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ABC SÁBADO 12 3 2005 La Tercera SALÓN DEL LIBRO EN TÁNGER L universo es la periferia de las palabras. Lo escribe Benjelloun el joven, y puede leerse en el diccionario de escritores marroquíes que Salim Jay acaba de presentar en el IX Salón Internacional del Libro en Tánger. Junto con Los nuevos pensadores del islam de Rachid Benzine, el diccionario de Jay fue la gran estrella del Salón. Con su prosa informal e incisiva, Jay sorprende de nuevo a propios y ajenos, esta vez con casi cuatrocientas páginas de reseñas literarias, hijas de sus afinadas críticas aparecidas en la revista Qantara del Instituto del Mundo Árabe en París. Jay es serio, correoso. Cáustico y un punto nihilista. Periférico del sesenta y ocho, escandaliza con las citas en su presentación, como cuando afirma que la vida es una gran meretriz, y él su hijo gordinflón. Su diccionario es impecable, elaborado con relaciones horizontales- -comparaciones entre escritores coetáneos- -y verticales- -agnatismo literario, tradiciones, y también parricidios freudianos- Pero el resultado es exactamente lo que uno podría desear como formación universitaria en el ámbito de las letras: literatura comparada. Por qué se escribe, y un repaso a todo cuanto se escribe sin frenarnos ante cambios de lengua, latitud o alfabeto. A la usanza de los estudios de Guillén- -el joven, por así decirlo; Claudio- -en sus Múltiples moradas. Si el universo es la periferia de la palabra, conocerla es localizar el centro de aquél. De ahí el beneficio que un buen conocimiento de las literaturas- -de la Literatura- -podría reportar al interpretar un mundo siempre en cambio. ¿Dónde está la carrera en la que se aprenda que hay un Benjelloun joven y uno viejo, un Dumas padre y uno hijo, también dos Strauss, dos Brueghel, dos Plinio, etcétera? ¿Quién busca hoy matices y comparaciones? ¿Quién lee sin prejuicios deterministas hoy día? ¿Quién busca aprender, en esta endémica fiebre aplicativa de unas universidades que no pasarán, en breve, de formación profesional? Y, al cabo, ¿quién quiere tomarle el pulso al mundo, desconfiando de los diagnósticos arbitristas, los partes de guerra telediarios? En este IX Salón Internacional del Libro no pudimos ver a más españoles. Los había por el resto de la ciudad, porque cada vez son más los que saben disfrutar de los atardeceres en el Hafa, la vista del puerto desde el Continental, las pastelas del bulevar Pasteur, las cenas de tapas en Le coeur de Paris. Pero, al margen del turismo, ese Oriente inmediato que es Tánger no se merece, al parecer, conocimiento intelectual directo. Esa bahía a catorce kilómetros de aquí- -y a tantos miles de Bagdad como Madrid- ese puerto en construcción que pretende minimizar al de Algeciras. Esos barrios de aluvión previo al salto de patera... Si hubiera sido un Salón del Libro stricto sensu- -El Libro; es decir, el Corán- -habría habido más presencia extranjera no francesa. Todos buscando indicios, obsesionados por la sinrazón religiosa de las cosas. Sólo los franceses parecen interesarse además por cuanto es lo árabe, más allá de novedades editoriales incendiarias que pretenden descubrirnos un Oriente espongiforme, neurótico y telúrico. E Sólo los franceses parecen interesarse además por cuanto es lo árabe, más allá de novedades editoriales incendiarias que pretenden descubrirnos un Oriente espongiforme, neurótico y telúrico Por contra, el Salón del Libro en Tánger organizó conferencias en la sala principal del mítico hotel Minzah con llenos muy superiores al número de asientos; con esperas de una hora para tener sitio; con mesas redondas que agrupaban a los verdaderos interpretadores de lo árabe real: Muhammad Arkoun, Bruno Étienne, Joseph Maila, Jean Daniel. Con homenajes a Jacques Derrida y Edward Said. Con presencia institucional de medios como Le