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30 Internacional DOMINGO 27 2 2005 ABC Estados Unidos y China son ya dos gigantes fusionados por la cadera de la globalización, pero enfrentados por un volátil memorial de agravios y rivalidades El águila americana contra el dragón chino TEXTO: PEDRO RODRÍGUEZ, CORRESPONSAL. FOTO: AP WASHINGTON. Al comienzo del siglo XXI, hay muy pocas relaciones bilaterales en el mundo con tanto potencial para el desencuentro, tanto interés recíproco y tanta trascendencia multilateral como el vínculo entre Estados Unidos y China. Dos gigantes fusionados por la cadera de la globalización pero enfrentados por un volátil memorial de agravios que abarca desde Taiwán a desequilibrios comerciales, pasando por cuestiones militares o el respeto a los derechos humanos. La historia de estas relaciones- -con un péndulo de alianzas coyunturales y crisis periódicas- -refleja tanto la singladura de imperio a dictadura comunista en China como la evolución de EE. UU. con el inicio de su presencia global a fines del siglo XIX hasta el entendimiento orquestado por Richard Nixon en 1972, aprovechando el desdén hacia Moscú compartido por Pekín y Washington. Pero el colapso de la Unión Soviética y el final de la Guerra Fría eliminó también ese incentivo compartido para el entendimiento. Tras el retroceso forzado por la debacle de Tiananmen en 1989, la Administración Clinton intentó forjar una alianza estratégica con China. Romance que terminaría abruptamente con el accidental bombardeo de la Embajada china en Belgrado durante la intervención de la OTAN en Kosovo. A pesar de la decisiva incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en diciembre del 2001, el potencial para el conflicto se ha mantenido e incluso aumentado con la Administración Bush. En términos económicos, China puede arrebatar a EE. UU. en un plazo de veinte a cuarenta años todo el prestigio y poder asociados con ser la mayor economía del mundo. Con una tasa de crecimiento estimada de un 9,2 por ciento el año pasado, China ha crecido a un promedio del 8 por ciento anual durante el último cuarto de siglo. En comparación con el 3 por ciento de EE. UU. durante los últimos veinticinco años. Cifras que hacen pensar en China no como un país en desarrollo sino como una superpotencia emergente, capaz de adquirir negocios como los ordenadores personales de IBM. Grandes frentes Dentro de esta competencia, la disparidad comercial supone un destacado frente de tensiones. En el 2004, el déficit comercial de EE. UU. con China llegó a los 162.000 millones de dólares, un treinta por ciento más que el año anterior y con posibilidad de duplicarse durante el próximo trienio. Desequilibrio en buena parte explicable por los mínimos costes laborales del país más poblado de la Tierra, las dificultades para hacer negocios en China, su piratería intelectual y la infravaloración del yuan. Una baja cotización que algunos sectores de EE. UU. pese a la bajada del dólar, describen como un subsidio del 40 por ciento para las exportaciones chinas. Mientras que China recuerda que gracias a sus inversiones en deuda pública de Estados Unidos, la Administración Bush puede permitirse sus actuales alegrías fiscales. De hecho, China figura entre los países con mayores reservas de la divisa estadounidenses, estimadas en 600.000 millones de dólares. De todo este pulso comparativo, los servicios de Inteligencia de EE. UU. han empezado a tomar buena nota. El think- tank de los espías estadounidenses, el Consejo Nacional de Inteligencia, ha pronosticado recientemente que para 2020, el centro de gravedad geoestratégico del mundo empezará a desplazarse hacia Asia, especialmente hacia China cuya economía para entonces se habrá convertido en la segunda del mundo al superar a la de Japón. El director de la CIA, Porter Goss, también advertía este mes sobre cómo la modernización militar acometida por China está alterando el balance de poder en el estrecho de Taiwán e incre-