Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 26 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Ante la mangancia generalizada del felipismo, ¿dónde queda ese mínimo 3 Y luego dicen que a los catalanes les gusta la pela LA MORDIDA CATALANA L trabajo del periodismo de investigación resulta a veces muy útil para la purificación del mundo de la política, amenazado siempre de ensuciarse en oscuridades y corrupciones. Al periodismo de investigación le debemos los ciudadanos y las ciudadanas el descubrimiento y la denuncia de muchos episodios siniestros, de muchas historias de mordidas, comisiones, trapisondas, aquellos convolutos que le costaron la vida al pobre Guido Bruner, o trinques y manguis, como dice Antonio Burgos, Hermano Celador de la Muy Penitencial Cofradía de la Columna. Pero hay casos en que el quehacer del periodista se ve ayudado y aliviado. Son los propios políticos- -Dios se lo pague- -los que tiran de la manta y dejan con el culo al aire unas veces a Juan y otras a Manuela. Al final nos enteramos de que puta la madre, puta la hija, puta la manta que las cobija, y que en la política son pocos los que siguen la advertencia divina de que quien esté libre de pecado tire la primera piedra. O sea, que quien no haya cometido remanguillé, publique la primera denuncia. En esa imprevisión y desobediencia ha caído ahora Pasqual Maragall, que por ello tiene más delito al ser oficialmente president de la Generalitat de Catalunya. Se conoce que lo ha puesto nervioso el accidente del socavón y posterior enredo político del barrio barcelonés del Carmel y ha acusado de corrupción a sus antecesores en aquel Gobierno. Maragall no se ha limitado a una acusación abstracta e indeterminada. Ha precisado que la mordida de Convergencia i Unió en todas las adjudicaciones de obras públicas era exactamente del tres por ciento. Hay que reconocer que la mordida catalana se concreta en una cifra moderada y asumible por el constructor. A la indiscreción de Pasqual Maragall ha respondido enseguida Artur Mas con la amenaza de una demanda y toda clase de procedimientos judiciales contra el presidente de la Generalitat si no se disculpa de la acusación. Y lo que es más acongojante para Maragall: amenaza Mas con no votar el nuevo Estatut que prepara el nieto del poeta. Parece que ese argumento ha sido el más convincente para que Maragall retire la acusación de trinque. A la mordida catalana ha seguido una nueva edición de la famosa venganza catalana También tiene bemoles que para lograr que el presidente retire una denuncia de corrupción se amenace con impedir la aprobación de una reforma política que se considera beneficiosa para Cataluña. O sea, lo que dije de la manta, ¿recuerdan? Bien es verdad que Artur Mas se ha guardado la respuesta más demoledora. Porque podría haber traído a colación y poner sobre el tapete todas aquellas corrupciones del Partido Socialista durante los gobiernos de Felipe González, desde los cafelitos de Juan Guerra a los pingües trinques de la compra de aviones, las tres marías Filesa, Malesa y Time Export, el expolio de los fondos reservados, las bobinas de papel del Boletín Oficial, el Ave de Sevilla, la época del pelotazo y todas las historias de la mangancia generalizada que llenan los periódicos de aquellos años. ¿Dónde se queda ese mínimo tres por ciento? Y luego dicen que a los catalanes les gusta la pela. E JUAN MANUEL DE PRADA La resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el espíritu no pueda compadecer ese gesto COMPADECERSE DEL PAPA C UANDO se reclama la renuncia del Papa suelen invocarse razones de compasión. Su deterioro físico promueve lástima; y esa lástima impulsa a algunos a solicitar que se ahorren padecimientos a un viejo que, a cada día que pasa, incorpora nuevos achaques a su profuso historial clínico. Al menos, retirado de su ministerio- -se afirma- podrá consumir sus postrimerías más apaciblemente. Esta argumentación adolece, sin embargo, de incongruencia: pues compadecer el sufrimiento de alguien no consiste en lamentarlo, sino, sobre todo- -como la propia etimología de la palabra indica- en comprenderlo, en hacerse partícipe de ese sufrimiento. Para llegar a sentir verdadera compasión hemos de meternos en el pellejo del que sufre; compadecer desde la lejanía quizá sea una coartada que nos sirva para posar de solidarios ante la galería, pero es una actitud en sí misma falsorra, una contradictio in terminis. Visto desde fuera, el sufrimiento del Papa puede antojársenos inútil, estéril, absolutamente ininteligible; y entonces, para descifrarlo, hemos de recurrir a explicaciones que no penetran su verdadera naturaleza; explicaciones que suelen quedarse en la cáscara- -la ostentosa decrepitud de un anciano aferrado patéticamente al cargo- -y que, por lo tanto, se aderezan con una munición de mentecateces de diverso pelaje: que si el Papa es rehén de sus validos, temerosos de ser relegados si su valedor los abandona; que si el Papa está dispuesto a alargar con su agonía la agonía de la Iglesia; que si oscuros pero poderosísimos grupúsculos integristas lo obligan a seguir en la brecha para afianzar y extender su influencia, etcétera, etcétera. En todas estas explicaciones subyace un fondo de incomprensión (de falta de compasión) hacia el significado último de tanto sufrimiento. La banalidad contemporánea no puede- -o no quiere- -admitir que el Papa desempeña una misión espiritual en la cual el dolor for- ma parte de una encomienda divina. Sólo así resulta inteligible su resistencia. El Papa, como hombre mortal que es, estaría encantado de recoger el petate y retirarse a una villa campestre, atendido por una legión de chambelanes solícitos; pero antepone su misión sobre los achaques de la carne, porque esa misión la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. No creo que ni siquiera sea necesario creer en Dios para comprender esa perseverancia en el sacrificio; basta con entender que existen vocaciones que enaltecen el barro con el que estamos fabricados. A la postre, la resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el espíritu no pueda compadecer ese gesto. El Papa titulaba uno de sus libros más recientes con las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos dormilones en el huerto de Getsemaní: ¡Levantaos! ¡Vamos! La comprensión cabal del Papado de Juan Pablo II exige que nos detengamos en la lectura de este pasaje evangélico, donde nos enfrentamos a la naturaleza rabiosamente humana de Jesús, angustiado ante la proximidad de la cruz. Como Jesús, el Papa preferiría apartar de sí el cáliz de dolor que se le tiende; pero, aunque su alma está triste hasta la muerte -como reconocía Jesús, mientras sudaba sangre- entiende que su voluntad no cuenta, que existe otra voluntad suprema a la que debe obedecer, aunque al acatar ese mandato sepa que está inmolándose. En esa inmolación generosa en la que el hombre entrega su hálito por mejor servir la misión que le ha sido encomendada reside el misterio de la fe; en esa comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su mera envoltura carnal se cifra la epopeya interior de Juan Pablo II. Compadezcámoslo desde dentro, respirando por su misma herida luminosa.