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ABC SÁBADO 5 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY No deja de ser chusco que un sociata, con la historia de trinques que lleva a cuestas ese partido, publique acusaciones de corrupción EL XIVARRI CATALÁN OMO decía el torero, lo que no puede ser no puede ser y además es imposible. Cuando a un alto cargo institucional accede alguien con tan precario talento y tan holgada imprudencia como Pasqual Maragall, no trascurre mucho tiempo sin que se organice la gresca, la barahúnda, el rifirrafe o el pitote político. En Cataluña ya lo tenemos organizado. En esta ocasión, Maragall ni siquiera ha necesitado la ayuda del pintoresco Carod- Rovira y su mariachi. Él solo, acompañando su imprudencia con el empecinamiento en no retirar las palabras de más ni pedir perdón por ellas, ha provocado el bochinche. En una misma mañana, Josep Piqué, en representación del PP, ha presentado una moción de censura contra Maragall en el Parlamento catalán, y Artur Mas, en nombre de Convergencia, ha llevado a los tribunales de justicia una querella por injuria y calumnia contra el presidente de la Generalitat, toma nísperos. Ya serían estos sucesos muestra cumplida del xivarri catalán, sin necesidad de otros aumentos, pero no acaban aquí los maremotos provocados por el jefe de los socialistas catalanes. No sé lo que habrá comido o bebido Maragall en estos días, tigre o vitriolo, que yo no voy a ponerme a investigar sus platos y sus copas, pero el caso es que ha despabilado las iras de sus propios correligionarios. Chaves, cuánto sabes, e Ibarra, cuidado si te agarra, se han levantado en armas, verbales, por supuesto, contra el insensato orador catalán y sus constantes insolencias. Y de la dirección del propio partido, Ferraz, o sea, le han administrado un palmetazo y le han debido de hacer algunas advertencias porque se mete con demasiado desparpajo en el terreno del mismísimo Zapatero, que es el Cronos que maneja los tiempos. Y además no le agradece suficientemente la cruzada que el presidente del Gobierno español ha emprendido por el mundo en favor de la lengua catalana. Estoy casi seguro de que la moción de censura será votada solamente por Piqué y los suyos, y que los jueces hallarán la manera, perfectamente jurídica, de archivar la querella de Artur Mas. Pero ese final entra, naturalmente, dentro del cálculo y previsión de los autores de uno y otro documento. La finalidad de la moción de censura es que se discuta en el Parlament, con lo cual la oposición se sentirá desahogada y satisfecha. Poner al Gobierno y a quien lo preside como chupa de dómine en el foro político por medio de una moción de censura es un placer que las leyes escatiman, y que conviene aprovechar en las buenas ocasiones. Y ésta es, desde luego, una ocasión de oro. De los tribunales de justicia, como de las urnas de la democracia, nunca sabe uno lo que pueda salir. Pero en el caso de Convergencia siempre será mejor lo que salga que lo que hay dicho y publicado. Sobre todo porque el que calla otorga, y aquí, ni siquiera Rafael Vera ha confesado la remanguillé de los fondos reservados y decía que los sacaba del bolsillo del suegro ferretero. Lo que no deja de ser chusco es que un socialista, con la historia de trinques, manguis y convolutos que lleva a cuestas ese partido, publique acusaciones de corrupción. Apártate, que me tiznas, le dijo la sartén al cazo. C JUAN MANUEL DE PRADA Una encuesta como la que ahora acaba de publicarse no parece fruto de la socarronería estudiantil, sino más bien de una sobrecogedora capacidad para amoldarse a las circunstancias imperantes RADIOGRAFÍA JUVENIL A juventud, esa enfermedad afortunadamente pasajera de la que sin embargo nos gustaría convalecer de por vida, había sido tradicionalmente una edad con vocación de riesgo. El joven, asfixiado por el clima ambiental, convencido de que leyes y convenciones conspiraban contra él, se revolvía contra su época, o más concretamente contra las personas e instituciones que la encarnaban, y les lanzaba un escupitajo en mitad del entrecejo. Al joven le repugnaba chapotear en el mismo lodazal donde el resto de los mortales habían aparcado su docilidad; y escenificaba esa repugnancia con muestras de rebeldía quizá un tanto aspaventeras o enfáticas, pero en cualquier caso disolventes de ese légamo de ideas recibidas que embarraba a sus mayores. Así ocurría, al menos, en un pasado reciente; en la actualidad más bien parece que la juventud hubiera preferido renegar de su vocación de riesgo e instalarse en ese lodazal que aplaca o extingue los furores inconformistas. Una encuesta realizada entre estudiantes universitarios ofrece una radiografía juvenil que más bien parece un ejercicio de sumisión a los dictados de la ortodoxia. Anticiparé que descreo de las encuestas. Cuando alguien me ha asaltado con la intención de encuestarme, he mentido concienzudamente en cada una de las preguntas que me proponía; y me consta que otros hacen como yo, divertidos ante la posibilidad de trastornar los resultados del sondeo. Pero una encuesta como la que ahora acaba de publicarse no parece fruto de la socarronería estudiantil, sino más bien de una sobrecogedora capacidad para amoldarse a las circunstancias imperantes. Esta vocación acomodaticia alcanza cúspides enternecedoras cuando se pregunta a los encuestados cuál es la institución que más confianza les merece, a lo que contestan quizá un tanto ilusamente- -que la Universidad. La respuesta rebasa los estrictos L límites de la complacencia, para retozar por los jardines de la mansedumbre. Cuando yo estudié, la Universidad me pareció una tediosa expendeduría de apuntes; quizá en los últimos diez o doce años las cosas hayan mejorado, pero así y todo no acabo de entender las razones de tanto entusiasmo conformista. Pero donde la susodicha encuesta muestra más ferozmente la imagen de una juventud orgánica y genuflexa ante la ortodoxia es cuando puntúa con notable alto la eutanasia, el aborto o la adopción por homosexuales. Admitiendo que la encuesta está confeccionada con unos criterios más bien mentecatos (solicitar a un encuestado que puntúe del uno al diez asuntos que incorporan graves dilemas jurídicos y morales, como quien puntúa una paella o una aspirante a miss, se nos antoja, amén de una frivolidad, una reducción al absurdo) sorprende la adhesión de los encuestados a lo que podríamos denominar el ideario progre que es tanto como decir la doctrina hegemónica. Con esto no pretendo insinuar que la vocación de riesgo que caracteriza la juventud deba expresarse únicamente rechazando dicha doctrina imperante, pero uno esperaría al menos tropezarse con matizaciones y reparos. Pero quizá la misión de estas encuestas no sea otra, a la postre, que amputar la diversidad y el matiz, para hacer de la juventud un conglomerado amorfo. El totalitarismo siempre ha anhelado la inmersión del individuo en la masa, donde el pensamiento autónomo es suplantado por la adhesión a unos dogmas inatacables; nuestra época ha consagrado el totalitarismo de la estadística, que tritura el pensamiento libre y lo arroja al gazpacho de los porcentajes y las medias aritméticas. Esta encuesta, más que una radiografía juvenil, parece una declaración de lealtad a los principios del movimiento. Ahora ya estamos todos, jóvenes y viejos, chapoteando en el mismo lodazal de gregarismo.