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ABC JUEVES 24 2 2005 Internacional BODA DEL PRÍNCIPE DE GALES 27 Hay quienes se plantean si no es hora de separar la Monarquía y la Iglesia Anglicana El Gobierno británico se vio obligado a reafirmar su apoyo al matrimonio civil del heredero de la Corona De inclinación republicana y desvinculada de tradicionalismos, el diario The Guardian se ha felicitado de que la Monarquía se encuentra cada vez más lejos del misterio que siempre ha sido su protección esencial Al tiempo que diversos constitucionalistas han planteado si no es hora de llevar a cabo de inmediato una separación entre la Monarquía y la Iglesia Anglicana, habida cuenta de que el futuro Rey, al casarse por lo civil, va a tener muy escasa autoridad moral sobre los creyentes. Con todo, a pesar de que la crisis constitucional está latente en todo este proceso, lo que curiosamente salva a la institución es el desinterés general con que es seguido por la población. RAMÓN PÉREZ- MAURA PROTOCOLO Y SENSIBILIDAD U Controversia Los puntos de controversia se acumulan. Un día es la información de que a la Reina le ha disgustado que el Príncipe Carlos haya usado para anillo de prometida una joya que pertenecía a la Reina Madre, quien tampoco veía con buenos ojos a Camilla Parker Bowles. Otro, es la publicación de que Isabel II quiere reducir el número de setecientos invitados previstos por su hijo. Y continuamente se dibuja un enfrentamiento entre Buckingham Palace y Clarence House, la residencia del Príncipe de Gales. n supuesto especialista en Familias Reales del mundo entero criticaba hace años a la Reina Isabel II por haberle hecho a Grace Kelly el feo de no asistir a su boda con Rainiero III, el 19 de abril de 1956. Para este colega resultaba incomprensible que la Reina de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, hija de los últimos Emperadores de la India, llegada al trono tres años antes, se negara a estar presente en la boda de un Príncipe de segunda que se unía a una estrella de Hollywood. Porque aunque hoy en día enumeremos en una misma lista de monarquías europeas desde la Reina de Dinamarca o el Rey de España- -o el Emperador de Austrohungría si siguiera felizmente reinante- -hasta el Príncipe de Liechtenstein o el de Mónaco, lo cierto es que no representan entidades plenamente equiparables. No ocupan el mismo grado en el escalafón. Surge ahora la polémica en torno a los detalles del segundo matrimonio de Carlos de Gales. No puede decirse que el caso esté siendo bien gestionado. Ni en lo que se refiere a la organización propiamente dicha, ni a la comunicación de las decisiones que se toman. Después de treinta años de relación con altibajos, anunciar el compromiso sin tener previstas todas las consecuencias legales es un puro despropósito. Una de ellas ha sido la de no poder celebrarlo en la capilla del Castillo de Windsor, tal y como había sido anunciado. Desde el momento en que se comunicó que el matrimonio- -civil- -tendría lugar en el Ayuntamiento de esa localidad, debería haberse de- jado claro que esta ceremonia no sería la parte central de la celebración, sino que la Reina, como cabeza de la Iglesia de Inglaterra, asistiría al servicio de bendición del matrimonio, dotándole con su presencia de la mayor relevancia. Son muchos los países europeos en que los matrimonios religiosos no tienen validez civil y ambos se celebran por separado. E incluso en las Familias Reales que deben enfrentarse a ese trámite, al juzgado van los novios acompañados de los imprescindibles y a la Iglesia acuden con toda la pompa, parafernalia y acompañantes. No haber hecho las cosas bien ha llevado a crear la imagen de que los roces entre Reina y Príncipe heredero son todavía mayores de lo que sin duda son. Hasta el punto de tener que anunciar un portavoz que Isabel II pagará la fiesta que se celebrará a continuación- -como justificación de su aprobación. Hombre, que no lo iba a pagar la familia de la novia, parecía obvio. Uno no se casa con un chico de tan buena familia para eso. Carlos de Gales se ve envuelto en este embrollo por intentar bajar un peldaño y adaptar la Monarquía a los tiempos en que vivimos Isabel II lleva 52 años de reinado en los que su país ha logrado acomodarse a su condición postimperial con relativo éxito. Su influencia internacional sigue siendo muy superior a lo que le debería corresponder por su tamaño y peso demográfico. Y la Reina juega un papel clave en ello. Cada Navidad dirige un reverberante discurso a los países de la Commonwealth en el que el tema central es hablar de los perdurables lazos que la unen. Hablar de esos lazos es el sustitutivo de tenerlos. Quizá hubiera sido más sensato que la Reina asistiese a la ceremonia en el Ayuntamiento de Windsor. Hubiera servido para que a estas alturas de su vida demostrase una sensibilidad que siempre ha ocultado. Pero no es nada seguro que sus súbditos deseen descubrir esa virtud a estas alturas. La Reina, con su frío distanciamiento, sigue siendo mucho más popular que la mayoría de los Windsor. Y en el fondo, Carlos de Gales se ve envuelto en este embrollo precisamente por intentar bajar un peldaño y adaptar la Monarquía a los tiempos que vivimos. Hace cien años, un Rey en sus circunstancias hubiera hecho de Camilla una concubina de la que toda la corte sospecharía que movía los hilos del poder. El Príncipe de Gales podría haberla mantenido en segundo plano, imponiendo lo irregular como si fuera normal. En lugar de eso ha hecho lo que la mayoría de sus compatriotas hacen en un caso así. Y a diferencia de su hermana, la Princesa Ana, no se ha acogido al fuero de la Iglesia de Escocia para poder casarse con una divorciada, sino que se ha mantenido, como pecador, dentro de la jurisdicción de la de Inglaterra. El problema está en que casi nadie se atreve a decirlo, pero en el fondo, la inmensa mayoría no quiere que los Reyes sean como nosotros. Y mucho menos que se casen como nosotros.