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ABC MIÉRCOLES 9 3 2005 La Tercera GEORGE BUSH II: VISIÓN REVOLUCIONARIA, PRÁCTICA REALISTA El pensador y politólogo francés Nicolas Baverez es autor de libros de reconocida influencia como Raymond Aron, un moralista en los tiempos de las ideologías y Los huérfanos de la libertad Su última obra, La Francia que cae causó gran revuelo porque denunciaba la falta de honradez intelectual para reconocer que el estado de bienestar no funciona. Baverez se incorpora hoy a la colaboración en ABC LEGIDO in extremis en 2000 tras basar su campaña en la crítica al big government, la condena del nation building y el regreso a los intereses básicos de America first, George W. Bush vio su primer mandato totalmente redefinido por la brutal aceleración de la historia que se produjo en 2001. El peor desplome bursátil de la historia del capitalismo desde 1929 creó el riesgo de una deflación mundial, justificando la movilización de todo el abanico de herramientas keynesianas: pasar de un excedente presupuestario del 2,4 por ciento a un déficit del 3,5 por ciento del PIB; reducir los ingresos fiscales del 21 al 16,3 por ciento del PIB; bajar los tipos de interés del 6,5 al 1 por ciento; devaluación competitiva del dólar en un 60 por ciento frente al euro y en un 30 por ciento frente al yen; y medidas proteccionistas puntuales sobre el acero y el textil. Lo que ha tenido como resultado la vuelta de la economía estadounidense al crecimiento intensivo (el 4,4 por ciento en 2004) y al pleno empleo (2,2 millones de puestos de trabajo creados para un paro que ha bajado hasta el 5,4 por ciento de la población activa) a cambio de un doble déficit presupuestario y comercial (618.000 millones de dólares) Simultáneamente, el traumatismo provocado por los atentados del 11 de septiembre de 2001 lanzó a Estados Unidos a una guerra contra el terrorismo, identificado de forma demasiado rápida y errónea con un eje del mal formado por Irak, Irán y Corea del Norte. De ahí el entrar en un ciclo de conflictos armados en cadena, desde la legítima intervención contra el Afganistán de los talibanes a la inútil y peligrosa invasión de Irak que terminó por eclipsar la indispensable lucha contra Al- Qaeda. Y en vez de la exportación de la democracia y del mercado, el resultado ha sido la división de las democracias intensificada por la de Europa, el aumento de las pasiones antioccidentales en el mundo árabe- -musulmán, la temible convergencia entre el nacionalismo iraquí y el fanatismo islámico, el estancamiento militar de la coalición y el fracaso de la reconstrucción económica de Irak debido a la inseguridad. Reelegido con claridad en 2004 al encarnar al comandante en jefe de un EE. UU. en guerra, George Bush, haciéndose eco de las cuatro libertades prometidas por Roosevelt en 1941, dio visos revolucionarios a su discurso sobre el estado de la Unión, pronunciado el pasado 2 de febrero, al situarlo bajo el doble signo de la guerra contra la tiranía- -que reúne a Irán, Corea del Norte, Cuba, Birmania, Bielorrusia y Zimbabwe- -en el exterior y de la construcción de una nación de propietarios en el interior. Paradójicamente, este discurso muy marcado en el plano ideológico se ve acompañado de la vuelta a una práctica más moderada, caracterizada por la rehabilitación de la diplomacia junto a la acción militar, por un lado, y de la gestión progresiva de los desequilibrios interiores de la economía estadounidense en vez de trasladarlos a los otros continentes, por otro. Una reorientación que toma en cuenta al mismo tiempo el reestablecimiento de los contrapoderes de la democracia estadounidense desde las elecciones presidenciales, las secuelas del primer mandato (es decir, los riesgos que la degradación de la situación militar en Irak hace pesar sobre el lideraz- E La nueva moderación de la administración de Bush no debe llevar a subestimar su empeño en cambiar las estructuras geopolíticas y económicas del mundo go de EE. UU. pero también sus logros (desde las elecciones en Afganistán y en Irak hasta la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos con el alto el fuego del 8 de febrero de 2005 posibilitado por la muerte de Yaser Arafat, pasando por la espectacular salida de la crisis de la economía) La decisión de George Bush de dedicar la primera visita de su segundo mandato