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28 Internacional DOMINGO 27 2 2005 ABC HENRY A. KISSINGER LA DIPLOMACIA Y LAS ARMAS NUCLEARES DE IRÁN i el primer mandato del presidente George W. Bush estuvo dominado por la guerra contra el terrorismo, el segundo se ocupará del esfuerzo por evitar la proliferación de armas nucleares. Este reto es más ambiguo y complejo que el primero. ¿Nos oponemos a la proliferación de armas nucleares debido a las características peligrosas de los países- -Irán y Corea del Norte- -que más han avanzado hacia la adquisición de armas nucleares? ¿O se trata de una oposición genérica que se extiende a países plenamente democráticos? ¿En qué medida estamos dispuestos a resistir la proliferación? ¿Y es posible que un solo país, por muy poderoso que sea, se convierta en el único guardián de la tarea de impedir la proliferación de armas nucleares? Y, si no está solo, ¿con qué combinación de potencias debería actuar Estados Unidos? Irán plantea la complejidad de estas cuestiones con particular urgencia. Corea del Norte es un país aislado que no contribuye significativamente a la economía de ningún otro; supondría, en todo caso, un drenaje para cualquier aliado que intentara sostener su frágil y opresiva economía. Los vecinos de Corea del Norte- -con la posible excepción de Corea del Sur- -están de acuerdo en que una Corea del Norte nuclear supone un riesgo grande y quizá inaceptable para la seguridad. Irán, en cambio, es un gran productor de petróleo, con una población en aumento, diversa y preparada, y un potencial industrial serio. Se prevé que en 2050 su población superará a la de Rusia. A varios grandes países les interesa mantener buenas relaciones con Irán por razones económicas; algunos temen su potencial terrorista y su demostrada inclemencia. Entre sus vecinos inmediatos se incluyen varios países que reciben con agrado el aumento del riesgo que un Irán nuclear supone para otros países, especialmente para Estados Unidos. El optimismo respecto a los avances en la eliminación de la capacidad nuclear militar de Corea del Norte se puede basar en las posibles presiones de países vecinos de los que depende económicamente. El caso de Irán es más complejo. A medida que este complicado asunto se convierte en el centro de la diplomacia internacional, es importante aclarar la estrategia en la que debe basarse la política. Durante la Guerra Fría, todos los principales actores que podrían tener que decidir sobre la cuestión de la guerra nuclear se enfrentaban al terrible dilema de que dicha decisión podría suponer decenas de millones de bajas, pero por otro lado, una voluntad demostrada de aceptar el riesgo- -al menos hasta cierto punto- -era necesaria para que el mundo no cayera en manos de totalitarios despiadados. Todos los gobiernos de la Guerra Fría navegaban entre estas aguas poco pro- S fundas. La disuasión funcionó porque en el mundo sólo había dos actores principales. Cada uno hacía evaluaciones comparables del peligro que le supondría el uso de armas nucleares. Pero a medida que las armas nucleares se extienden a más manos, el cálculo de la disuasión se vuelve cada vez más efímero y la disuasión cada vez menos fiable. Cada vez resulta más difícil decidir quién está disuadiendo a quién y mediante qué cálculos. Aun cuando supongamos que los países aspirantes a convertirse en potencias nucleares hagan los mismos cálculos de supervivencia que las ya establecidas con respecto al inicio de las hostilidades- -una idea extremadamente dudosa- -los nuevos establecimientos de armas nucleares pueden usarse como escudo para impedir la resistencia, especialmente por parte de Estados Unidos, a los asaltos terroristas contra el orden internacional. Por último, la experiencia con la red privada de proliferación debida a la amistad entre Pakistán y Corea del Norte y entre Libia e Irán, demuestra las enormes consecuencias que para el orden internacional tiene la proliferación de las armas nucleares aun cuando el país que las posee no cumpla los criterios formales de Estado rebelde. Mohamed Jatamí, presidente de Irán, durante un desfile militar en gran medida, defensivas. En su opinión, derivan de su situación geográfica, rodeado como está por vecinos o casi vecinos nucleares: India, Pakistán, Rusia e Israel. Creen que el impulso nuclear de Irán se puede suavizar, quizá incluso frenar por completo, mediante la diplomacia conciliadora. Muchos de ellos ven en las conversaciones con Irán una reproducción del asunto que en su opinión subyacía tras el debate sobre Irak: el sistema europeo de relaciones internacionales mediante la ley y las instituciones multilaterales, frente a la supuesta propensión de Estados Unidos a usar la fuerza. De hecho, el supuesto conflicto entre conciliación y presión es tan irreal como habitual. La diplomacia supone demostrar al otro bando las consecuencias de sus