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ABC VIERNES 4 3 2005 Espectáculos 59 Kinsey Buena vida Delivery El sexo es el protagonista, pero... E. RODRÍGUEZ MARCHANTE Amor y churros F. M. B. Alfred Kinsey publica en 1948 un libro en el que vuelca sus años de investigación sobre las prácticas sexuales, intimidades y costumbres de miles de entrevistados, ciudadanos, gente normal. Se tituló La Conducta Sexual del Hombre y tuvo tal éxito que algunos consideran sus páginas como inductoras de la revolución sexual de mediados del siglo pasado que desembocó en el pasote de los setenta. Al director Bill Condon, que antes se había fijado en el cineasta James Whale para hacer la estupenda Dioses y monstruos le ha fascinado la personalidad de este hombre, que, tal y como lo pinta, resulta una mezcla de biólogo, científico despistado, caradura y un tronado importante. Así lo encarna además Liam Neeson, que le pone ganas (se cree, sin duda, su papel) y testosterona, aunque ni él ni ninguno de los que le rodean pueden evitar que la película permanezca estancada la mayor parte del tiempo. Y el caso es que el director opta por una planificación y una estructura muy movidas, por darle importancia a la investigación por compaginar el ritmo de las entrevistas con los conflictos personales que irán surgiendo entre el equipo, cuyos miembros tratan con un resultado nefasto de reproducir el ambiente sexualmente abierto que pregonan (Chris O Donnell, Timothy Hutton y Peter Sarsgaard componen es- Liam Neeson y Laura Linney Dirección: Bill Condon Intérpretes: Liam Neeson, Laura Linney, Chris O Donnell, Peter Sarsgaard Nacionalidad EE. UU. 2004 Duración: 118 minutos Calificación: te grupo que se queda suelto, desgranado de la historia) Pero, a pesar del ritmo, de los cambios de escenario, de tono, de humor, de gustos sexuales (se va y se viene en una completa lógica bisexual, como si tal cosa) la película no levanta nunca el vuelo. Y si no acaba estampada de narices contra el suelo es gracias a la simpatía de Laura Linney, que interpreta a su sacrificada esposa, a la antipatía del personaje de John Lithgow (el estrechísimo padre) y a alguna que otra escena inclasificable e insólita, como ésa en la que un psicópata sexual les cuenta sus aberraciones. En fin, tal vez este personaje haya hecho mucho por nosotros, pero su biopic no hace gran cosa por el cine. Y, aleluya, acabamos esto sin hacer ningún chiste tonto con el nombre del director. Dirección: Leonardo di Cesare Intérpretes: Nacho Toselli, Moro Anghileri, Óscar Núñez, Alicia Palmes Nacionalidad: Argentina, 2004 Duración: 94 minutos Calificación: Nacho Toselli es un mensajero de 24 años que se queda a cargo de la casa cuando el resto de la familia huye de la crisis rumbo a España. Entonces conoce a la chica de sus sueños y el pobre se limita a buscar lo que cualquier joven de su edad (o de cualquier otra) un poquito de por favor. ¿Cómo iba a saber que Moro Anghileri llegaría tan cargada de suplementos como el periódico del domingo? La forma en que su vida se convierte en un churro (literal) lo cuenta con sentido del humor y economía de medios Leonardo di Cesare, quien tuvo que rodar el filme a tirones mientras el país conocía hasta cinco presidentes, como quien conoce representantes en una convención. Desde luego, el trabajo del cineasta es mejor que el de cualquiera de los dirigentes. No sólo consigue amortiguar los efectos de tanta precariedad con el único bien inagotable del que dispone, el talento, sino que despoja a la cinta de lujos innecesarios y hasta de los tópicos del cine argentino más reciente. Como en muchas de las grandes comedias, el comportamiento del protagonista es casi razonable, lo que facilita además la identificación del espectador. Son las circunstancias- -eso que los cínicos llaman la vida- -las que lo llevan a una situación límite, allá donde cada decisión suma un nuevo error. El mensaje de la película no es, sin embargo, y pese a la profesión del protagonista, demasiado halagüeño, porque deja en su expresión más mínima la frontera entre la bondad y la memez. A este paso la vamos a derribar del todo. El escondite En ocasiones veo vivos FEDERICO MARÍN BELLÓN Hay dos tipos de películas de miedo: las que aguantan sucesivas revisiones y las que no soportan ni una, no ya por la ausencia de sorpresas, sino porque las trampas del guión son tan burdas que a la segunda quizás hagan gracia y a la tercera irritan al más templado. Ejemplos míticos del primer grupo son Psicosis que gana en cada pase, por muy bien que conozcamos la extrema delgadez de la madre de Norman Bates, y El sexto sentido cuyos engaños, legales provienen de su habilidad para sugerir lo que en realidad no dice. No es que El escondite sobre una niña que tiene un terrorífico amigo imaginario, sea el no va más de la fullería, pero abusa del conocido truco de dar gato por liebre. En todo caso, los aficionados a pasar miedo (a nadie le gusta pasar frío, que tiene casi los mismos síntomas) se llevarán su buena ración de sustos. Pese al citado e imperdonable defecto, Robert de Niro aún arrastra a multitud de admiradores- -si este hombre fuera político cualquiera sabe cuántas veces podría engañarnos- -y la parte femenina del reparto supera el notable. La niña Dakota Fanning, la hija lis- Robert de Niro Dirección: John Polson Intérpretes: Robert de Niro, Dakota Fanning, Famke Janssen, Elisabeth Shue, Amy Irving Nacionalidad: EE. UU. 2005 Duración: 101 minutos Calificación: ta de Sean Penn en Yo soy Sam sería la novia perfecta de Haley Joel Osment, el chaval que veía muertos, mientras que Famke Janssen y Elisa- beth Shue firman dos personajes escuetos, pero de degustación. El australiano John Polson, actor mediocre y ocasional guionista, consigue al menos que las triquiñuelas del inexperto autor de la trama, Ari Schlossberg, no canten demasiado hasta que el espectador rebobina el filme en su cabeza, con lo que cabe concluir que, cuanto menos se piense, mejor parecerá El escondite