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ABC DOMINGO 27 2 2005 Cultura 71 ÓPERA La mano feliz Libreto y música: Arnold Schoenberg. Intérpretes: Orquesta y Coro de la Radio de Berlín. Dirección: Michael Gielen. Lugar: Palau de la Música, Valencia. CLÁSICA Liceo de Cámara Obras: Luigi Boccherini: Quintetos con guitarra William Walton: Cinco bagatelas José María Sánchez Verdú: Arquitecturas de la memoria (estreno) Int. Cuarteto Belcea. Lugar: Auditorio Nacional. 24- II- 05 SCHOENBERG EN VALENCIA PABLO MELÉNDEZ- HADDAD ESPAÑOLEANDO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE l Palau de la Música de Valencia en la segunda entrega de su Proyecto Schoenberg ha propuesto el estreno en España de Die glückliche Hand La mano feliz un drama con música en un acto escrita en 1913 por Arnold Schoenberg y estrenada en la Volksoper vienesa en 1924. Concebida para barítono, coro- -con doce solistas- -y gran orquesta, plantea la lucha del sentido común que dicta la conciencia ante el deseo, con una acción simbólica en la que hay sitio tanto para teorizar con psicología como con lo diabólico que hay en el capitalismo. La historia tiene algo de autobiográfico, ya que Schoenberg la compuso después de que su mujer le dejara por un señor elegante vestido a la moda como él mismo afirmara cuando su primera mujer (hermana de Zemlinsky) lo abandonó por un pintor que más tarde acabaría suicidándose. Repleta de atmósferas, la música pierde gran parte de su sentido fuera del contexto escénico, ya que pinta una sucesión de ilusiones dramáticas cargadas de espíritu expresionista, con tintes que recuerdan escenas de obras como Lulú de Alban Berg, y por eso ha sido una lástima no conocer esta obra en forma escenificada; el compositor incluso participó activamente en el montaje del estreno, en cuya partitura se apunta un crescendo lumínico que se corresponde con un crescendo musical. La timbrada y seductora voz de Hanno Müller- Brachmann le ganó al poderoso aparato orquestal de la obra, muy bien apoyado por un coro entregado y por esos doce solistas de excepción, en una lectura admirable por lo dramáticamente efectiva del ya mítico Michael Gielen. El concierto comenzó con una extrovertida visión del Preludio de Parsifal de Wagner- -con unas cuerdas sublimes- preámbulo de una serie de obras breves de Schoenberg que comenzarían con la postromántica Paz en la tierra, Op. 13 a la que seguiría la rupturista El sobreviviente de Varsovia, Op. 46 En la segunda parte se interpretó con nervio y espléndida transparencia- -detalle que se agradece en esta compleja partitura- -la tercera escena del segundo acto de la ópera Moses und Aron siempre con una orquesta y coros absolutamente en su punto. E H Ramón Barea y Concha Milla en una escena de La tempestad en el Albéniz ABC TEATRO La tempestad Autor: William Shakespeare. Versión y dirección: Helena Pimenta. Escenografía y vestuario: José Tomé. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Intérpretes: Ramón Barea, Álex Angulo, Vicente Díez, Jesús Berenguer, Concha Milla, Pietro Olivera, Jorge Basanta, Jacobo Dicenta, José Tomé, Mikel Losada y Fernando Ustarroz. Lugar: Teatro Albéniz. Madrid. LA VIDA DE LAS MARIONETAS JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN asi al final de su producción- -al parecer escribió sólo otras tres obras más: Enrique VIII Dos nobles de la misma sangre y la desaparecida Cardenio Shakespeare culminó La tempestad fechada en 1611, una gran comedia que como El sueño de una noche de verano incluye en su trama elementos mágicos y seres sobrenaturales. La tempestad es una suerte de compendio de los asuntos que lo han obsesionado, sus fantasmas motivadores, y su saber escénico, que aparece aquí impregnado de melancólico estoicismo y de cierto descreimiento por lo que respecta a las virtudes del poder. El autor mezcla desenvueltamente, y parece divertirse en el empeño, una trama aventurera robinsoniana, intrigas políticas, una historia de apasionamiento juvenil, la pugna filosófica entre naturaleza y razón, escenas de arrolladora comicidad, sortilegios fáusticos, un plan de venganza que concluye en redención y una decidida apuesta por la libertad. Una isla como la habitada por