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ABC SÁBADO 26 2 2005 Cultura 59 TEATRO El graduado Autor: Terry Johnson, a partir de una novela de Charles Webb y una película de Mike Nichols. Versión: Juan Cavestany. Dirección: Andrés Lima. Escenografía y vestuario: Rob Howell. Iluminación: Hugh Vanstone. Música: Paul Simon, interpretada por Simon Garfunkel. Intérpretes: Juan Díaz, Ángela Molina, Olivia Molina, Chema de Miguel, Lola Casamayor y Alfonso Torregrosa, entre otros. Lugar: Teatro Coliseum. Madrid. EN BRAZOS DE LA MUJER MADURA JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN rimero fue la novela de Charles Webb, convertida en guión por Calder Willingham y Buck Henry y llevada a la pantalla en 1967 por Mike Nichols, que había debutado en la dirección un año antes con la adaptación de la obra de Edward Albee ¿Quién teme a Virginia Wolf? Por su segunda película obtuvo el Oscar al mejor director. Con esos elementos, novela y película, Terry Johnson elaboró una obra teatral en el año 2000 que ahora se estrena en España con una curiosa y oportuna advertencia al comienzo de la función: una voz en off avisa de que la acción transcurre en la década de los 60 del pasado siglo, cuando aún quedaban más de veinte años para la comercialización del teléfono móvil. ¡Tantos argumentos habrían variado con tan singular artificio! Dichosos años 60, con McLuhan y Marcuse en la mochila, la guerra fría con los termómetros bajo cero, la insurgencia estudiantil como rama ilustrada de esa rebeldía juvenil que proclamaba que había que ser realistas y pedir lo imposible, el Camelot kennedyano acri- P billado en Dallas, el talante vegetal y tontorrón de los hippies dibujando la o de love con sus canutos, aromas estupefacientes del verano del amor y la sombra de la guerra del Vietnam con sus fanfarrias de napalm a la vuelta de la esquina. A punto de asomarse al quicio de ese maremágnum social, político y sentimental, un caldo de cultivo mecido por las agradables armonías vocales de Simon y Garfunkel, el personaje de Benjamin Braddock se mueve sin saber qué hacer con su vida después de graduarse. Cómo no entender que caiga en los acogedores brazos de la mujer madura, ansiosa, sabia, desengañada Mrs. Robinson, alcohólica tenaz, ninfómana con plena dedicación, que quizás no busque un poquito de amor- bring a little lovin pedían por estos lares Los Bravos- -sino adormecer su encallecido y desengañado aburrimiento bajo el peso trepidante de un jovencito absolutamente entregado a la causa. Ese es el paisaje de la época que reflejó Webb en El graduado los conflictos entre una generación emergente- -que rechazaba integrarse en los engranajes del sistema que financiaba su formación y su nivel de vida, y que había adoptado las consignas de la izquierda como emblemas de rebeldía generacional- -y la de sus padres, que creían legitimadas sus aspiraciones de progreso y estabilidad, su modo y su concepción de la vida, en suma, tras haberse batido el cobre en la Segunda Guerra Mundial. Tiempo, pues, como casi todos, de bellas palabras, locuras, desengaños y unas gotas de felicidad para que el cóctel no resulte demasiado amargo. Andrés Lima ha planteado un montaje lleno de atractivos y de desequilibrios, apoyándose en una escenografía muy versátil que puede parecer inhóspita en los momentos en que sólo hay en escena una cama, pero que se revela eficaz al transformarse en la recepción de un hotel para parejas furtivas, una Ángela Molina y Juan Díaz, en la escena de la seducción de El graduado buhardilla de Berkeley, la sacristía de una iglesia o un barucho de strip- tease. Lima se aproxima a los protagonistas del núcleo central de la obra- -Ben, la señora Robinson y su hija- -con mirada naturalista y presenta al resto de los personajes desde una perspectiva grotesca, la que probablemente corresponde a la percepción crítica del joven graduado, pero que, a mi juicio, provoca desajustes de ritmo y alguna brusquedad en las transiciones. Antes de abordar la labor actoral, vaya por delante que, hasta que uno logra acostumbrarse medianamente, el efecto de las voces a través de los micrófonos no es agradable. Juan Díaz, un actor potente y con muchos recursos, presta con convicción su carita de niño al atribulado Ben, vehemente, tímido y EFE torpe. Ángela Molina- -qué actriz tan extraña y fascinante- -debuta en el teatro con este papel, que antes había sido interpretado por actrices tan distantes como la oronda Kathleen Turner o la hética Jerry Hall, y al que ella aporta su bonita figura y una dicción curiosa, susurrante y quebrada a un tiempo, que acaricia y araña, que funciona devastadoramente en las escenas de seducción y en otras hace que nos distanciemos. Y- -todo un descubrimiento- -la joven Olivia Molina, a la vera de su madre dentro y fuera del escenario, se revela como una actriz llena de encanto y matices, adorable, segura y fresca, convirtiéndose en una de las mejores bazas de esta función que retrata una época en la que aún no existían los teléfonos móviles.