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58 Sociedad VIERNES 11 3 2005 ABC Ciencia Imagen aérea de uno de los más conocidos cráteres de impacto del mundo: el cráter Meteoro, en Arizona NATURE La atmósfera es capaz de frenar los grandes meteoritos antes de su impacto con la Tierra Un nuevo estudio explica la misteriosa ausencia de rocas fundidas en el cráter Meteoro, de Arizona para fundir rocas. Esa es la explicación a la misteriosa ausencia de restos calcinados en los alrededores del cráter más famoso del mundo JOSÉ MANUEL NIEVES MADRID. Fue el primer cráter de la Tierra asociado oficialmente al impacto de un gran meteorito. Y sin duda el más visitado y estudiado por expertos de todo el mundo. Sin embargo, las sorpresas alrededor del famoso cráter Meteoro, de Arizona (EE. UU. no están agotadas todavía. El cuerpo celeste que impactó contra nuestro planeta hace 50.000 años, causando un agujero de 1,2 km de diámetro y 200 metros de profundidad, traía hasta ahora de cabeza a los investigadores, que no acertaban a explicar la extraña ausencia de rocas fundidas en su interior. Precisamente, el análisis de esta clase de rocas, sometidas a las altísimas energías de la colisión, sirve generalmente de pista a los científicos para deducir las características de los meteoritos que llegan a la Tierra. Pero, misteriosamente, el cráter más famoso de todos no ofrece esta clase de pruebas. Ahora, el profesor H. Jay Melosh, de la Universidad norteamericana de Arizona, y su colega Gareth Collins, del Imperial College de Londres, acaban de resolver el enigma. En un artículo b Demasiado lento que apareció ayer en la revista Nature ambos achacan la ausencia de rocas fundidas en el cráter Meteoro al hecho de que el meteorito que lo causó viajaba a una velocidad muy inferior a la que se creía hasta ahora. Anteriores investigaciones habían establecido la velocidad de impacto del meteorito entre quince y veinte kilómetros por segundo. Pero Melosh y Collins, aplicando nuevos y sofisticados modelos matemáticos, han determinado que la roca no superó, tras su entrada en la atmósfera terrestre, los doce kilómetros por segundo. Esa velocidad, a pesar de ser diez veces superior a la más rápida de las balas y de multiplicar por cuatro el record del nuevo vehículo X- 43 A de la NASA, es sin embargo demasiado escasa como para liberar la energía necesaria para fundir rocas. Lo cual, según los autores del artículo, resuelve de una vez para siempre la cuestión. Los siete magníficos del planeta Si no fuera por la atmósfera, la superficie de la Tierra sería similar a la de la Luna, formando un paisaje repleto de cráteres. Sin embargo, la acción de los vientos ha hecho que sólo unas pocas de estas estructuras geológicas sean visibles en la superficie de nuestro mundo. Hasta el momento se han reconocido unos 120 de estos cráteres en la Tierra, la mayoría en Norteamérica, Europa y Australia. El mayor de todos es el de Sudbury, en Ontario (Canadá) con un diámetro de 200 kilómetros, que se formó hace 185.000 y 300.000 años. Le siguen en extensión el de Chicxulub (México) con 170 kilómetros; el de Acraman, en Australia, con un diámetro de 160 kilómetros, y el de Vredefort que, con 140 kilómetros, se encuentra en Suráfrica. Con 100 kilómetros de extensión están el de Manicouagan, en Québec (Canadá) y el de Popigai, en Rusia. El segundo mayor de Rusia, y el séptimo del planeta, es el de Puchezh- Katunki, con 80 kilómetros de diámetro. Una historia nueva La escena reconstruida por los investigadores quedaría, pues, como sigue: Hace cincuenta mil años, una roca espacial, muy rica en mineral de hierro, con un peso aproximado de trescientas mil toneladas y unos cuarenta metros de diámetro, entró en ruta de colisión con la Tierra. Al penetrar en la atmósfera, cerca de la mitad del meteoro se fracturó en numerosas piedras de varios tamaños, la mayor parte de las cuales se volatilizaron como consecuencia del calor provocado por la fricción. La otra mitad, más densa, quedó prácticamente intacta, aunque su velocidad se redujo hasta los doce kilómetros por segundo. La atmósfera terrestre, explican en su artículo Melosh y Collins, actúa como una eficaz y selectiva pantalla contra los pequeños meteoros, permitiendo la entrada de las rocas más densas (como las que contienen hierro) y destruyendo las más ligeras. El análisis detallado de cómo tiene lugar este proceso ha generado, hasta el momento, varios modelos que describen cómo se produce esta cascada de fragmentación Pero ninguno de estos modelos había conseguido hasta ahora predecir la capacidad de la atmósfera para frenar las rocas espaciales. Para los dos científicos, el meteorito empezó a dividirse cuando se hallaba a cerca de catorce kilómetros de altura. Los fragmentos supervivientes viajaron en un grupo compacto, aunque a mucha menos velocidad que la inicial. A cinco kilómetros de altura, el grupo de rocas se abrió en un racimo de unos doscientos metros de diámetro. El mayor de los fragmentos impactó contra el suelo e hizo que numerosos restos se desperdigaran en un radio de varios kilómetros a la redonda, pero sin llegar a fundirse. El resultado fue el nacimiento de uno de los cráteres más espectaculares de la Tierra.