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30 Internacional BALANCE DE LA GIRA EUROPEA DE BUSH MARTES 1 3 2005 ABC VALORES TRANSATLÁNTICOS JOSÉ MARÍA LASALLE. Diputado y miembro del Comité Ejecutivo del Partido Popular a visita del Presidente Bush a Europa ha recuperado la actualidad de la relación trasatlántica. El mundo que se abre ante nosotros entrado el siglo XXI exige de los EE. UU. y Europa una relación fluida e intensa. El desencuentro de hace dos años no puede volver a producirse. Sería una gravísima irresponsabilidad si Occidente quiere llegar a materializarse como un proyecto creíble. La amenaza planteada por el totalitarismo islamista sigue ahí, agazapada, a la espera de que la autocomplacencia de las sociedades abiertas relaje la alerta que debe mantenernos pendientes de la hipótesis de un nuevo e inesperado golpe terrorista. La crisis de Irak fue un desencuentro trasatlántico inédito y absurdo. Fueron muchos los errores que se cometieron. El mayor de ellos comprometer la propia comunidad de valores que había hecho posible la victoria de Occidente en 1989 con el derribo del Muro berlinés. Es indudable que faltó flexibilidad por ambas partes. Se tensó demasiado la cuerda, se forzaron las cosas y no hubo aquella empatía recíproca que Raymond Aron había defendido hasta la saciedad durante los difíciles años de la Guerra Fría. EE. UU. no se puso en el pellejo de Francia y L Alemania, y éstos no comprendieron al amigo norteamericano. Jugaron intereses de parte y fracasó el interés común. A un lado y otro del desencuentro se desdibujó la medida. La hybris sustituyó la moderación y la búsqueda de entendimiento y, al final, el orgullo herido precipitó las cosas, sentimentalizando el escenario trasatlántico y olvidando que quienes se beneficiaban por la ruptura abrupta que se estaba produciendo eran los enemigos de la libertad y, sobre todo, la despreciable tiranía de Sadam Husein. Los EE. UU. han vuelto a dar una lección de pragmatismo y superioridad institucional a la vieja Europa. Lo han hecho responsablemente, como la superpotencia progresista e ilustrada que son desde que su arquitectura constitucional quedó en manos de teóricos de la talla de Jefferson, Franklin o Madison. De hecho, su empirismo metodológico ha propiciado que sacaran sus conclusiones y han tendido la mano conscientes de que su liderazgo occidental no está reñido con el diálogo hacia una Europa que no puede ceder a la tentación finlandizadora que algunos quisieran reeditar a escala continental iniciado el nuevo siglo. Quienes veían en los EE. UU. un reducto milenarista se han equivocado. Es más, aquellos que describían- -y describen, aunque ahora con la boca pequeña- -a la Administración republicana como un entramado de analistas inflexibles y rigoristas tendrán que reconocer, a su vez, que erraron en sus juicios llevados por el ruido del contexto y la furia de las circunstancias. Los EE. UU. no son víctimas de ninguna tendencia integrista, a pesar de que la complejidad consustancial que sustenta su naturaleza post- industrial y post- moderna hace posible que aloje en su seno manifestaciones culturales y religiosas que a muchos nos producen cierto desasosiego y malestar. Con todo, la grandeza metafísica que alimenta su espíritu permanente de libertad e igualitarismo hace que no pueda anquilosarse en discursos regresivos. Su fortaleza radica en la constatación permanente de su debilidad. Por eso mismo, su fe en la perfectibilidad humana y su deseo de mejorar y progresar institucionalmente hacen posible que los EE. UU. avancen a pesar de sus errores; algunos- -es cier- Bueno sería que la vieja y orgullosa Europa aprendiera de la plasticidad mutante de los EE. UU. y, sobre todo, de su fertilidad regeneradora to- -tan lamentables como la situación generada en Guantánamo tras el ominoso 11- S o las intolerables afrentas a la dignidad humana perpetradas en las cárceles iraquíes. Bueno sería que la vieja y orgullosa Europa aprendiera de la plasticidad mutante de los EE. UU. y, sobre todo, de su fertilidad regeneradora. Bastaría ver la judeofobía o el nacionalismo identitario que se abren camino en la conciencia de algunos europeos para comprender que nuestro continente no es capaz de superar la llamada ancestral de sus fantasmas. De hecho, la vieja fórmula de las Coéforas de Esquilo de que los muertos mandan sobre los vivos sigue operando mórbidamente con demasiado magnetismo sobre nuestra conciencia autoculpable y lastrando esa voluntad refundadora que trata de poner en marcha el continente europeo con su flamante Tratado Constitucional. En este sentido, si Europa no quiere correr la suerte de aquellas viejas repúblicas italianas que fenecieron lentamente entregándose al esteticismo aristocrático de vivir de las rentas de su pasado tras el cierre del Levante mediterráneo producido con la caída de Constantinopla, es forzoso que mire hacia el Nuevo Mundo americano. Y debe hacerlo ya. No puede dejar que transcurra el tiempo. La emergencia del Pacífico como un océano de prosperidad y bienestar exige de Europa un esfuerzo ambicioso y decidido. El cultivo de la tesis descrita por Evelyn