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ABC VIERNES 4 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Lo que salga de los rescoldos del Windsor nos tiene intrigados. De una lengua de fuego lo mismo puede salir Luzbel que el Espíritu Santo LOS DOS ESPECTROS N CARLOS HERRERA Cuando un Maragall acosado y excesivamente influenciado por el comentario editorial de un periódico enchufa a la corriente las aspas de la catarsis, no parece tener en cuenta que los calentones en política se pagan no sólo rectificando EL VENTILADOR L problema que tienen los ventiladores a doscientos veinte es que dispersan las heces por todos los rincones del excusado- -cuando no del comedor- -y obligan a limpiar los rincones minuciosa y mimosamente con un paño inmaculado y absorbente que, casi siempre, resulta insuficiente a media tarea. O sea, que se mancha. Y se mancha la mano, y la cara, y apesta, y, como se seque, siempre se pega algo a la pared y venga a rascar y rascar y no hay manera. Así que el que lo enchufe debe saber que luego hay que arremangarse y hacer zafarrancho porque no sólo la porquería del otro es la que se expande, sino también la de uno mismo. Cuando un Maragall acosado y excesivamente influenciado por el comentario editorial de un periódico enchufa a la corriente las aspas de la catarsis, no parece tener en cuenta que los calentones en política se pagan no sólo rectificando: la multiplicación instantánea del golpe suele repercutir en todos los ámbitos y acaba transmitiéndose a territorios delicados. En este caso, a la opinión pública, que ha visto adelgazarse el, de por sí, enjuto y delgado hilo que une a la ciudadanía con el poder político. Lo que digo: es un precio caro, muy caro. Ahora, por delante, queda la capacidad de unos y de otros para la limpieza frenética o para el apaño. Veamos: si CiU se olvida con excesiva rapidez del asunto y decide aquello de pelillos a la mar, siempre habrá quien sospeche que tenía mucho que perder estirando el conflicto hasta el desgaste de su contrincante. Si, por el contrario, estira ese conflicto hasta el último suspiro, corre el peligro de que aparezca más de un afectado por la voracidad de algún outsider y deba pasarse el día explicando comportamientos propios y ajenos de casi veintitrés años en la gestión pública, y sabido es que en tanto tiempo algún marrón andará suelto con toda seguridad. Pero Maragall, desde su E propia e inestable inconsistencia, también puede salir profundamente tocado desde el momento en que su imagen queda, a efectos populares, reducida a la de un bocazas o a la de un encubridor: si el president sabía algo del 3 por ciento, debía haberlo puesto en conocimiento de los fiscales y no esperar un acaloramiento parlamentario para esgrimirlo contra su fustigador convergente; y si no lo sabía y simplemente se dejó llevar por la tentación del agravio gratuito, es que no pasa de ser un mediocre irresponsable. Luego, los demás aprovechan el viaje: ERC se aparta y esgrime sus recetas de terapia radical y el PP sugiere una moción de censura para ganar cuota de mercado. Todo es un merdé, un carajal, un despropósito. La sensata Cataluña en la que no era posible ni el grito ni el respingo, la Cataluña de palmerales políticamente soleados en la que nunca llueve más de lo necesario, la Cataluña que miraba a los bárbaros del más allá con un minúsculo gesto de displicencia, va y resulta que es mortal como los demás y, como los demás, tiene vello rizado en el pubis que creíamos níveo. Ha pasado una semana desde el exabrupto que ha sacado de contexto la España mediática (Montilla o Moriles, no sé) y, antes de calmarse, el ánimo se ha ido encendiendo por la falta de imaginación política para darle una salida al lío. La aparición de Pujol en carne mortal ante su pueblo para decir- -en castellano, curiosamente- -que se estaba rompiendo el país no ha resultado suficiente; será necesario un esfuerzo delicado e imaginativo para que la catalanidad de a pie recupere la confianza en una clase política a la que se le hunden los túneles y a la que le sobrevienen ataques de descrédito mutuo. Primero, que se aseguren de que el ventilador está desenchufado. Y luego, que se dispongan a escamondar, que hay mucha mierda suelta. www. carlosherrera. com O me encuentro en condiciones de asegurar que las dos figuras fantasmales que aparecen en una de las ventanas del edificio Windsor en pleno incendio pertenezcan a Jesús Caldera y a Pepiño Blanco. Bien es verdad que son varios los datos que conducen a esa hipótesis. La diferencia de altura entre las dos siluetas de ambos espectros trasladada a una dimensión real de los cuerpos arroja exactamente la diferencia de altura de los dos personajes zapateriles, zapateristas o zapatereños. Además, la más baja aparece claramente algo más tripuda y rechoncha que la otra. Clara coincidencia. Tercer dato. Por su apellido, Jesús Caldera es un sujeto habituado a tratar con fuego y a resistir altas temperaturas, y si, como apunta Lope de Vega y repite el inalcanzable Paco Umbral en una de fregar cayó caldera fuese caldera de fregar, el trato con el fuego sería diario, incluso varias veces diario, que aquí todos los días hay fregados, barridos y lavados, y de ahí que Pepiño exhiba siempre su Blanco. La identificación que hago de los dos fantasmas no es una afirmación segura, pero lo que ya parece claro es que las dos siluetas no tienen naturaleza de espectros, fantasmas, ectoplasmas, espíritus, reflejos o ilusiones ópticas. Se trata sin duda de dos seres aproximadamente humanos, con apariencia probable de maromos más que de jais, o sea, de ciudadanos más que de ciudadanas. Lo ha dicho la Policía, Policía Científica nada menos. Las sombras en la ventana del Windsor son de carne y hueso, y ahora lo único que falta es que les pongan nombre, apellido, sexo, profesión y domicilio y que el juez les pregunte qué hacían allí a aquellas horas con todo lo que estaba ardiendo, si atizar el fuego, rescatar documentos secretos o importantes o salvar unos fajos de billetes de la quema. Es decir, que los documentos pueden ser igualmente del Ministerio de Defensa que del Banco Central Europeo. También es posible que los dos visitantes que aparecieron en la ventana entraran al edificio ardiendo para adorar a Prometeo, aquel griego que robó el fuego, quizá por entretenerse, y hay que ver la que organizó en el Universo; en el Universo y en Madrid, que todavía sufre las consecuencias del incendio del Windsor. Por otra parte hay que tener en cuenta que los españoles somos desde antiguo muy amigos de jugar con fuego. En sus guerras, los iberos lanzaban contra los ejércitos enemigos manadas de toros con estopa encendida entre las astas. La Santa Inquisición quemaba vivos a los herejes. Las fallas valencianas son una exaltación del fuego. Por San Juan hay que encender hogueras. Con razón Falla compuso La danza del fuego Y nuestros izquierdistas de los años 30 empezaron la conquista del poder quemando los conventos, las iglesias y las imágenes. Hay que reconocer que estos izquierdistas de ahora han perdido personalidad: sólo quieren quemar las clases de Religión y el sentido tradicional del matrimonio. Lo que vaya a salir de los rescoldos del edificio Windsor nos tiene a todos intrigados. De una lengua de fuego lo mismo puede salir el puchero que la ceniza, Luzbel o el Espíritu Santo.