Monde, TV 5, Le Nouvelle Observateur y un sinfín de medios e instituciones marroquíes. Con talleres de creación literaria que contaron con invitados como Alessandro Baricco o Edgar Morin. Con lecturas de sus propias obras por parte de figuras indiscutibles como Driss Chraïbi o Abdelwahab Meddeb. En definitiva, un plantel de cuarenta profesionales de las letras que no esperan instrucciones parroquiales para escribir; cientos de estudiantes marroquíes comprando libros y preguntando, ajenos a etiquetados sectoriales. Con velos- -pocas- -y sin velos- -las más- Barbudos o lampiños- -los más- -ellos. Convencidos todos de que el futuro nace en el interior del ser humano, no en los bajos de los camiones que cruzaban aquel Estrecho con marejada. Sabedores todos de que los libros que abrirán la mente surgirán cada año, frente a quienes piensan que en sus anaqueles no caben textos posteriores al siglo VII. Un poco más al Sur de Tánger, en la medina de Asila, sonaban las lágrimas negras de Bebo Valdés y el Cigala. Los artísticos grafitti que cada vez llenan más las fachadas de esta ciudad de veraneo evocaban el modo en que tantos pintores están necesitando la luz de esos rincones del mundo para sus paletas. A los rompeolas llegaba el recuerdo de Barceló en la falla de Bandiagara, en el Mali de mucho más al Sur. El de los últimos colores de Rolando Campos en aquellas mismas calles. El convencimiento de aquel tangerino alternativo, Paul Bowles, según el cual es una cuestión de elegancia de espíritu percibir que hay lugares con más magia que otros. Los sones cubanos de Bebo Valdés pespunteando el desgarro vocal del Cigala flotaban por las calles de Asila como Perico por su malecón. Y la percepción de aquella música en aquel sitio- -que unos llamarían intertextualidad y otros fusión- aquella Cuba magrebí aflamencada, ilustró unas líneas leídas entonces sobre cuanto el libertador cubano José Martí escribió acerca de lo árabe en su tiempo, finales del XIX. Por aquel entonces se alzaba un Mahdí- -adalid revolucionario- -en Sudán, otro en Trípoli; los pueblos de Túnez, Argelia y Egipto contra Inglaterra y Francia. Y decía Martí: la tierra árabe se llena de redentores. Como él mismo se consideraba; redentor de masas oprimidas. Aquel poeta revolucionario de la guerra de Cuba clavó la interpretación de lo islámico insurrecto. Porque se reconocía en la piel del semejante, sin necesidad de etiqueta doctrinal. Circunciso o no, es la opresión la que quema. No la fe. Del mismo modo está por escribirse la tesis que compare los cantos revolucionarios palestinos de los setenta con sus semejantes nicaragüenses. Ya se escribió la que enlazaba el origen de grupos revolucionarios islamistas con antiguas células sovietistas, y hay otro material en plena efervescencia que daría para fértiles comparaciones: las letras de los raperos y las soflamas de los predicadores de barrio islamistas. La misma acidez, los mismos corrosión y victimismo. Hay que traducir y comparar; desconfiar y saber leer. Asistir a los salones de libros en las zonas que creemos hervideros. Porque a veces, al viajar, descubrimos no ya que en todas partes se cuecen habas, sino que el fuego siempre es el mismo. Medineando por el Zoco Chico tangerino, pudo verse que los escaparates de las librerías escolares mostraban un libro que ni siquiera estaba en la Feria. Una traducción árabe de un original persa: el Diálogo de Civilizaciones de Mohamed Jatami, presidente de Irán. Ese país que no está en la Agenda de momento. En él se incluye una carta a los jóvenes del mundo instando al conocimiento mutuo y la paz respetuosa. Supongo que, al no llamarse La Guerra Santa o algo por el estilo, ese libro no va a ser un éxito de ventas. Tampoco lo serán los libros destacados en ese Salón del Libro en Tánger. EMILIO GONZÁLEZ FERRÍN Premio Jovellanos y presidente de la Fundación Gordion