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66 Los domingos DOMINGO 20 2 2005 ABC LIBROS PREPUBLICACIÓN. Mark Kurlansky ha vuelto los ojos a un año mitificado y mixtificado: 1968. Y así, 1968. El año que conmocionó al mundo (Ed. Destino) se llama un trabajo ágil y a la vez pormenorizado, que demuestra hasta qué punto aquél fue un tiempo de inflexión histórico, un fogonazo de los que iluminan el rumbo de las cosas. En un siglo cargado de hechos decisivos, esa fecha enhebró como muy pocas los acontecimientos más distantes. Visto con perspectiva, cristalizaron movimientos, crecieron aspiraciones y se intentaron utopías. La rebelión- -a menudo sangrienta, a veces inútil- -era la palabra clave. Y la televisión empezó a mostrarlo El año que nos conmocionó Nunca ha habido un año como 1968, y es poco probable que vuelva a haberlo. En un tiempo en que naciones y culturas estaban aún separadas y eran muy distintas- -y en 1968 Polonia, Francia, Estados Unidos y México eran mucho más distintas unas de otras de lo que son hoy en día- tuvo lugar en todo el mundo una combustión instantánea de espíritus rebeldes. Hubo otros años de revoluciones. El año 1848 había sido uno de tales, pero en contraste con 1968 sus acontecimientos se vieron limitados a Europa, sus rebeliones circunscritas a cuestiones similares entre sí. Se dieron otros acontecimientos mundiales, resultado de un imperio global en construcción. Y estuvo también ese enorme y trágico acontecimiento global que fue la segunda guerra mundial. Lo que tuvo de único 1968 fue que la gente se estaba rebelando por cuestiones bien dispares, y que tenía en común tan sólo el deseo de rebelarse, ideas sobre cómo hacerlo, cierta sensación de aislamiento del orden establecido y un sentimiento de profundo desagrado hacia el totalitarismo en cualquiera de sus formas. Donde había comunismo la gente se rebeló contra el comunismo, donde había capitalismo se rebeló contra él. Los rebeldes rechazaban la mayoría de instituciones, así como a líderes y partidos políticos. Cuatro factores históricos confluyeron para crear 1968: el ejemplo del movimiento por los derechos civiles, tan nuevo y original en aquel momento; una generación que se sentía tan diferente y aislada que rechazaba toda forma de autoridad; una guerra que tan universalmente se detestaba en el mundo que proporcionaba una causa para todos aquellos rebeldes en busca de una; y todo eso ocurría en un momento en que la televisión tenía ya cierta edad pero era aún lo bastante nueva como para no haberse vuelto todavía tan controlada, concentrada y empaquetada como lo está hoy en día. La guerra estadounidense en Vietnam no fue única ni desde luego más censurable que muchas otras guerras, incluida la anterior guerra francesa en Vietnam. Pero en esta ocasión la llevaba a cabo una nación con un poder global sin precedentes. En una época en que las colonias estaban luchando por recrearse a sí mismas como naciones, en que la lucha anticolonial había hecho mella en el idealismo de la gente en todo el mundo, ahí estaba una tierra débil y frágil luchando por la independencia mientras esa nueva clase de entidad conocida como superpotencia dejaba caer más bombas no nucleares en su pequeño territorio de las que se habían arrojado en toda Asia y Europa en la segunda guerra mundial. En el punto álgido de la lucha en 1968, el ejército estadounidense estaba matando cada semana el mismo número o más de personas de las que murieron en el ataque al World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Mientras que en el seno de los movimientos en Estados Unidos, Francia, Alemania y México había tremendas escisiones todo el mundo estaba de acuerdo- -a causa del poder y el prestigio de Estados Unidos y la naturaleza brutal y claramente injusta de la guerra norteamericana en Vietnam- -en oponerse a la guerra de Vietnam. Cuando el movimiento pro derechos civiles en Estados Unidos se escindió en 1968 entre los que abogaban por la no violencia y los que propugnaban el Poder Negro, ambos bandos pudieron llegar al acuerdo en su oposición a la guerra de Vietnam. Los movimientos disidentes en el mundo entero podían formarse simplemente manifestándose en contra de la guerra. Cuando querían protestar, sabían cómo hacerlo; lo sabían todo sobre marchas y sentadas gracias al movimiento americano en pro de los derechos civiles. Lo habían visto todo por televisión desde Mississipi, y estaban ansiosos por convertirse ellos mismos en manifestantes. El año 1968 fue un momento de asombrosa modernidad, y ésta siempre fascina a los jóvenes y deja perplejos a los viejos y, sin embargo en retrospectiva fue un tiempo de una inocencia casi pintoresca. Imagínense a estudiantes de Columbia en Nueva York y de la Universidad de París descubriendo desde la distancia que sus experiencias eran similares para entonces reunirse, aproximándose unos a otros con cautela para descubrir qué tenían en común, si es que tenían algo. La gente descubrió, con asombro y excitación, que estaban utilizando las mismas tácticas en Praga, en París, en Roma, en México, en Nueva York. Con nuevas herramientas tales como satélites de comunicación y cintas de vídeo, baratas y regradables; la televisión estaba haciendo que todo el mundo fuese muy consciente de lo que hacían los demás Nunca volvería a ser una novedad. Aldea global es una expresión de los años sesenta acuñada por Marshall McLuhan. El encogimiento del globo nunca volvería a ser tan increíble del mismo modo que nunca volveremos a sentir la emoción de las primeras fotos de la Luna o las primeras transmisiones desde el espacio exterior. De volver a producirse alguna vez una generación 1968, sus movimientos tendrán todos páginas web, cuidadosamente monitorizadas por orden legal, mientras que se mandarán unos a otros correos electrónicos para las puestas al día. Y sin duda se inventarán otras herramientas. Pero hasta la mera idea de nuevos inventos se ha vuelto banal. Yo nací en 1948 y soy por tanto de la generación que detestaba la guerra de Vietnam; protesté contra ella y mi visión de la autoridad se forjó con los recuerdos del sabor picante del gas lacrimógeno y de la forma en que la policía te rodeaba lentamente con despreocupados movimientos de flanqueo antes de entrar, porra en mano, a matar. Declaro mis prejuicios al principio porque incluso ahora, más de tres décadas después, un intento de objetividad sobre el tema de 1968 pecaría de falta de honestidad. Habiendo leído The New York Times, Time, Life, Playboy, Le Monde, Le figaro, un diario y un semanario polacos y varios periódicos mexicanos del año 1968 estoy convencido de que la imparcialidad es posible pero la verdadera objetividad no lo es. El trabajo de este libro me ha recordado que hubo un tiempo en que la gente decía lo que pensaba y no temía ofender, y que, desde entonces, demasiadas verdades han permanecido enterradas. Donde había comunismo la gente se rebeló contra el comunismo, donde había capitalismo se rebeló contra él. Los rebeldes rechazaban la mayoría de las instituciones, así como a líderes y partidos políticos La semana en que empezó El año 1968 comenzó como debería hacerlo cualquier año bien ordenado: en una mañana de lunes. Era un año bisiesto. Febrero iba a tener un día más. El títular de primera plana del The New York Times rezaba: EL MUNDO SE DESPIDE DE UN AÑO VIOLENTO; NIEVA EN LA CIUDAD. En Vietnam, 1968 tuvo inicios tranquilos. El Papa Pablo VI había declarado el 1 de enero una jornada de paz. Para su día de paz, el Papa había convencido a los survietnamitas y a sus aliados americanos de prolongar doce horas más su tregua. Las Fuerzas Armadas de Liberación en Vietnam del Sur, la guerrilla pronorvietnamita conocida