a Europa es un ejemplo de la nueva orientación de la Administración estadounidense, que ha experimentado los riesgos y los costes del unilateralismo exacerbado. No reduce en nada su compromiso a favor de la libertad, ni su vigilancia en relación con las potencias desestabilizadoras, incluida China, en el punto de mira tras Corea del Norte, o Rusia, tras Bielorrusia. Pero, al mismo tiempo, vuelve a integrar el pluralismo en la organización de los valores de la libertad- -restableciendo las alianzas desacreditadas por la doctrina Rumsfeld- -y en las formas de intervención, con la influencia del soft power recuperando la aceptación al lado del ejercicio del hard power. Con resultados importantes. La posibilidad de reestablecer el vínculo trasatlántico, partiendo de un relanzamiento de la integración europea, con el objetivo de volver a reunir a las democracias occidentales peligrosamente divididas. La definición de las estrategias coordinadas o incluso comunes en relación con China (levantamiento del embargo sobre las exportaciones de armas) de Rusia (víctima del nacional- sovietismo) y de Irán (articulación de presiones diplomáticas europeas y militares estadounidenses contra su acceso al armamento nuclear) El relanzamiento de una acción política a favor de las fuerzas moderadas del mundo árabemusulmán, apostando por el proceso de paz israelo- árabe. La aceleración de la retirada de Irak de las fuerzas de la coalición, incapaces de alcanzar una solución militar, a petición del poder surgido de las elecciones del 30 de enero de 2005. En el plano interno, el llamamiento a una nación de propietarios pretende reactivar el espíritu de los pioneros más allá de la herencia del New Deal. Hay que buscar sus principales aplicaciones en el rechazo a aumentar los impuestos y el recurso a reducir los gastos civiles- -del 4 al 3 por ciento del PIB- -para enjugar el déficit presupuestario en un 3 por ciento en 2006 y en un 1,5 por ciento del PIB en 2009, y más todavía en el proyecto de privatización parcial del sistema de la seguridad social, deficitario a partir de 2018 y en quiebra en 2042. Tras estas reformas sobresale la sana voluntad de reconstituir progresivamente una capacidad de ahorro interior que, más allá de la manipulación de los tipos de cambio, es la única respuesta a largo plazo para el doble déficit presupuestario y comercial. Sobre todo, el rechazo del nacionalismo económico y del proteccionismo da un nuevo impulso a la economía abierta y globalizada. La combinación de un discurso idealista y de una práctica realista no reduce un ápice la voluntad y la capacidad de George Bush de transformar el mundo. Al contrario, lo sitúa como un continuador directo de Ronald Reagan, que reconstruyó el liderazgo económico y tecnológico de EE. UU. combinando política de la oferta y presupuesto keynesiano, a la vez que aplastaba a la Unión Soviética, calificada como imperio del mal, mediante una guerra de las galaxias en gran parte ilusoria. Tras las guerras, la libertad política se abre camino en el mundo árabe- -musulmán a través de elecciones que, aunque no lo son todo, tampoco son poco. Tras los déficit progresa la integración de las economías y de las sociedades, de lo cual en adelante también depende EE. UU. De ello se derivan dos lecciones para Europa. En primer lugar, la nueva moderación de la Administración de Bush no debe llevar a subestimar su empeño en cambiar las estructuras geopolíticas y económicas del mundo. En segundo lugar, la nueva orientación de la diplomacia y de la política económica de EE. UU. ejemplo de su capacidad para actuar y corregir sus propios excesos, debería servir de inspiración para los europeos, tanto para cambiar un modelo económico y social en gran medida encerrado en el crecimiento blando y el paro masivo como para contar con una política exterior y de seguridad que les permita ser actores y no meros espectadores de su destino en el siglo XXI. Entre las quimeras contradictorias del choque de civilizaciones y del pacifismo multilateral, del híperconsumo a crédito y del malthusianismo timorato, Europa está, al mismo nivel que EE. UU. invitada a volver a la razón y a definir una política responsable que no puede limitarse al soft power en una historia que, para las naciones libres, sigue siendo dura, arriesgada y violenta. NICOLAS BAVEREZ Historiador y economista