cuando alguna pareja de municipales atraviesa la ciudad a toda pastilla en sus motocicletas. En Colón, la bandera de España ondea a media asta, y el dedo del Almirante sigue señalando a América, esa América que se deja el sudor entre nosotros y que aquel día también se dejó su sangre, sus lágrimas y a algunos de sus hijos que vinieron a buscar estrellas a este lado del Charco. Llora un niño, y de golpe la vida vuelve al interior del autobús. Su madre y quienes están sentados cerca le miran con ojos de esperanza, con ojos de futuro, quizá porque a veces los actos diminutos como subirse o bajarse de un autobús, como el llanto de un bebé, como el rayo de sol que acaricia el pelo de una compañera de viaje, el sonido familiar al picar el metrobús, el bigote de un agente de seguros, o las caras bobaliconas de dos guiris al ver Cibe- Más de un Metro de silencio Caen las estaciones, Tribunal, Bilbao, Iglesia, Ríos Rosas, como las hojas de ese calendario que habíamos quedado que llevamos colgado del perchero del corazón. Ni una voz de más, ciento noventa y dos voces de menos. En las primeras horas del día más largo, los madrileños nos hemos echado a la espalda nuestros muertos con sobriedad pero con gallardía, sin rabietas, sin lagrimones, sólo esos arroyuelos que se desbordan por las mejillas como el agua de un vaso, despacio, poco a poco, inexorables. Estrecho, Alvarado, Valdeacederas, Plaza de Castilla... también hasta aquí llega la herida, bajo las torres inclinadas al otro lado de la ciudad, a un puñado de estaciones de Metro de Atocha, Madrid aguanta en silencio los puntos de sutura con los que ha ido sobreviviendo estos últimos doce meses, estos doce meses sin piedad. Desde las portadas, la dolorosa abreviatura mete y remete el dedo en la llaga: 11- M, 11- M, 11- M. Ya ven, hoy, por esas cosas de la vi- Cientos de madrileños acudieron durante toda la tarde al Bosque de los Ausentes EFE (Pasa a la página 17)