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ABC JUEVES 3 3 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Para terminar su histórica intervención en la Asamblea francesa, Zapatero propuso un programa muy nuevo en Francia: la fraternité ZAPATERO EN PARÍS D DARÍO VALCÁRCEL Telefónica ha cerrado el ejercicio 2004 con 30.000 millones de euros de ventas y 2.877 de beneficio. Vale 71.500 millones en bolsa. Las empresas multinacionales merecen respeto y apoyo en sus países de origen ¿MERECEMOS COMPAÑÍAS ASÍ? AS grandes empresas son actores en la política exterior de los países, también de las formaciones mayores, de la Unión Europea. Por eso abordamos este asunto, no fácil, en una columna habitualmente dedicada a la política exterior. España tiene algunas empresas multinacionales: dos grandes bancos, tres grandes eléctricas, Repsol, Cepsa, Mapfre, Gas Natural, El Corte Inglés, Agbar... Francia tiene 50, Alemania 60, pero España tiene 12 ó 15 verdaderas multinacionales. Telefónica es la primera de ellas. Acaba de hacer públicos sus resultados de 2004. El rostro y el centro de la compañía, César Alierta, la ha convertido en un gran instrumento de los intereses españoles: Alierta es lo opuesto a las relaciones públicas, un aragonés al que es difícil entender, tragador de palabras, uno de los más capaces de Europa, diez veces Thierry Breton. España necesita grupos multinacionales, locomotoras capaces de provocar la internacionalización de empresas menores. Las grandes sociedades europeas del sector (France Télécom, Deutsche Telekom, Telecom Italia, Portugal Telecom) reciben el apoyo de sus ciudadanos, de sus sociedades civiles. Telefónica lo necesita cuando aborda un período de crecimiento exterior. La compañía ha facturado más de 30.000 millones de euros en 2004, cinco billones de antiguas pesetas. Por valor de capitalización en bolsa ocupa el tercer puesto del sector en el mundo, detrás de Verizon y Vodafone, 71.500 millones de euros. Tres datos deben subrayarse: casi la mitad de la facturación se hace fuera de España sobre todo en Brasil, México, Chile, Marruecos, Alemania, quizá mañana en la República Checa, Turquía, China... Segundo, la compañía es, hoy, sólida. Su valor en bolsa triplica con creces su deuda, 71.500 millones frente a 20.900. Tercero, el potencial de crecimiento puede duplicar en los L próximos seis años los 120 millones de clientes. La solidez depende en buena parte de César Alierta y del equipo: Luis Lada, Julio Linares, Antonio Viana, José María Álvarez Pallete... un grupo capaz de eliminar amenazas de riesgo en un mundo de mortífera competencia. España debe proteger a sus escasos grupos multinacionales. Hoy son una base de partida. Han tenido el talento de implantarse en América y en el norte de África; han sabido generar proporciones del PIB en México, en Brasil, en Chile, Argentina, Perú... El lunes Alierta explicaba a sus accionistas el proyecto de convertir la compañía, hacia 2010, en el primer grupo integrado de telecomunicaciones, con una capacidad creciente de distribución de riqueza en los países en los que opera. Hemos descrito alguna vez el potencial de esas compañías globales, motores de la innovación, dentro y fuera de España. ¿Por qué no imaginar el otro lado del espejo? Pensemos en la no existencia de Telefónica. Imaginemos que el esfuerzo de 10, 50, 80 años se diluyera. Pensemos en una Telefónica incapaz de implantarse como compañía fiable. Imaginemos que los bancos españoles no hubieran sabido cruzar las fronteras, que las compañías de punta (Indra, responsable del cómputo electrónico en elecciones americanas) no hubieran llegado a puerto. Pero no ha sido así: esas empresas son hoy una parte esencial de la presencia global de España, un país de la Unión Europea dedicado a trabajar en las grandes, muy grandes cifras. Cuando un estado como Brasil alcanza 60 millones de clientes en sus telecomunicaciones, emprende una vía de salvación. Una teoría aplicable a la banca, la electricidad, el gas, el tráfico aeroportuario... La sociedad posmoderna busca millones de pequeños clientes, verdadera fuente de estabilidad y de crecimiento. ICEN que en París, Asamblea Nacional francesa, toma nísperos, aplaudieron a Zapatero tanto los conservadores como la mitad de los socialistas. O sea, que el Zapaterito quedó muy bien con los franceses, y al mismo tiempo que entonaba el canto a la Francia del francés, alabó la grandeza de la España del catalán, del gallego y del euskera, que siempre viene bien templar gaitas con las nacionalidades. París, capital de Europa. Allá iban en los tiempos tenebrosos del franquismo las que tienen que servir Laurita Valenzuela, por ejemplo, se pasó allí un buen rato de celuloide. Fue una lástima que a Zapatero se le olvidara hacer el elogio del burdeos, como hizo Moratinos, que a lo mejor el presi prefiere el Vega Sicilia de la ribera del Duero porque es de Valladolid y no de León como se dice; y del apio al queso de Roquefort, que es casi tan bueno como el Gorgonzola; y de los milagros del agua de Lourdes, que no todo va a ser vino; y de Las flores del mal de Baudelaire El demonio se agita a mi lado sin cesar un demonio americano que se llama George Bush) y de la capitulación en Bailén del general Castaños, que los gabachos tienen la victoria escrita en el Arco del Triunfo; y del reinado feliz de Pepe Botella. Nada dijo Zapatero de su admiración, como la del famoso portugués, por el hecho prodigioso de que todos los niños de Francia sepan hablar francés, o de que nuestro Ruiz de Alarcón, corcovado por detrás y por delante Corcovilla le llamaba Quevedo) plagiara descaradamente en La verdad sospechosa la obra de Corneille Le menteur Bueno, pues no dijo nada de eso, pero dijo tantas otras excelencias de Francia y de los franceses, de Europa y el europeísmo, que se le rindieron sus adversarios políticos y, como digo, la mitad de sus correligionarios, que ya se sabe que en política siempre hay que seguir el consejo de Pío Cabanillas y gritar: ¡Al suelo, al suelo! que vienen los nuestros Dicen que algunos socialistas ilustres salieron discretamente antes de finalizar la oración panegírica. Otros se quedaron para hacer preguntas después del discurso. Le preguntaron, como es natural, por sus problemas y tribulaciones como presidente del Gobierno español, en especial por el mal asunto de Cataluña y los tropezones políticos. Zapatero respondió a todas esas preguntas envenenadas muy discretamente y con las palabras metafóricas del que sufre una inundación: Las aguas volverán a su cauce A su cauce volvieron hasta las aguas del Diluvio Universal. Además, como alguien le dijo a Noé cuando le vio fabricando el arca: No te molestes, que van a ser cuatro gotas En la Asamblea Nacional francesa sólo han hablado dos españoles: el Rey Juan Carlos, a quien se le reconocieron sus méritos para traer la democracia a España, y ahora este Zapatero, que le ha dado los últimos toques al grandioso edificio de Europa. ¿Qué sería de Europa sin Zapatero? Ni un solo europeísta le llega a Zapatero a la suela del zapato. Para terminar su histórica intervención, el prodigioso estadista hispano propuso un programa pleno de originalidad y perfectamente nuevo en Francia: la fraternité. ¡Europa por Zapatero!