Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
68 Tribuna MIÉRCOLES 9 3 2005 ABC T ENÍA un apellido de origen escandinavo, pero había nacido en Guayanilla (Puerto Rico) el 8 de mayo de 1927. Llevaba medio siglo viviendo en las lejanías de Albión, en Michigan, donde poseía unas cuarenta cuerdas de terreno sembradas de árboles de muy distintas especies, en cada uno de los cuales había colocado una placa con el nombre de un poeta amigo, junto a una muestra de sus versos. Noble y generoso, editaba en su propia imprenta, bautizada como El Simplón una revista abierta y acogedora, Puerto Norte y Sur de difusión ecuménica donde hizo sitio siempre a la poesía española, la de su lengua. Porque allí, en su rincón norteamericano, mantenía bien alta la enseña de su idioma, No iba contra nada, sino sencillamente a favor de lo que constituía su expresión natural, cuajada en un montón de poemarios, que él, junto con su esposa, Alicia Uribe, imprimía artesanalmente y regalaba con gozo. El soneto y la décima brotaban de su pluma con singular gracia, como el haiku, forma de su dilección. Cuando, meses atrás, apareció en Arcos de la Frontera, mi pueblo blanco del sur, el primer número de la revista Piedra del Molino su director, Jorge de Arco, lo encabezó con dos poemas inéditos de Juan Ramón y una decena de haikus de José Miguel Oxholm; ¿Por qué sonríes, si es plena primavera, bendita muerte? Lo agradeció de veras: Juan Ramón y yo inaugurando una publicación tan bella... ¡Qué honor! Porque era bondadoso y cordial, y siempre animaba a sus amigos para que se decidiesen a visitarle. En cualquier otro caso, podría pensarse que quien lo hacía se apo- OXHOLM CARLOS MURCIANO Escritor José Miguel Oxholm López ha dejado tras de sí una obra cálida y próxima, y una estela de bonhomía y afectos. Hijo predilecto de su pueblo natal, distinguido por la Universidad de Colorado y miembro de honor de distintas instituciones americanas yaba en la seguridad de que nadie se atrevería a desplazarse hasta tan distante lugar. Pero no en el suyo. Sé que hubiera lanzado al vuelo las campanas de su corazón, si cualquiera de los poetas a quienes quería y admiraba, hubiera aparecido por su hacienda. Desde Rasgos de mi mundo (1966) a El verde es casi azul claro (2001) pasando por Mago de día (1973) o Alba de abedules (1998) su bibliografía lírica, abundosa y diáfana, dice de un hombre que, como él mismo sentenció, escribe poesía, vive la poesía, ama la poesía Ya no. Tendríamos que conjugar en pasado esos tres verbos. Porque, en el verano del año pasado, se nos marchó, de modo inesperado, Al regreso de mis vacaciones, encontré una carta de Alicia, en la que me decía: José fue diagnosticado con cáncer de páncreas y de hígado, el 28 de julio (Murió el 28 de agosto, treinta días después) Nunca sintió ningún dolor. ¡Bendito sea Dios añadía su esposa; y concluía: Fue cultivador de la tierra del lenguaje y de nuestras vidas La de su inseparable compañera y la de sus seis hijos. En la recordatoria, se reproducía un soneto suyo, en el que temblaba este endecasílabo: Se me escapa la vida como un río Se había enfrentado con el después en sus versos, de la forma que correspondía a su talante: con confianza, más que con resignación: Cuando llama la vida le contesto en canciones... Cuando llame la muerte... con los ojos abiertos y con la faz serena Rúbrica de una actitud vital que le caracterizaba. El último libro suyo que recibí lucía como título Estreno de inocencia y era una antología de su obra, impresa por él y conclusa el 2 de enero de 2002: una edición hecha a mano, en una Chandier Price, 8 x 12 con dibujos y recortes en linóleo de Alicia; uno de esos libros que, con independencia de su contenido, resulta grato hojear, comprobar sus texturas, reconocer con cuánto cariño fueron concebidos y repartidos. En su dedicatoria, la pareja insistía: Siempre les esperamos, con las puertas abiertas a todas horas Y a manera de prólogo, como si fuera consciente de que ese florilegio era ya su testamento, reproducía algunas opiniones sobre su