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ABC SÁBADO 5 3 2005 La Tercera JOAQUÍN CALVO SOTELO: CIEN AÑOS O no sé lo que la vida habría hecho de Joaquín Calvo Sotelo si para él hubiera sido diferente; qué habría hecho de su yo y su circunstancia como diría la célebre y sabia máxima del gran pensador español del siglo XX: Ortega. Cuando le conocí- -hoy digo que me parece que ocurrió como hace siglos... Joaquín Calvo Sotelo acababa de sufrir una honda tragedia familiar. Eran días trágicos para todos los españoles. Nuestro país se quebraba, se desgarraba con un dolor difícilmente imaginable ahora. No me gusta nada recordar aquellos días porque fueron dolorosos para todos los que los vivieron, incluido yo mismo; pero no puedo evitarlo si pienso en él ahora, cuando se cumplen los cien años de su nacimiento. Porque fue entonces, en medio de la general tragedia que yo veía, sobrecogido, cuando se me apareció Joaquín por primera vez. A mi edad, que era corta, no me di bien cuenta de su juventud, cuando en realidad no me llevaba más que diecisiete años, que hoy me resulta que no son nada. Pero, joven y todo, sucedía que era ya un abogado del Estado y tenía una brillante personalidad que me impresionaba y alargaba más la distancia que yo sentía entre nosotros. Mas él no era hombre de distancias y pronto me concedió, generosamente, una amistad que ha durado hasta su muerte en 1993. Como acabo de decir, no me gusta; aún más, me acongoja el recuerdo de aquellos tiempos de común desgracia española, y prefiero terminar aquí con las imágenes que, viniendo de todos los lados de la tragedia, dañan todavía mi memoria. Diré solamente que en aquel rincón insólito en donde encontré a Joaquín Calvo Sotelo, él y muchas personas más, y yo mismo, vivimos apartados, recluidos y angustiados larga temporada, en una vida inmóvil que nos parecía interminable. Y allí es donde fui descubriendo al ser humano Joaquín Calvo Sotelo: unas veces serio, abstraído, como recogido en pensamientos que le herían; otras veces, repuesto, animoso, comunicativo y juvenil, como si no pasara nada a su alrededor, cuando tanto pasaba; allí fue, en fin, en donde empecé a conocer a aquel amigo mayor que lo mismo enmudecía, meditativo, que hablaba y reía y cantaba canciones que todavía recuerdo porque eran entre nostálgicas y alegres, como su alma galaica. Y aquí pongo punto final al recuerdo de nuestro encuentro, de aquellos días tremendos en que el destino nos estremeció a todos. Cuando le volví a ver, años después, ya estaba en la vocación que acaso llevaba oculta antes, en los tiempos en que para mí era un importante nuevo amigo en medio de la tor- Y Lo que sé es que donde le vi fue bajo el hechizo iluminado de los escenarios a los que asoman, en las ocasiones de triunfo, los autores teatrales, quienes, cuando la vocación es poderosa, integral, a veces se hacen, durante algunos ratos, también actores de sus propias obras menta. Le reencontré en otro mundo bien distinto, el de las letras, en el teatro. Ignoro si entre un tiempo y otro pudo producirse el cambio de aquel yo al que la vida transformó, si no de esencia sí de quehaceres. No sé tampoco si llegó algún día a volver a ejercer su profesión jurídica. Lo que sé es que donde le vi fue bajo el hechizo iluminado de los escenarios a los que asoman, en las ocasiones de triunfo, los autores teatrales, quienes, cuando la vocación es poderosa, integral, a veces se hacen, durante algunos ratos, también actores de sus propias obras. Siempre que veo, o leo o pienso en el teatro me vienen a la memoria las palabras profundas y hermosas que le oí en una conferencia, hace casi sesenta años, a don José Ortega y Gasset, acerca de la idea del teatro Decía, aproximadamente, el insigne filósofo español- -si no yerro en la cita- -que el tea- tro lo que es, fundamentalmente, es un edificio, un espacio acotado, dividido en sala y escena, en la pasividad de la sala y la actividad de la escena, y que en esa sala unos espectadores dejan que unos actores les hagan reír, llorar, pensar. Es un espacio mágico en el que, entre aquel fondo de la sala y el fondo del escenario, ocurre el hecho maravilloso de una recreación, de una transformación, de la aparición de una ultrarrealidad, que es lo que sucede en la escena en la que unos seres de hoy y de aquí reviven otros seres de ayer, o de mañana, o de allá, y nos hacen a todos convivir con ellos y sumirnos durante unas horas inolvidables en otra vida. Es a este suceso de la magia del teatro al que se entregó Joaquín, sobre todo, el resto de su vida. ¿Fue por buscar un mundo diferente, ideal, en el que revivieran seres humanos que nos hicieran reír o llorar o pensar; el espacio mágico que el autor crea en libertad y lo hace a su manera, interrumpiendo por unos instantes la circunstancia cotidiana de su yo Este poder de alzar en escena una criatura tan ideal pero tan humana que el actor se transmute en el personaje, y el espectador se conmueva, y ambos sientan que algo se remueve en sus almas, debió de atraer irresistiblemente a Joaquín Calvo Sotelo y hacer del abogado del estado algo más henchido de espíritu en vuelo, de sueño de una idea: autor de dramas y comedias Aquel hombre inteligente y sensible, herido del mal de las letras quizá para aliviar otras heridas, prefirió entrar en el espacio mágico en vez de quedarse en el espacio realista de la juridicidad. Con su pluma de autor en la mano, nada más. Estaba ya Joaquín muy gravemente enfermo cuando le fui a visitar. Fue la última vez que le vi en la vida. Me atreví a pedirle una cosa: que me dedicara un libro suyo que se titulaba, precisamente, La vida inmóvil (Escrito y publicado en 1939, para entenderlo bien habrá que tener en cuenta el tiempo y lugar de su escritura. De repente, apenado por mi egoísmo de ocasionarle posiblemente una molestia física en aquellos instantes tan duros para él, intenté torpemente aliviarle el trance y le dije: Joaquín, no escribas más que tu nombre Me miró con un resto de bondad e ironía y me dijo: Yo, con una pluma en la mano, escribo lo que quiero, no lo que me dicten Guardo su dedicatoria, trazada con una caligrafía ya vacilante pero con unas palabras entrañables, como un pequeño tesoro, testimonio de mi amistad con Joaquín Calvo Sotelo, quien hoy cumple cien años aún lozanos en nuestra memoria. ALFONSO DE LA SERNA