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ABC SÁBADO 26 2 2005 Sociedad 55 Religión Comunión y Liberación, una semilla evangélica que crece en 70 países El Papa admira su sintonía con la cultura contemporánea b Junto con Italia, España, Polonia cuentro personal de cada uno con Cristo. Y les invitaba a continuar anunciando a todos la belleza y la alegría del encuentro con el Redentor del hombre, a proclamar con vigor la Misericordia divina y a recordar a la humanidad, a veces desesperanzada, que no hay que tener miedo porque Cristo es nuestro futuro Continuar el camino emprendido La muerte del fundador, sobre todo si es un personaje gigantesco, supone un momento difícil, pero su sucesor, el sacerdote español Julián Carrón, asegura que la fidelidad a don Gius y la comunión que tanto promueven les ayudarán a continuar el camino emprendido. Hace tres años, con motivo del vigésimo aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación, el Papa elogiaba el esfuerzo por escuchar las necesidades del hombre de hoy y también el empeño en el terreno político, rico, por su naturaleza, en contraposiciones respetando siempre la distinción entre las finalidades de la sociedad civil y las de la Iglesia Igual que a todos los demás movimientos, Juan Pablo II les aconsejaba abrirse, apreciar los carismas de los otros, y prestar atención a las necesidades de las parroquias y comunidades cristianas menores. El funeral en Milán por el sacerdote Luigi Giussani se convirtió, a petición de los cardenales Dionigi Tettamanzi y Joseph Ratzinger, en una plegaria por la salud del Papa. y Alemania, las presencias más numerosas de la Fraternidad se encuentran en Estados Unidos, Brasil, Canadá y México JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL ROMA. Las treinta mil personas que dijeron adiós bajo la lluvia al sacerdote don Luigi Giussani el jueves en Milán eran la muestra italiana de un fenómeno mundial. Al cabo de medio siglo, el espíritu de Comunión y Liberación es una semilla evangélica que crece rápido en 70 países como una verdadera multinacional del espíritu con formas adaptadas a cada situación personal y acentos locales propios de cada lugar. Junto con Italia, España, Polonia y Alemania, las presencias más numerosas se encuentran en Estados Unidos, Brasil, Canadá y México. La Fraternidad de Comunión y Liberación, con unas 50.000 personas de vida y cultura muy variadas, es el más extenso de los árboles plantados por Giussani, que incluye también la asociación Memores Domini, de personas enteramente dedicadas a Dios, presente hoy en 30 países. Dentro también de Comunión y Liberación nació, en 1985, la fraternidad misionera de San Carlos Borromeo, de la que forman parte sacerdotes, mientras que desde 1993 las Hermanas de la Caridad de la Asunción constituyen un instituto religioso de aproximadamente un centenar de hermanas. A su vez, los hombres y mujeres de la Fraternidad de San José viven una entrega total a Dios en su modo de vida personal, sin casas comunes. Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación EPA LA HERENCIA DE DON GIUSSANI LUIS LEZAMA Difusión del Evangelio Aunque lo más importante es la vida cristiana de cada uno, Comunión y Liberación difunde su espiritualidad y el Evangelio a través de editoriales como Jaca Book o Encuentro, revistas como Huellas editada en 12 idiomas, encuentros como el multitudinario Meeting por la Amistad entre los Pueblos que reúne cada verano en Rímini a más de medio millón de personas, y muchas otras iniciativas, incluidas las empresariales de la Compañía de las Obras y las de ayuda social directa como los bancos de alimentos o de medicinas. Hace exactamente un año, en una carta escrita a don Luigi Giussani con motivo del 50 aniversario del itinerario asociativo y eclesial que dio lugar al Movimiento y, sucesivamente, a la Fraternidad de Comunión y Liberación Juan Pablo II les consideraba uno de los brotes de la prometedora primavera