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ABC VIERNES 25 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Se me acaba el papel y no entro en los amores reñidos entre el cowboy y el bambi perdido en la selva. Que se besen LOS CULEBRONES O queda tiempo para el ocio. Tenemos varios culebrones rodando por la actualidad como bolas de nieve. El culebrón del referéndum sigue engordando. Los expertos en la interpretación de resultados electorales desmenuzan los datos de la abstención, los síes y los noes y el sorprendente alto número de votos en blanco. Miran con el microscopio las cifras (sapos y culebras) que salieron de las urnas el domingo 20 de febrero en pueblos, ciudades y barrios y les ponen su nombre correspondiente: socialistas, peperos o nacionalistas de uno u otro pelaje. Y los dos grandes partidos siguen enzarzados en un cruce de acusaciones y reproches. A babor, nos entretiene el culebrón de la televisión para Polanco. El cronista está ya, a estas alturas de su vida, completamente curado de todos los espantos y de cualquier esperpento, pero el doble espectáculo de contemplar a mi querido e inteligente amigo Rodolfo Martín Villa pedir la televisión en abierto (menos el fútbol, ¿eh? que seguirá siendo de pago) para Jesús Polanco, y al sobrino de Jesús del Gran Poder afirmar ante la prensa que su Grupo ha sido perseguido judicialmente, es algo que sólo puede darse en este país mágico donde la Lógica es un juguete roto cada día. Espero que nadie tome a irreverencia llamar culebrón a esta larga incertidumbre, cada vez más penosa, que sufrimos sobre la salud del Papa. Asistimos con angustia al proceso degenerativo, lentamente implacable, de sus fuerzas y de sus facultades, aunque no de sus ánimos. La televisión nos enseña cómo poco a poco va perdiendo vida el Pontífice, se inmoviliza su cuerpo, se adelgaza su voz y se ahoga su palabra ininteligible. La recaída que ahora sufre de una gripe larga y severa, tras la dolorosa decadencia de su última aparición pública, hace pensar en una voluntad de hierro alojada en un cuerpo con sólo un débil soplo de vida. La presencia en la escena de Juan Pablo II es una visión tan triste como desconcertante. Y aquí en el corazón de Madrid, Madrid, Madrid, tenemos el culebrón del edificio Windsor, que tiene toda la apariencia de culebrón largo y sorprendente, de historia enredada que no ha hecho sino comenzar. Desde el momento en que aparecieron las dos siluetas fantasmales en una ventana de la planta número 16, nuevas, curiosas y extrañas peripecias se han unido a las dudas iniciales, desechadas con demasiada rapidez. Después del vídeo del médico de Reus, han aparecido otros donde hay luces que se encienden o se apagan y nuevas siluetas, dicen. La puerta del sótano que se estimó secreta había sido forzada, y la intrigante historia se enriquece con un candado roto. Más tarde se descubre la salida clandestina del butrón. Y por fin la jueza que instruye el sumario permite la entrada de técnicos de dos empresas para que recuperen documentos, algunos de los cuales se dice que son papeles reservados del Ministerio de Defensa. ¿Me permiten ustedes que tome aquí un respiro para lanzar mi desahogo habitual? ¿Sí? Pues ¡toma nísperos! Ya es tarde. Se me acaba el papel y no quiero entrar en el culebrón de los amores reñidos (que son los más sentidos) entre el cowboy trasatlántico y el bambi perdido en la selva. Que se besen, hombre, y que sea feliz Zapatero. N CARLOS HERRERA En lugar de una placa con la bandera de su Comunidad podrían reproducir la medalla de su hermandad peregrina o el lema de mi orgullo es ser marismeño y rociero Los nacionalistas más rabiosos no les quiero ni decir lo que podrían llegar a inscribir LAS MATRÍCULAS QUE VIENEN ORRETEA por algunas carpetas de previsiones del Ministerio del Interior el proyecto de reforma, otra vez, de las matrículas de los vehículos a motor. Quieren los responsables de Tráfico que los coches lleven alguna identificación regional o comunitaria que dé gusto a los partidos nacionalistas que ansían diferenciarse de los demás. Los símbolos sentimentales podrán alcanzar el chapado blanco de los coches y motos: bien sea la bandera, bien las siglas, bien alguno de los elementos culturales representativos como Copito de Nieve o los caballos jerezanos, deberán ser incluidos en la maraña indescifrable de letras y números de una matrícula. Aquel que quiera, eso sí, permanecer con su terruño sin identificar como un pobre paria de la tierra deberá pagar. Es decir, este Gobierno de pesos welter va a colarnos un nuevo impuesto de matriculación de vehículos añadido al ya existente. Robo manifiesto. La medida, por demás, ha puesto en alerta a los empresarios del mercado del vehículo de ocasión, que habían visto crecer su volumen de negocio gracias al hecho de que nadie rechazara las matrículas provinciales fuera de esa provincia, como ocurría antes del cambio de placas. Pero ni siquiera el ridículo de permitir que la sentimentalidad ocupe los espacios meramente administrativos frena la voluntad de la directiva de Interior: el rizo se riza cuando se sabe que el proyecto contempla la posibilidad de que el particular pueda optar por el símbolo regional que más le plazca, no por aquel al que administrativamente pertenezca. Si un señor, por ejemplo, de Valencia, se siente muy unido al Principado de Asturias por aquello de que su madre era de Avilés, podrá matricular su automóvil con la bandera asturiana por muy valenciano que sea el coche o el domicilio al que esté adscrito. ¿Ventaja de ese protocolo? podrá saberse cuántos catalanes se sienten paralelamente andaluces, cuántos madrileños no quie- C ren disimular su pasado murciano o cuántos vascos acostumbrados a viajar en coche al exterior de su Comunidad prefieren ocultar su pertenencia al paraíso de Nekanes y Lehendakaris. ¿Inconvenientes? que se pretenda obligar a pagar un puñado de euros a aquellos que prefieran el anonimato en lugar de hacer pagar a quienes quieran identificarse- -que son los menos, en contra de los satisfechos con el sistema actual, que son los más- Podría la autoridad aprovechar este viaje hacia el absurdo más absoluto para incluir la reforma total, que sería la de copiar el sistema norteamericano de matriculación, el cual permite que en el lugar de la chapa delantera se coloque lo que buenamente se quiera, una foto de la novia o la bandera de la sociedad coral- -la matrícula útil para identificar a un infractor es la trasera- -mientras que la otra, si paga convenientemente, puede personalizarla, es decir, poner el nombre de uno mismo en lugar del cifrado correspondiente. Eso en España tendría su gracia, ya que la cantidad de excéntricos que pululan por aquí es de órdago, pero es que, además, permitiría que los más enraizados con sus parcelas vitales colocaran como identificativo de su coche lo que tiempo atrás colocaban en los cristales traseros de sus automóviles. En lugar de una placa con la bandera de su Comunidad podrían reproducir la medalla de su hermandad peregrina o el lema de mi orgullo es ser marismeño y rociero Los nacionalistas más rabiosos no les quiero ni decir lo que podrían llegar a inscribir. Yo mismo cambiaría mi matrícula por una síntesis de los escudos del Barça y del Betis. Y no me importaría pagar una pasta, no. Si el Gobierno, apretado por sus socios minoritarios, no tiene más remedio que hacer el ridículo con esta reforma absurda y perfectamente estúpida, que se atreva a dar el paso y ya, del todo, permita el cachondeo. Nos reiríamos aún más. www. carlosherrera. com