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ABC SÁBADO 5 3 2005 Los sábados de ABC 101 EL GUINDO MÓNICA F. ACEYTUNO ARMARIOS DE ALASKA D de más de 4.000 metros de altitud que ofrecen un entorno único para la práctica del deporte blanco A. CARRA No mucho más tiempo que a cualquier destino nacional Dos son las razones que pueden echar para atrás a quienes estén pensando en esquiar en los Alpes suizos: los precios y la pesadez del viaje. Falsos ambos prejuicios. El primero porque con la llegada del euro y su fortaleza como divisa, para caras de verdad las estaciones nacionales; el segundo, porque con las frecuencias de vuelos desde Barajas y su combinación con la insuperable red de trenes de Suiza, en apenas siete horas está uno cómodamente instalado en un hotel de montaña literalmente de ensueño. Y ni siquiera tendrá que cargar con su equipaje. La compañía aérea suiza Swiss ofrece un servicio de FlyRail que permite facturar hasta el mismo hotel; gratis para los viajeros de Bussines o 20 chf (unos 17 euros) por bulto para el resto de pasajeros. Ni los precios de los billetes asustan ya: por 65 euros (hasta el 26 de abril) se puede ir y volver a Zurich, desde donde con un Transfer Ticket de tren se llega a cualquier estación del país. La secuencia de viaje es extremadamente sencilla: desde Barajas a Zurich, allí- -sin Chämi- hitta, un restaurante en Gornergrat, perfecto para un paréntesis salir del aeropuerto- -se cambia de edificio y se coge el tren con destino a Berna; en Berna cambiamos de andén y subimos al tren con destino a Brig. Aquí sí hay que salir de la estación y, justo enfrente, sale un tren de vía estrecha que nos dejará en Zermatt, donde un taxi eléctrico nos llevará directos, por ejemplo, al hotel Mirabeau (197 euros con desayuno y cena) justo a tiempo para degustar una exquisita raclette el tiempo que viví en Alaska, recuerdo en alguna ocasión los infinitos horizontes del ártico, el azul profundo de los glaciares, los claros y caudalosos ríos en los que no valía entrar y llevarse en los brazos los salmones, aunque fuera posible, y recuerdo las montañas y el sol y la luna juntos y los interminables bosques de abedules vestidos de otoño al final del verano; en todo esto pienso de vez en cuando, pero no pasa un día sin que me acuerde de los armarios de Alaska. En mi dormitorio había uno en el que guardé lo que no me gustaba del apartamento: una estantería dorada con baldas de cristal, dos mesas de centro, cuatro jarrones, un par de lámparas y unas cuantas figuritas de porcelana. A mayores, cupo toda la ropa, teniendo en cuenta que era invierno cuando llegamos, y aún sobró espacio para la ropa blanca y las mantas y las maletas de los invitados, que se fueron turnando sin interrupción en los meses que duró nuestra estancia. Yo abro aquí mi armario por la mañana, y no puedo evitar, casi con lágrimas en los ojos, el recuerdo de aquellos inmensos armarios americanos, y eso que éstos, cuando eran nuevos y estaban vacíos, fueron bendecidos por don Vicente con toda la casa. Nos hizo esperar a la puerta e ir tras él cuando todo olía y sonaba aún a pintura y a madera y a recién hecho, que es cuando una casa le gusta a todo el mundo, porque imagina cada uno cómo la pondría. Don Vicente abría igual que un explorador el camino con el hisopo en la mano e iba rociando el aire con el agua bendita y recitaba su bendición en latín cuando, de golpe, se detuvo: Qué buenos armarios Y siguió bendiciendo. Fue una pena no haberle pedido entonces que no sólo los bendijera, sino que rezara para que crecieran y se multiplicaran. Porque los armarios responden a esa ley no escrita de la física que dice que, a menor espacio y menor temperatura, mayor es el caos, y así los armarios al final del invierno, entre lanas y botas y abrigos, son la pesadez de cada día. Estoy deseando abrir una mañana el armario y encontrar que sólo tiene sandalias, y cuatro faldas de flores, ligeras y vaporosas.