suscitada por el Espíritu Santo en los últimos cincuenta años El Papa admira que sepan proponer de un modo apasionante y en sintonía con la cultura contemporánea el gran acontecimiento que es el en- iempre he sido escéptico de mi capacidad de compromiso con las singulares obras apostólicas que no dudo enriquecen desde siglos a la Iglesia. A veces, he llegado a pensar que son para usar y tirar Que no tienen por qué perdurar en el tiempo, que obedecen a una necesidad de un momento histórico o de un lugar, que su eficacia y su bondad no tienen por qué estar sujetas a la duración. La Iglesia no está supeditada a las modas ni siquiera a los carismas de sus gentes. Se me hace duro ver que algunas instituciones luchan por sobrevivir sin preguntarse si tiene sentido en nuestro tiempo. Cuando el verano pasado me asomé tímidamente, lleno de dudas, al Meeting de Rímini, invitado por estos jóvenes inquietos de la Compañía de las Obras de Madrid, recibí una profunda impresión, por encima de la espectacularidad del evento que cumplía 50 años de existencia. Pero no era por su programa, ni la importancia de los que intervenían, personajes internacionales de la vida política y social, sino por la gente. Gente sencilla espectante ante el mensaje de don Giussani y sus seguidores. S Allí había muchedumbre, jóvenes y mayores. Cuando vi aparecer en una videoconferencia a un sacerdote enjuto y debilitado por la enfermedad, que hablaba con voz firme del compromiso social del Evangelio, leí en los rostros de las gentes que su mensaje venía de lejos y seducía. No era elocuente, sino convincente. Durante tres días, me pregunté a mí mismo en las charlas; en las misas que celebré y en las sobremesas de aquel improvisado restaurante español, si esa gente que te hablaba de Dios como un amigo, eran fanáticos y sectarios. ¡Me dan tanto miedo estos calificativos! Busqué en los escritos de Don Giussani que me regaló Julián Carrión, antiguo seminarista de Madrid que yo tutelé, los atisbos atrabiliarios, los conceptos rebuscados, las fórmulas partidistas de interpretar el mensaje de Cristo. Fue en vano. También pensé que los seguidores de Comunión y Liberación podrían estar actuando con ese secretismo y arrogancia propia de los que se creen en posesión de la verdad. No por naturaleza, concluí. Así pues, dentro de mi escepticismo de carismas, cuando hoy me comunican la muerte de don Giussani, no dejo de expresar mi admiración y respeto por su persona y su obra. Me pareció fascinante que en la Compañía de las Obras confluya el valor del capital humano con mi fe en Jesucristo. Que haya empresas, pequeñas y grandes, coordinadas por obje- tivos más allá del dinero y la rentabilidad. Yo he pretendido humildemente hacerlo durante más de 40 años en el sector hostelero. No es ya el empresario que esconde dentro de sí su fe, sino la pública manifestación de sus intenciones cristianas, lo que encuentro en estos jóvenes empresarios que quieren retar al futuro jugando con el riesgo. En un momento social como el nuestro, en el que dar testimonio de la fe en Cristo con una empresa no está de moda ni bien visto, la Compañía de las Obras es valiente. Hoy, la ambición por el tener es mayor que la de ser. La cultura del pelotazo económico es más alabada que la constancia empresarial. Dinero, sólo dinero, empobrece el tejido laboral y la estabilidad empresarial. La codicia está echando a perder el capitalismo ordenado. El crecimiento por el crecimiento es decadencia cuando se mide por números. Los números están atentando la vida de las personas. Las estadísticas construyen leyes carentes de otros valores. Creo que este sacerdote sin pretensiones que acaba de morir en Milán, sin títulos colorados, ha enseñado a sus gentes a valorar la cualidad y no la cantidad. Ha dado sentido al hombre haciéndole reconocer su origen divino. Ha puesto en valor el capital humano, que es la fortaleza de los débiles. Esa es la herencia de la obra de don Giussani