el despojado Próspero convertido en maestro de saberes ocultos y su hija es un escenario perfecto para abrir ese paréntesis mágico en el que el viejo du- C que de Milán ve llegada la hora de su revancha sobre los que lo ultrajaron y condenaron a una muerte casi segura, de no haber llegado providencialmente a ese no lugar en medio de la nada inhóspita representada por el océano infinito. Una isla donde los destinos humanos y los de las criaturas del aire se entrecruzan dirigidos como si se trataran de marionetas por el mago, que culmina su plan con un emocionante acto de despojamiento y renuncia que no hace sino convertirse en reflejo de su poder. Helena Pimenta ha realizado una versión ágil y sucinta, muy plástica, complementada por un brillante ejercicio de dirección que incorpora referencias contemporáneas- -una pantalla, el vestuario, fumigadores... -y que da cuerpo a los servidores sobrenaturales de Próspero convirtiéndolos en operarios uniformados y con mascarilla que se ocupan de diversos elementos escénicos. Un trabajo equilibrado, al servicio del texto y al tiempo atrevido, desinhibido, fresco, sobre la escenografía abierta y limpia que firma José Tomé e ilumina muy bien Miguel Ángel Camacho. Ramón Barea es un espléndido Próspero meditativo, profundamente humano, que encuentra su justificación en la tolerancia cuando decide elegir la virtud antes que la venganza y que borda la espléndida escena final en la que libera a Ariel y solicita el perdón para él y para todos. Vicente Díez y Álex Angulo componen una formidable pareja cómica de entrañables y tontorrones pícaros, Jorge Basanta es un Ariel de ajustada presencia volátil que encuentra su contrapeso en el semihumano y monstruoso Calibán de Pietro Olivera; y Concha Milla aporta los matices de vehemencia y delicadeza que exige su inocente Miranda. Junto el resto del reparto completan una de las más interesantes apuestas shakespearianas de las últimas temporadas. ay ciclos que han conquistado el sello de la calidad. El Liceo de Cámara (y es insistir en la idea) lo ha logrado. Tiene un público fiel y entregado que se ha ganado desde el escenario mediante la fórmula de la excelencia. El Cuarteto Tokio, Borodin, Alban Berg, Emerson el Trío Bellas Artes... forman una lista de notables del género que son habituales en su programación. Se incorpora ahora uno de los puntales de la nueva generación: el Cuarteto Belcea. Se ha presentado, por primera vez, en el Liceo de Cámara, aunque lo hiciera en Madrid el pasado año, de la mano del Ciclo de Cámara y Polifonía donde actuó en seis ocasiones como cuarteto invitado. Entonces pasó de puntillas; se le atendió con relativo entusiasmo. Tiene su explicación: este ciclo, a diferencia del Liceo, agoniza por la herida de un pasado maltrecho. El caso es que el Belcea ha actuado en el Liceo de Cámara con un programa de esencias españolas. Se escucharon dos quintetos con guitarra de Boccherini ofrecidos en versiones de peso, armados, algo tensos en el acento y dignos de incipientes turbulencias románticas que en algo separan nuestros oídos de ese vuelo grácil y juguetero con el que se dibuja la expansión disfrutona de la borbónica Corte madrileña de finales del XVIII. Estuvo con ellos Manuel Barrueco, guitarrista que sólo por la calidad de su sonido, la rectitud en la medida y el rigor del concepto merece un lugar muy destacado entre los intérpretes de su instrumento. Pivotaba el programa sobre el estreno del séptimo cuarteto de cuerda de José María Sánchez Verdú (1968) obra encargo del Liceo de Cámara de la Fundación Caja Madrid. Arquitecturas de la memoria atiende, aunque sea de forma callada, a las Confesiones de San Agustín (la obra admite el añadido de recitación y hasta de una proyección alusiva) pero Sánchez Verdú aboga por asumir la labor de fino amanuense y proponer trazos esencialmente esteticistas. Latidos, respiraciones, suspiros, sonidos sordos, profundos se ordenan en un principio enormemente sugerente, digno de un oído refinadísimo, antes de que la obra se alargue en un suceder de gestos que a la postre acumulan trazos. Sánchez Verdú viene a adornar la idea de fondo, a revestirla con música. Personal, distinta y, esencialmente, simbólica.