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14 Nacional UN AÑO DESPUÉS DEL 11- M LA MEMORIA DE MADRID SÁBADO 12 3 2005 ABC Hasta el mediodía Madrid intentó hacerse la dura, escondido el rostro tras una careta de serenidad y fortaleza. Pero a las doce, con los cinco minutos de silencio, las ganas de llorar aguantadas durante tantas horas cayeron a plomo sobre el kilómetro cero Una ciudad con el corazón a media asta TEXTO: MANUEL DE LA FUENTE MADRID. Venía el día con hambre atrasada, venía pidiendo paso a través de las calles y las plazas, venía tras doce meses desarbolando corazones. Tanto venía el día de los claveles rotos que se nos vino encima casi de repente, un año después, doce meses después, cuando la eternidad comenzó un jueves, entre dos onces de marzo, entre los andenes donde se quedó la vida a medias de este Madrid al que entonces partió un rayo y que ayer amaneció con un nudo en su garganta metropolitana. Madrid, esa bestezuela cotidianamente caprichosa y jaranera, se despertó ayer sensible y lastimera, lamiéndose con pereza y sobrecogimiento aquellas heridas, mirando al suelo, cabizbaja, con muchas ganas de que esta vez el reloj sí marcase las horas. Los pasajeros de este gigantesco buque a la deriva tenían más cara de náufragos que nunca, con el terror en los ojos por tener que enfrentarse a uno de los días más largos de su vida. Había que pasar, primero, el trago de los informativos del alba, que marcaban desde las seis de la mañana el paso de una jornada señalada en rojo en nuestros calendarios más íntimos, esos que se cuelgan del perchero del corazón. Y luego, bien desayunados con unas cuantas porciones de realidad, respirar hondo, muy hondo, y echarse a la calle cada cual mirando de reojillo al minutero, buscando con nuestros ojos en los ojos de los demás la huella del mismo sentimiento, buscando con nuestras pupilas en las demás pupilas la compañía, la misma humedad, el mismo escozor, como decirle al taxista: no se apure, es que se me ha metido algo en el ojo. Desayunados y bien ventilados los pulmones, ir a dar con nuestros tristes huesos a las puertas de la estación de Atocha, por ejemplo, y esperar, también por ejemplo, a que dieran las 7.37 en el reloj, y el tañido de las campanas madrileñas se nos metiera entre los pliegues del alma como el veneno de una cobra. Y allí, nuestras pobres tripas y las de nuestros vecinos esperando como corderos el golpe del badajo, una, dos, tres, ciento noventa y dos veces, con el mismo espanto del que tras el relámpago espera feroz, seco y dinamitero el estruendo del trueno. Velas en la madrugada Las primeras velas. Las primeras lágrimas. Y comprobar, pegados a la cúpula de la estación, cómo la gente va echando pie a tierra, indemne, ilesa de puertas para afuera, malherida de puertas para adentro, dándole gracias a la vida, gracias a Dios, como hacemos hasta los que no somos creyentes después de un mal viaje en avión. Y qué extraña complicidad entre los que salen a los 8 grados centígrados de las 8 de la IGNACIO GIL La llama siempre viva de Atocha. La estación de Atocha, uno de los escenarios del infierno del 11- M, mantuvo ayer viva la llama de la solidaridad, el recuerdo y el homenaje a las 192 vidas que la locura terrorista apagó para siempre. Cientos de madrileños que cada día transitan por la estación para acudir a sus trabajos, a sus casas, volvieron a encender velas contra el olvido y a dejar mensajes de cariño y ternura en el rincón de la estación que la tragedia y la sensibilidad ciudadana quisieron convertir hace doce meses en un santuario a pie de calle. Nunca os olvidaremos rezaba el espíritu de cada mensaje.