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ABC VIERNES 11 3 2005 Sociedad 59 Ciencia Un proyecto dirigido por Craig Venter revelará los organismos presentes en el aire de Nueva York El análisis genético de las muestras dará pistas sobre las alergias y otros trastornos huella genética de todo tipo de microbios en 1.400 metros cúbicos de aire, filtrados a diario por un detector situado en un edificio de la Gran Manzana A. AGUIRRE DE CÁRCER MADRID. Un desafío muy singular, el enésimo de su carrera, se ha autoimpuesto el científico que lideró desde el sector privado el desciframiento del genoma humano, que identificó miles de nuevos microorganismos en el mar de los Sargazos y que trabaja en la creación de vida artificial en laboratorio. Al frente del Instituto que lleva su nombre, el investigador Craig Venter acaba de anunciar un proyecto piloto que pretende descubrir la diversidad de microbios que habitan en el aire de las grandes ciudades. Con un detector situado en la azotea de un edificio de Manhattan, el área más poblada de EE. UU. el equipo de Venter filtrará cada día 1.400 metros cúbicos del denso aire de Nueva York. Esas vaporosas muestras, tanto del aire que corre entre los rascacielos como del interior de esos edificios, serán examinadas para detectar fragmentos de ADN que contribuirán a identificar los microorganismos presentes. En condiciones normales, respiramos aire que contiene cientos de bacterias, hongos y virus. Son microorganismos invisibles que, en su gran mayoría, no causan daños, aunque algub Se buscará la Craig Venter nos pueden provocar desde alergias moderadas a enfermedades infecciosas, como la gripe. Con el fin de averiguar qué microbios hay en el aire de las ciudades, el proyecto de Venter, llamado Air Genome Project intentará caracterizar todos esos microorganismos que se desplazan con las corrientes de aire e identificar sus genes. El estudio está financiado con 2,5 millones de dólares y sus resultados serán introducidos en un banco de datos de acceso gratuito para el resto de la comunidad científica. Ese archivo tendrá su sede en los Institutos Nacionales de la Salud, que desean aprovechar ese valioso volumen de datos para sus investigaciones sobre la patogenia del El Empire State Building preside esta vista aérea de Nueva York asma y otras enfermedades. Es un proyecto que también proporcionará información útil para detectar potenciales sustancias peligrosas en el aire, liberadas por bioterroristas. Este proyecto usará las mismas técnicas y herramientas empleadas en el desciframiento del genoma humano. Y el sistema de trabajo será muy parecido al empleado por el grupo de Venter cuando se embarcó en el análisis de la biodiversidad microbiana existente en el agua recolectada en el mar de los Sargazos. En ese experimento previo, este equipo de investigadores estadounidenses descubrió 1.800 nuevas especies de microorganismos y más de un millón de nuevos genes. AP La domesticación del cerdo se repitió en siete puntos del planeta G. Z. MADRID. La domesticación del cerdo, según evidencias arqueológicas, se produjo hace 9.000 años en la costa mediterránea de Turquía y a partir de ahí se introdujo en el resto del mundo, todo ello a través de la unión del cerdo salvaje europeo y el asiático. Esta teoría, la más común, puede dejar de ser cierta con la investigación que publica hoy en Science un equipo de genetistas británicos, encabezados por Greger Larson. Para ellos, la domesticación del animal a partir del jabalí salvaje no se produjo tan sólo en un punto, sino en al menos siete, como el centro de Europa e Italia, Birmania, Tailandia, Myanmar y Nueva Guinea, además de Turquía, que pudo ser la primera. Para llegar a esa conclusión, Greger Larson ha caracterizado las secuencias genéticas de ADN de 686 cerdos salvajes y domésticos de varios países. Y lo ha hecho con muestras de colmillos y fragmentos de mandíbulas de ejemplares conservados en museos. Con su genoma, el equipo descubrió una correlación muy ajustada entre sus secuencias genéticas y los orígenes geográficos de los cerdos. Así se identificaron nuevas zonas en las que, a la vez que se producían migraciones humanas, empezaba la domesticación del animal. El telescopio Hubble revela que no puede haber estrellas con 150 veces más masa que el Sol A. A. C. MADRID. Una observación muy detallada de un cúmulo estelar existente en el centro de la Vía Láctea, nuestra galaxia, sugiere que no pueden existir, de forma estable, estrellas con una masa 150 veces superior a la del Sol. Hasta ahora, los astrofísicos no han podido determinar si las estrellas tienen un límite natural en su tamaño y si, en caso de existir, cuál sería. Los estudios teóricos precedentes eran tan poco esclarecedores que situaban el rango de masas posibles entre 10 y 10.000 veces superior a la masa del Sol. Ahora, Donald Figer, del Instituto del Telescopio Es- pacial Hubble, aporta información precisa. Y lo ha hecho observando un cúmulo estelar, el más masivo de nuestra galaxia, con la cámara infrarroja del Hubble Esa acumulación de estrellas en el corazón de la Vía Láctea fue descubierta a principios de la pasada década y se caracteriza porque los miles de astros que allí se concentran suman, colectivamente, unas 11.000 masas solares. Según esta investigación astronómica, publicada ayer en la revista Nature Donald Figer sostiene que si las estrellas pudieran tener una masa ilimitada, en ese cúmulo de astros deberían detectarse algunos con masas 500 veces superiores a las del Sol. Sin embargo, el Hubble no detectó ninguna estrella con más de 130 masas solares. La mayoría de estrellas que pueblan el Universo no son ni la mitad de grandes que nuestro Sol. Aquellas que tienen un tamaño similar tienen una larga vida, ya que consumen el combustible nuclear que les hace brillar en el firmamento a un ritmo que asegura su supervivencia durante miles de millones de años. Por el contrario, las estrellas con masas muy superiores a la del Sol se ven abocadas a un brusco final porque consumen su combustible en unos pocos millones de años. Los resultados publicados por el astrofísico Donald Figer concuerdan con estudios similares de cúmulos estelares más pequeños de la Vía Láctea y en nuestra galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes, según Sally Oey, de la Universidad de Michigan.