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ABC LUNES 21 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY El encargo de tirar de Europa con la locomotora se ha hecho mal, con precipitación, con inoportunidad y con la trampa del Gobierno EL RAPTO DE EUROPA Q JUAN MANUEL DE PRADA A nadie se le escapa que el documento ha sido inspirado por un resentimiento que sólo admite una explicación patológica. Cada cual es muy libre de alimentar las pasiones más mezquinas; menos comprensible resulta que el Estado erija a quienes las instigan en consejeros de su política educativa DESVARÍOS ANTIRRELIGIOSOS L A vida pública española empieza a registrar episodios de desvarío antirreligioso (o, más estrictamente, anticatólico) que computaríamos como manifestaciones de cierta vocación esperpéntica muy típicamente autóctona si no fuera porque la experiencia histórica nos enseña que tales intemperancias suelen acabar como el rosario de la aurora. El llamado Consejo Escolar de Estado acaba de evacuar un documento (que imaginamos salpicado de espumarajos) en el que se exhorta al Gobierno a derogar el Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, por considerarlo contrario a la Constitución. La razón que invoca este cónclave de lumbreras y cráneos privilegiados hace palidecer las astucias de Licurgo: en dicho Acuerdo, se especifica que, en todo caso, la educación que se imparta en los centros docentes públicos será respetuosa con los valores de la ética cristiana extremo que a estos andobas se les antoja de una inconstitucionalidad que te cagas. El cerrilismo de la petición lo delata su formulación misma, que desconoce la naturaleza jurídica de los tratados internacionales, al reclamar su derogación en lugar de su denuncia. Pero quizá reclamar precisiones terminológicas tan finas a estos andobas sea como pedir peras al olmo. Suele ocurrir que quien se llena la boca con la Constitución sólo desea hacer gárgaras con ella, para luego escupirla, convertida en un gargajo irreconocible. A los andobas del Consejo Escolar se les antoja inconstitucional que la educación impartida en los centros docentes sea respetuosa con los valores de la ética cristiana. Pero el Acuerdo entre el Estado Español y la Santa Sede no afirma que dichos centros deban comulgar con estos valores, ni asumirlos como propios, sino tan sólo respetarlos. ¿Acaso la garantía de la libertad religiosa no exige el respeto de las creencias de cada individuo? La edu- cación impartida en centros docentes públicos ha de ser igualmente respetuosa con los valores de cualquier ética, sea cristiana o budista, siempre que no atenten contra los derechos del hombre, la convivencia democrática o el orden público; eventualidades que, desde luego, los valores de la ética cristiana no promueven. Llama poderosamente la atención (y desenmascara a los andobas del Consejo Escolar) que, en una época que predica la tolerancia a troche y moche, se puedan proferir impunemente estas bestialidades. Salvo que aceptemos que la tan cacareada tolerancia es en realidad la coartada con que se disfraza la persecución; pues lo que los andobas del Consejo Escolar preconizan no es sino la derogación de la libertad de conciencia, o, mejor dicho, de determinadas conciencias. En su obcecamiento, no vacilan en retozar por los andurriales de la ilegalidad; y así, en su documento solicitan que los profesores de religión sean excluidos del claustro y que su asignatura se imparta fuera del horario escolar, en flagrante discriminación de los alumnos que opten por cursarla. A nadie se le escapa- -salvo que las anteojeras del dogmatismo cieguen su ecuanimidad- -que dicho documento ha sido inspirado por un resentimiento que sólo admite una explicación patológica. Cada cual es muy libre de alimentar las pasiones más mezquinas; menos comprensible resulta que el Estado erija a quienes las instigan en consejeros de su política educativa. Hubo en Grecia un andoba- -cuyo nombre omitiremos, para humillar su afán de notoriedad- -que quiso inmortalizar su nombre prendiendo fuego al templo de Artemisa. La ajetreada historia de España se ha significado siempre por desdeñar las enseñanzas de la Antigüedad: aquí, en lugar de ningunear a los andobas que disfrutan quemando templos, se les concede púlpito y predicamento. UÉ mala pasada le ha jugado Zapatero a Europa. Cayó en la tentación de intentar convertir el referéndum europeo en un triunfo personal y en un buen éxito de su Gobierno, y al final ha dejado las urnas de Europa casi vacías. Más de la mitad de los españoles no se ha molestado en acudir a los colegios electorales y se han mostrado perezosos, remisos e incluso malhumorados, no hacia el sí a Europa, que sólo unos cuantos discutían, sino al aval y al obsequio a Felipe González. No me parece aventurado pensar que en una consulta de este tipo las cifras oficiales no pueden ofrecer una seguridad tan firme como las cifras en unas elecciones generales, donde los representantes de los partidos políticos vigilan una a una las papeletas que salen de las urnas. Pero aún dando por impecables las cifras ofrecidas por el Gobierno, es imposible suavizar o disimular el gran fracaso de Zapatero. Si se había propuesto protagonizar, en plan de toro ibérico, un nuevo rapto de Europa, ha visto cómo Europa se le caía de la sonrisa. No sé si en alguna otra ocasión electoral de toda la historia de nuestra democracia las urnas habrán quedado tan escasas de votos. Tal vez el referéndum de ayer haya batido todas las marcas de abstención en consultas anteriores o se haya aproximado a ellas. Ese es un triste trofeo para Zapatero. Quiso ser el primero de la Unión en empujar el Tratado para una Constitución de Europa. Iba a ser la locomotora que tirara del resto de los países hacia una aprobación masiva (ya se sabe que para Zapatero, ahora, todo es masivo de las bases de la futura Constitución común a veinticinco países, esa futura Constitución que asegura la paz, la estabilidad, la prosperidad, la convivencia de los europeos. En vez de conducir una locomotora para tirar de Europa, Zapatero sólo puede guiar una mula coja. Y para más inri, los patrocinadores del no nacieron en las filas de sus socios de gobierno, el vestigio comunista de Izquierda Unida representado en el fósil Gaspar Llamazares y los recuelos republicanos catalanes, lanzados hacia el separatismo, detrás de ese personaje circense qué puñetero clown, qué saltos pega visita de etarras, llamado Carod- Rovira. Mientras Zapatero predicaba el sí a Europa, porque allí están todos los bienes materiales e intelectuales, sus socios en la coalición de gobierno clamaban por el no especialmente en Cataluña, no proclamada como nación en el texto del Tratado, tome usted nísperos, don Pasqual. Ahora vendrá el piadoso trato de las cifras, la amorosa manipulación de los resultados, que es práctica habitual de los políticos para no reconocer sus fracasos. Pero cuando la locomotora se asoma por alguna estación europea, va a ser difícil que la tópica sonrisa zapateril no sea recibida con disimuladas carcajadas. Pedía Chirac que los españoles diéramos el primer empujón a la nueva Europa del Tratado. No ha podido ser, hombre. El encargo ha sido realizado mal, con precipitación, con inoportunidad, sin explicación mínima o medio suficiente y con la trampa de querer raptar a Europa y llevársela a La Moncloa. Para largo, claro.