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ABC DOMINGO 6 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La iniciativa más inocente y pacífica es esta idea de que hablen el día 11 las campanas. Su voz no enfrenta; congrega. ¿Por qué mudas? LAS CAMPANAS A EL RECUADRO ANTONIO BURGOS El que toca una mata de manzanilla, una rama de algarrobo o un pelo de bigote de lince va directamente a la cárcel. Pero al que muele a palos a un pijo y se jacta de cazarlo no le ocurre nada. Claro, como los pijos son fachas y los canis son progres... EL PIJO, ESPECIE DESPROTEGIDA calle. Y es de Arcos de la Frontera el pastor que está en la cárcel por culpa de sus ovejas. No comprendo, señoría: se han librado de la trena los que dejan medio muerto al pijo en su cacería y el pastor cumple su pena en ese penal del Puerto, Puerto de Santa María... -Todos esos cantes son del Camarón, ¿no? No lo son, aunque parecen sacados del magnetofón de la memoria de la Venta Vargas que Enrique Montiel ha convertido en privilegiado disco donde se oye el cante de José Monge sobre un horizonte de grillos de los esteros, metiendo a compás de bulerías del Chozas hasta el ruido de los motores de los camiones de la Nacional IV. Esos cantes no son camaroneros. Son letras que ha escrito la realidad de las paradojas de la Justicia. Que da el cante. El cante de Jerez: Pacheco levantó el deo y dijo que la Justicia en España es cachondeo. O al menos paradoja. No sé en otros lugares de España, porque soy natural y vecino de la nostalgia de Rafael Montesinos, pero en esta Sevilla donde, como en todas partes, se están fomentando peligrosamente las porciones de quesitos El Caserío de las dos Españas, hay una guerra declarada que ni Roma y Cartago: canis contra pijos. Los canis son una tribu urbana gamberra, suburbial, no crean que del todo marginal, que ha jurado odio eterno a los romanos, perdón, a los pijos. Que son los de la gomina, la ropa de marca y el coche bueno. Los canis han levantado la veda y cada fin de semana se dedican a la cacería del pijo. Sin mediar palabra, rodean al primer pijo que se encuentran en la madrugada y le parten la cara, como se la partieron a Rosauro los N IÑO, ponme la cejilla en el cinco: Mire, señoría, qué cosa más grande, los tres que al Rosauro medio lo malaron están en la canis que, detenidos por la Policía como probados agresores, fueron después ricamente puestos en libertad por la Justicia, de modo que quizá anoche siguieron practicando la caza de pijos, al ojeo o al aguardo. A los pijos no les va a quedar más remedio que declararse especie protegida: algarrobo de la Sierra de Cádiz o manzanilla de Sierra Nevada. En esta España que deja en libertad a los canis rompenarices, un pastor granadino fue encarcelado por arrancar unas matas de manzanilla para hacerse un cocimiento para la barriga estragada. Y ahora, otro pastor, de Arcos, está en el penal del Puerto porque sus ovejas descarriadas entraron en una finca y se comieron unos algarrobos. Si eres manzanilla granadina o algarrobo arcense, al que te toque, cárcel. Pero si eres un pijo que vas desafiante, limpio, oliendo a Álvarez Gómez, lo cual evidentemente es una provocación, te pueden partir los huesos propios de la nariz e incluso los ajenos de la nariz de tu novia. A quien te cobre como pieza de su cacería de pijos, en caso de que lo pillen, lo pondrán inmediatamente en libertad. Es lástima que no esté de moda entre los pijos el atuendo de lince de Doñana. Te vistes de lince de Doñana y sabes que tienes toda la protección del mundo, ¿qué digo yo? más que si fueras parguelón o muecín. El que toca una mata de manzanilla, una rama de algarrobo o un pelo de bigote de lince va directamente a la cárcel. Pero al que muele a palos a un pijo y se jacta de cazarlo no le ocurre nada. Claro, como los pijos son fachas y los canis son progres, de los nuestros, hasta tiene una cierta lógica. Hay más canis que pijos: más votos canis que votos pijos. De ahí que el cani sea especie protegida, como el algarrobo, el no fumador o el sabio del TBO con Gran Cruz de Alfonso el Sabio. Por lo que puede darle al desprotegido pijo impunemente hasta en el carné. ¿De identidad? No, del PP. Roma me había llevado el destino profesional, este ir y venir que nos traemos los periodistas, cuando de repente, una mañana se echaron a volar las campanas de las trescientas iglesias de la Ciudad Eterna, y se estremecieron de gozo los pinos romanos y se alborotaron las palomas, que allí anidan a miles, y sólo el Tevere siguió discurriendo tan tranquilo, ya se sabe, Quevedo lo dijo, lo fugitivo permanece y dura Huyen los siglos derribando piedras, y el río sigue su curso sin detenerse ni desviarse. Las campanas de las trescientas iglesias de Roma repicaban a buena nueva porque aquella mañana comenzaba el Concilio Vaticano II, aquel trueno inesperado del Papa pacioccone que mientras paseaba una tarde por el atrio de San Juan de Letrán dijo de pronto y casi sin venir a cuento: Aquí haría falta un concilio Y fue y lo convocó. Una ciudad envuelta en la voz de las campanas, que seguramente es la voz de Dios, ¿de quién, si no? es un anuncio de gloria, vísperas del gozo que diría el poeta. Seguiré con las campanas hasta decir lo que quiero, pero he escrito la palabra poeta, y aquí tengo que hacer un alto y tomar aliento y llorar un rato por dentro. No andamos sobrados de poetas y ayer perdimos uno. Se apagó el verso sevillano de Rafael Montesinos, ese pequeño gran poeta, poeta de las mejores vecindades, Sevilla digo, Bécquer y los Machado para empezar, poeta siempre joven, al amparo de la lepra del tiempo, el que le dijo a la niña adolescente que diecisiete caballos le galopaban por la sangre y el que confesó que siempre trataba de usté a la Muerte. Y ayer, ella, la Muerte le trató a él de tú. Anda, vamos, Rafaelito Y Rafaelito: Lo que usté diga Alguna campana tendrá que haber sonado en Sevilla, en Madrid, en cualquier ciudad, en el cielo, que habrá estremecido los endecasílabos y habrá alborotado las palabras, palabras blancas, palabras para el zureo, palabras sin hiel. Pero, bueno, ¿se puede saber por qué revesada naturaleza, o por qué rencor político, o por cuáles orejas heridas esa madre que va por ahí con el dolor del 11- M en el luto del hijo, no quiere que suenen, y repiquen, y lloren, y canten, y recen las campanas de Madrid en el recuerdo de aquella muerte múltiple y violenta? ¿Qué amor a un silencio sin esperanza hace que Pilar Manjón quiera condenar a la mudez del bronce a las campanas de Madrid en este otro once de marzo? He escuchado a Pilar Manjón largos y preparados argumentos en un par de ocasiones, y confieso que no comprendo bien ese dolor que muestra, casi beligerante, y esas lamentaciones que parecen rechazar más o menos suavemente consuelos y solidaridades. Ha transcurrido todo un año desde aquella matanza, y todavía estamos movilizando muertos para llevarlos a las luchas políticas en que nos enzarzamos los vivos. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta quién o quiénes, por qué y para qué hicieron aquello, cuánto hubo en aquellas bombas terribles de venganza o cuánto de botín. La iniciativa más inocente, más pacífica, más común a todos, es este propósito de que hablen el día once de marzo las campanas, que su voz no enfrenta sino que congrega. Pero todavía hay quien las quiere mudas, a las campanas. ¿Por qué?