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ABC LUNES 7 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Maragall se cree mujer maltratada, y si de verdad lo fuese, no sé yo quién iba a ser el guapo que se tomara la molestia de maltratarla MARAGALL, POBRE MUJER lo mejor es que andaba con la toña y le dio llorona, yo qué sé. Pero es la primera vez que le oigo decir a un político que se siente como una mujer maltratada No sé si debemos tomar esa frase de Maragall como una confesión dramática, como una solidaridad disparatada con las pobres mujeres apaleadas por sus hombres o como una contribución chusca al rechazo social de la violencia de género como ahora se dice. El caso es que la frasecica fue dicha por el presidente de la Generalitat y dicha queda para la pequeña y anecdótica Historia de la política y las sandeces que dicen a veces los políticos. Una mujer maltratada. Pobre mujer este Maragall. Pero, hombre, si es él- -o ella- -quien está maltratando a sus adversarios, a sus antecesores, a sus parejas de Gobierno y a las sufridas parejas de su propio partido. Desde que las urnas gastaron el bromazo a Cataluña y a España de ponerle en la situación tripartita de presidir la Generalitat, no ha hecho otra cosa que maltratar todo lo que toca, empezando por las mismas Cataluña y España. Ese Maragall no es una mujer. Es una parca, una furia, una euménide. Para esa mujer maltratada que dice ser Maragall quede el mérito político de darle a Esquerra Republicana y al maltratador de su jefe, Carod- Rovira, arte y parte en el Gobierno de Cataluña, y una vela en el imaginado entierro de España. Vaya también a Maragall el acierto reconocido de agitar las aguas políticas hasta convertirlas en un remolino turbulento y sucio. Llegó al poder empinándose en los separatistas furiosos y en los vestigios comunistas. Entró en el palacio de San Jaume sacudiendo hachazos al Estatut, y enseguida intentó separarse del Partido Socialista y formar grupo parlamentario aparte. Inventó la piedra filosofal del federalismo asimétrico, enlazó con los delirantes ibarrechistas del Estado asociado, ha pasado toda clase de facturas políticas a Zapatero, poniendo precio a unos votos obligados, aunque no todas las facturas se las han pagado, y ahora, para clausura de fiesta y traca final, sale con lo del tres por ciento de Convergencia, que ha encalabrinado no sólo a Artur Mas, sino a Jordi Pujol, que son palabras mayores. Eso del tres por ciento es poner el dedo en la llaga del espinoso asunto de la financiación de los partidos y además es mentar la soga en casa del ahorcado. Hablar de corrupción política desde el Partido Socialista es exponerse a que alguien te diga que en todas las casas cuecen habas y en la tuya a calderadas. El hundimiento del barrio del Carmelo le ha desatado los nervios y la moción de censura del PP más la querella por injurias y calumnias con la que le ha obsequiado Convergencia lo ha sacado de quicio. Y ha terminado en la pura demencia. Se cree mujer, y mujer maltratada, que no sé yo, si de verdad fuese Maragall una mujer, quién iba a ser el guapo que se tomara la molestia de maltratarla, ni siquiera un moro observante escrupuloso del Corán. Antes de sentirse mujer maltratada tendría que haberse sentido mujer empecinada que por ahí, por el empecinamiento de algunas mujeres, empiezan muchas de las atrocidades que cometen algunos hombres. A JUAN MANUEL DE PRADA Han transcurrido más de veinte años desde que se estrenara aquella película de Ridley Scott, pero su recuerdo sigue convocando a nuevas generaciones de aficionados que no dejan de encender velas en la capilla consagrada a su culto EL REPLICANTE Y EL MENDIGO A Semana de Cine Fantástico de Málaga dedicaba la noche del sábado un homenaje al actor Rutger Hauer, el inolvidable replicante de Blade Runner, a quien tuve el honor de presentar ante un público fervoroso de más de seiscientas personas que se pusieron de pie para dedicarle una ovación cerradísima. Han transcurrido más de veinte años desde que se estrenara aquella película de Ridley Scott, pero su recuerdo sigue convocando a nuevas generaciones de aficionados que no dejan de encender velas en la capilla consagrada a su culto. A sus sesenta años, Rutger Hauer sigue manteniendo una prestancia juvenil; en su mirada, de un azul casi líquido, hay un no sé qué de feroz o intimidante, como de león que acabase de escapar de su jaula. Antes de que se proyectara Blade Runner, Rutger Hauer respondió la avalancha de preguntas del público; como no podía ser de otro modo, la mayoría se referían a esa secuencia final que ya ha ingresado en las mitologías del celuloide, cuando el replicante agoniza sobre una azotea y celebra las maravillas que han desfilado ante sus retinas. En el guión original, el parlamento de Rutger Hauer era mucho más extenso y tedioso; pero el actor solicitó a Ridley Scott abreviarlo y sustituir las últimas parrafadas por una frase en la que se agolpa y concentra la poesía trágica del personaje que interpreta: Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es la hora de morir Scott, por fortuna, accedió al cambio; también permitió que Rutger Hauer, en lugar de morir entre estertores y paroxismos de dolor, como proponía el guión, lo hiciese de un modo mucho más delicado y discreto, dejando soltar una paloma que asciende con ímpetu al cielo anubarrado, como si al espíritu del replicante le hubiesen brotado de repente alas. Tras el homenaje, acompañé a Rutger Hauer al restaurante donde alargaríamos la cena, despreocupados L del reloj. Hacía una noche ventosa cuando por fin regresamos al hotel; el aire, afilado como una daga, se enredaba entre los faldones de su gabán de cuero negro, muy similar al que luce en Blade Runner. Un mendigo salió a nuestro paso, pidiéndonos limosna; era un jamaicano de peinado rasta y facciones de hurón adelgazadas por el frío que caminaba a trompicones, tropezándose con sus propios harapos. Cuando reparó en las facciones de mi acompañante se quedó estupefacto; la mandíbula descolgada delataba su pasmo. Extendió los brazos que parecían invertebrados para tocar al hombre del gabán negro. Oh, my God! I can t believe it! I can t believe it! vociferó en su inglés impracticable. La incredulidad cedió paso a un nerviosismo que apenas le permitía articular palabra; su mirada se había esmaltado de un brillo premonitorio del llanto. But you re Rutger Hauer! Oh, my God! You re my favourite actor repetía como en una salmodia; un júbilo mezclado de pudor se iba adueñando de su cuerpecillo enclenque y aterido. Mientras el mendigo recitaba los títulos de sus películas, Rutger Hauer sacó de un bolsillo interior de su gabán una cartera; cuando se disponía a tenderle un billete, el mendigo se lo impidió con un ademán terminante: Me has hecho demasiado feliz durante tantos años... Y ahora acabas de alegrarme el día. No puedo aceptarlo. De verdad, no puedo le dijo, atragantado por la emoción, y se llevó las manos a la espalda, a la vez que empezaba a retroceder. Rutger Hauer sonrió muy pudorosamente; en sus ojos de un azul casi líquido brilló una luz en la que se fundían piedad y orgullo. Mientras nos alejábamos por las callejuelas de Málaga, aún oíamos la salmodia exultante del mendigo: Oh, my God! I can t believe it! Rutger Hauer, arrebujado en su gabán de cuero negro, reprimió un escalofrío.