obra, firmadas por poetas muy diversos; el puertorriqueño Matos Paoli, el colombiano Pardo García, el venezolano Paredes, el argentino Ligaluppi, el mexicano Peñalosa, el español Betanzos Palacios... Para quien considere extraño el primer apellido del poeta, cabría decir que el segundo era López. José Miguel Oxholm López ha dejado tras de sí una obra cálida y próxima, y una estela de bonhomía y afectos. Hijo predilecto de su pueblo natal, distinguido por la Universidad de Colorado y miembro de honor de distintas instituciones americanas, vio cómo su poesía fue incorporada a más de treinta antologías, traducida al inglés, francés, portugués y griego, y llevada al Braille. En un nostálgico haiku, de uno de sus últimos libros, escribió: Pasan las nubes, pasan los girasoles, pasa el recuerdo Quede su nombre. ERIÓDICOS argentinos traen la noticia: se hallaron los restos de Facundo, el general Juan Facundo Quiroga. El sarcófago de bronce que los contiene, oculto durante ciento veintiocho años tras una pared en un panteón del cementerio bonaerense de la Recoleta, fue descubierto el pasado diciembre por el arqueólogo Daniel Schávelzon. La falta de espacio obligó a colocar verticalmente el ataúd, eventualidad que ha venido en auxilio del mito gauchesco según el cual Facundo siempre quiso que lo enterrasen de pie para mirar a Dios frente a frente. Dios es más bondadoso que la historia y quizás lo haya perdonado. Los restos del montonero fueron escondidos por el suegro de éste en 1877, año en que murió el general Juan Manuel de Rosas, para salvarlos de víctimas de la tiranía rosista que los buscaban con el propósito de destruirlos. El condotiero federalista, de cuya muerte acaban de cumplirse ciento setenta años (fue asesinado el 16 de febrero de 1835) vive aún, como sue- P EL TIGRE DE LOS LLANOS MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ Escritor El condotiero federalista vive aún, como sueño o como pesadilla, en la memoria de sus connacionales ño o como pesadilla, en la memoria de sus connacionales. Es de esas figuras curiosas, de corte novelesco, a las que una leyenda idoliza y salva del olvido. Facundo presumía de libertador del pueblo; practicaba el terror- -el terrorismo fue uno de los grandes móviles de su elevación dijo su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento- era intrépido, virtud o vi- cio que lo condujo al muere y propició y apoyó la tiranía nacionalista de su conmilitón y correligionario Rosas, la cual pudo haber encabezado él mismo. Juan Facundo Quiroga, hijo de un ganadero de regular fortuna, nació en 1778 en La Rioja argentina. Versión militarizada del gaucho malo, desde muy joven se distinguió, según algunos biógrafos, por su osadía, su astucia, su falta de escrúpulos y su crueldad. Desertor del ejército de San Martín en la guerra de independencia, comenzó a hacer su fortuna personal- -que fue cuantiosa- -comandando milicias locales y monopolizando bayonetas mediante el comercio de la carne en las regiones que dominaba. Pronto sobresalió Facundo entre los caudillos regionales que, en defensa de sus cacicazgos, se transformaron en jefes de tropa y entre 1818 y 1835 guerrearon, bajo la bandera federalista, contra el poder central de la recién nacida república, retardando de esta manera el reordenamiento y el desarrollo económico y cultural del país. No fue ésa la contienda de los intereses nacionales contra los extranjeros, sino, como acertadamente la definió Sarmiento, la de la barbarie contra la civilización. La de la arbitrariedad y el caos del medioevo americano contra el liberalismo democrático y el Estado de Derecho, defendidos por el partido unitario. Una aureola de jacobinismo nacionalista, que ha ido creciendo con el tiempo, corona la boscosa cabellera de Facundo. Tal aureola tal vez obligue al gobierno del justicialista Néstor Kirchner, ahora que se han hallado los restos de Facundo, a proclamar monumento nacional la tumba de este turbulento y controvertido personaje, a quien no por gusto los argentinos de su época apodaron El tigre de los Llanos.