acciones y las ventajas de las alternativas. Por muy elegantemente que se formule, la diplomacia implica, por su propia naturaleza, un elemento y una capacidad de presión. Un motivo por el que los negociadores europeos han avanzado algo con Irán en la cuestión nuclear es la amenaza implícita de las acciones que Estados Unidos podría tomar en caso de que se llegara a un punto muerto. La cuestión clave entre Estados Unidos y Europa no debería ser la necesidad de ejercer presión si falla la diplomacia, sino definir dicha presión, el momento adecuado, y precisamente mediante qué proceso se pretende que dicha presión conduzca hacia un Irán no nuclear. Ése es el contexto en el que hay que evaluar la propuesta de que el cambio de régimen es la garantía más fiable, quizá la única, para la desnuclearización de Irán, y la importancia que pueda tener el objetivo de desnuclearizar Irán. La posibilidad de fomentar un cambio de régimen como solución a la proliferación de armas nucleares en Irán exige responder a preguntas como las siguientes: ¿qué proceso específico de cambio se prevé? ¿Cuál es el mejor cálculo del tiempo que requeriría dicho empeño? Si es más tiempo del que Irán necesita para adquirir armas nucleares, quizá no sea lo más adecuado para solucionar el problema. En resumen, ¿es el marco temporal del cambio de régimen compatible con los imperativos de desnuclearizar Irán? Las respuestas a estas preguntas no deberían basarse en impresiones, sino en un análisis formal y sistemático, que ofrezca opiniones opuestas, para que los políticos puedan juzgar toda la dialéctica de las pruebas disponibles. Si el gobierno mantiene su política declarada de fomentar la iniciativa europea, se verá obligado a reconocer que dicho proceso no puede superar cierto punto sin la participación estadounidense. Para avanzar, será necesario el compromiso por parte de los aliados europeos de ejercer diversas presiones en caso de que las negociaciones fracasen, y la elaboración de criterios ligados a un calendario por el cual se pueda medir el progreso. La secretaria de Estado Condoleezza Rice ha señalado acertadamente diversos aspectos de la política iraní que impiden las negociaciones con Estados Unidos, especialmente el apoyo a grupos terroristas como Hamás y Hizbolá, y las acciones diseñadas para impedir la consolidación de una estructura política en Irak. Teherán tendrá que mostrar su disposición a modificar estas empresas peligrosas antes de que Estados Unidos pueda participar significativamente en el proceso negociador ahora dirigido por tres países europeos. sta apertura no tendría por qué- -de hecho, no debería, en esta fase- -adoptar la forma de diálogo bilateral entre Washington y Teherán. Un marco similar al foro a seis partes establecido en Pekín para solucionar el problema nuclear de Corea del Norte serviría para aclarar a Teherán, Londres, París y Berlín la gama de opciones que Estados Unidos puede respaldar o en las que debe insistir y esforzarse para establecer una política coordinada sobre esa base. El objetivo estadounidense de la conveniencia de cambio de régimen en Irán no se ve afectado por dicha decisión táctica; debe, en cualquier caso, intentarse en primer término por el propio interés iraní. P or todas estas razones, lo que hay que evitar es el hecho de la proliferación, no su proveniencia. La odiosidad de un régimen que emprende la proliferación complica el problema y proporciona la sensación de urgencia, pero en este análisis, no es el factor decisivo. Deberíamos oponernos a la proliferación nuclear incluso en caso de que Irán fuera democrático. Esta realidad queda a menudo oscurecida por dos consideraciones esencialmente periféricas: los países que deciden producir armas nucleares presentan invariablemente sus esfuerzos como objetivos a los que tienen todo el derecho a aspirar, tales como la participación en los usos pacíficos de la energía nuclear o aumentar su generación de electricidad. En el caso de Irán, se trata claramente de un pretexto. Siendo un gran productor de petróleo, la energía nuclear supone un uso despilfarrador de los recursos. Lo que busca realmente es un escudo para disuadir la intervención de extranjeros en su política exterior ideológica. Ésta es la principal razón por la que será difícil elaborar un paquete de incentivos materiales que fomenten la desnuclearización de Irán. Porque la mayoría de los incentivos predecibles aumentan de una manera u otra la dependencia de Irán respecto a los países contra los que se dirige verdaderamente la acumulación y probablemente aumenten la capacidad de Irán para amenazarlos por otros medios. Al mismo tiempo, varios aliados europeos consideran las ambiciones nucleares de Irán, al menos en parte, y tal vez E Un motivo por el que los negociadores europeos han avanzado algo con Teherán es la amenaza implícita de las acciones que EE. UU. podría tomar