Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
56 MIÉRCOLES 23 2 2005 ABC Cultura y espectáculos Mientras los medios oficiales cubanos silenciaban la muerte de Guillermo Cabrera Infante, la noticia se extendía boca a boca por todo el país. La familia del escritor anunció que custodiará sus cenizas hasta el final de la dictadura castrista Sus cenizas esperan la libertad de Cuba POR JUAN ÁNGEL JURISTO Autor de libros tan fundamentales como Tres tristes tigres novela en la que se otorga una primacía del habla cubana en el lenguaje literario; de Un oficio del siglo XX por el que todo crítico de cine le gustaría ser recordado; o La Habana para un infante difunto un libro de memorias tan divertido y triste que parece que te está contando tu propia vida. Autor, asimismo, de centenares de artículos donde se daba cuenta de su irreductible oposición al régimen de Castro, conferenciante brillante pero no por ocurrente, maestro de un sentido del humor que sabía combinar como nadie la suave risa cubana con el soterrado gesto inglés. En fin, premio Cervantes en cuya entrega homenajeó al autor del Quijote imaginando qué hubiera sido de él si hubiera emigrado a América, Guillermo Cabrera Infante murió en Londres de una septicemia, consecuencia de una enfermedad que le tenía atareado desde hace años. De ahí, al enterarme, ha sido irremediable el agolparse mil recuerdos amables, por eso mucho más dolorosos, desde los primeros años ochenta en que lo conocí, pero existe como una suerte de consuelo en su configuración intelectual; se ha ido, como se dice, pero su muerte no ha dejado esos posos de melancolía un tanto flojos con que uno acompaña estas cosas: su sentido del humor, y del amor, era tan grande que el primer impulso, suerte de cubanidad cósmica, que se me ocurrió fue el de acompañar su recuerdo con su música, al fin y al cabo Ella cantaba boleros y eso a pesar de que su gato, Offenbach, estaba emparentado con uno que había pertenecido a Ringo Starr. COMPAÑERO DE MUCHAS BATALLAS MARIO VARGAS LLOSA E stoy muy apenado, porque acabo de perder, con Guillermo Cabrera Infante, un viejo amigo y un compañero de muchas batallas intelectuales y políticas. Con él desaparece un gran escritor, magnífico prosista que, en sus cuentos, novelas, artículos, críticas de cine y textos de actualidad, enriqueció siempre nuestra lengua y contribuyó significativamente a convertir el español en la lengua moderna y de vanguardia de la que disfrutamos. También ha sido el gran combatiente de la libertad, qué duda cabe. Luchó sin desmayo contra la dictadura que esclaviza a Cuba. Tal vez por ello lo que más le hizo sufrir en esta dura etapa final de su vida fue no ver a Cuba emancipada. Esa Cuba era el sueño de su vida. Podemos pensar que La Habana de sus libros ya no existe más, pero sin duda sigue viviendo en sus historias, y por ello será la Cuba que, paradójicamente, conocerán los lectores de mañana. Porque las jóvenes generaciones leerán y recordarán su obra literaria, como también recordarán su conducta cívica. Maestro en todo lo que tocó No deduzcan de estos datos que Guillermo Cabrera cultivase de algún modo esa enfermedad inglesa del esnobismo, pero vivía en Londres y fue cronista privilegiado de esa capital, con su otoño perpetuo como le gustaba describirla, y estos aspectos de estricto pedigree le divertían. De cosas así muchos han conjeturado que Cabrera Infante ha sido una especie de Joyce en lengua española; otros, que ha sido el mejor crítico de cine que ha tenido Cuba otros, que fue el primer escritor en español que atendió de veras a la naciente cultura pop. La verdad es que tengo para mí que fue maestro en aquello que tocó, que no fueron pocas cosas. Pero lo que me gustaría destacar ahora aquí es esa suerte de irreductible sentido moral con que se enfrentó al destierro de los bienpensantes, habría que viajar a mediados de la década de los sesenta para entenderlo, cuando un Lampedusa era dado de lado con cierta displicencia por portar un apellido aristocrático, en sus relaciones con la dictadura castrista o con cualquier causa donde estuviera pendiente de un hilo la libertad de decir lo que uno quisiera. Y ese sentido moral irreductible no era político, sabía que éstos siempre se avienen a componendas pues es parte de su esencia, sino mucho más profundo y atendía a su modo de entender el mundo y las cosas, un modo que es propio de los que poseen ese raro privilegio del humor, del nonsense y de ser eternamente jóvenes en la manera de enfrentarse con el arte, como nuestro Ramón en otras épocas sombrías. Cabrera Infante conoció la importan- Guillermo Cabrera Infante JORDI ROMEU