Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
52 LUNES 7 3 2005 ABC Cultura y espectáculos Sobre estas líneas, dos de las obras que alberga el Museo del Holocausto, en el corazón de Jerusalén El nuevo Museo del Holocausto de Jerusalén, memoria viva de millones de nombres muertos Tras una década de trabajos y cien millones de dólares de presupuesto, se inaugurará la próxima semana b Las instalaciones del nuevo Mu- seo del Holocausto (Yad Vashem en hebreo) se convierten en un pasaporte para transportar el drama de la Shoah al siglo XXI JUAN CIERCO CORRESPONSAL JERUSALÉN. Con el corazón en un puño. Con los ojos nublados por la emoción. Con el alma encogida. Con los sentimientos a flor de piel. Con la solidaridad imprescindible. Con la compasión necesaria. Con la certeza de un Nunca Más con mayúsculas. Con la comprensión del dolor propio y ajeno. Con el recuerdo vivo de los muertos. Así tienen que salir todos y cada uno de los miles de visitantes que a partir de finales de este mes se acercarán hasta el nuevo Museo del Holocausto (Yad Vashem en hebreo) en el corazón de Jerusalén. Así quiere verlos salir al menos su director, Avner Shalev. Con la certeza de haber recorrido un lugar único. Con la amargura de una visita ineludible. Con la fatiga de haber escalado una montaña de 180 me- tros, para llegar a una pirámide que cuelga en parte de un vacío que se vuelca sobre una Ciudad Santa que mira de frente. Una montaña. Una pirámide. Un vacío. Un recuerdo. Para millones de muertos. Para millones de víctimas. Con nombres. Con apellidos. Con pequeñas historias personales que juntas forman un enorme mosaico de dolor y entereza. Con cosas quizás insignificantes para tantos, pero llenas de sentido para muchos más. Con el anillo de boda salvado por un superviviente. Con libros raídos entonces escondidos bajo los catres. Con dibujos desesperanzados pintados por niños sin esperanza. Vida, dolor y muerte Un museo, este nuevo del Holocausto, que ha tardado diez años en ser levantado por el arquitecto Moshe Safdie. Que ha costado cien millones de dólares. Que ocupa 4.200 metros cuadrados, cuatro veces más que el anterior. Que se divide en tres partes, pero podría hacerlo en más de seis millones. Que tiene una Sala de los Nombres. Y otra para el arte del Holocausto. Y una tercera para exposiciones. Y un centro visual y de enseñanza. Y una sinagoga. Un museo que nada tiene que ver con el anterior, que tiene que ver todo con su predecesor. Éste abrió sus puertas hace treinta años desde la llegada al poder de Hitler en 1933. El nuevo, no. No se ocupa casi nada de los nazis y sí mucho, casi todo, de las víctimas. De cómo vivían antes del drama. De cómo era su día a día cotidiano. De cómo cambiaron esas cosas poco a poco. Hasta hacerse insoportables. Un recorrido por la vida, el dolor y la muerte de seis millones de víctimas desde su perspectiva, desde el punto de vista judío. Una perspectiva multidisciplinar e interdisciplinar con lentes de aumento sobre las experiencias individuales El centro, levantado por Moshe Safdie, ocupa 4.200 metros cuadrados, cuatro veces más que el anterior de las víctimas, sus pertenencias, los testimonios de los supervivientes. Un museo nuevo, revolucionario, moderno, que concede más fuerza a lo visual (600 fotos que se reflejan borrosas en un agua nerviosa, simbolizando aquellas víctimas hoy todavía anónimas, pero nunca olvidadas en la Sala de los Nombres) que permite repasar millones de páginas de testimonios; que cuenta con una base de datos casi infinita; que se apoya en la iluminación, los puntos focales, las distintas alturas, las galerías subterráneas para zigzaguear por la vida y la muerte, la pesadilla y la realidad, el drama y el horror de pequeñas historias personales que sumadas llegan a los seis millones. Un museo del que hay que salir, sería un fracaso lo contrario, con el corazón en un puño; con los ojos nublados por la emoción; con el alma encogida; con los sentimientos a flor de piel; con la solidaridad imprescindible; con la compasión necesaria; con la certeza de un Nunca Más con mayúsculas; con la comprensión del dolor propio y ajeno. Con el recuerdo vivo de esos millones de muertos con nombre y apellidos.