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ABC DOMINGO 20 2 2005 Los domingos 59 ¿Torre Picasso en manos de 4 vigilantes? ¿Cree que estoy loco? POR V. RÓDENAS JAVIER PRIETO otros yendo a tu trabajo, pero no vas a consentir que disfrutar de esta maravilla sea un sinvivir. Porque yo estoy encantada de subir aquí cada mañana. Desde mi mesa, que da a una enorme cristalera orientada al norte, veo la Puerta de Europa, Somosierra, Navacerrada... La verdad es que somos un foco de atracción y a más de un visitante hay que hacerle el tour turístico, que incluye una salida al exterior, por una terraza a la que tenemos acceso. Toda una sorpresa mortal para los que padecen vértigo, y que no son pocos: algunas visitas no es que no se atrevan a tomar el aire en esta planta 29, es que han sido incapaces de subir por los veloces ascensores y ha habido que atenderles abajo También te inquieta un poco ver a los helicópteros sobrevolar la calle, el estadio del Bernabéu, y cuando se paran en el aire, más abajo de donde tú te encuentras. Entonces te acuerdas del 11- M, porque aquello fue un punto y aparte, el principio de la psicosis que no se pasa. Pero tranquiliza saber que el edificio dispone de un buen sistema de seguridad y que el plan de evacuación está muy elaborado. Claro que, cuando se hace un simulacro, vas con la tranquilidad de saber que es ficción, y mientras bajas siempre hay alguien que le saca punta a la situación y se descienden los cientos de peldaños tras la inevitable estela de un humor negro que contagia y contra el que no sirve ningún tipo de protección. A la Castellana se sigue asomando hoy el esqueleto desmadejado del Windsor. Ahí, desde la Torre BBVA (107 metros) miraban al gigante caído por encima de los cien centímetros que le sacaban a la joya de los Reyzábal. Elena, una de las trabajadoras del banco, da gracias a Dios por no padecer problemas claustrofóbicos. Hay compañeros que lo llevan fatal por verse en las alturas y encerrados a cal y canto. A algunos les afecta la subida en ascensor, y me imagino que, después de ver lo del vecino se sentirán aún peor. Pero la vida sigue, aunque enfrente esté presente ese monumento a la destrucción, que si lo miras con detenimiento, en vivo y en directo, estremece. Es como un recordatorio de la aniquilación y me hace pensar en los restos de un bombardeo. Pero tiene algo fascinante e incluso creo que me gustaría que se quedara así. Luego, miro por la ventana y veo la ciudad, los coches en el paseo, el trajín, el horizonte, el amanecer, el atardecer... Es la sensación de que ese cuadro magnífico que se otea a través de la cristalera también me pertenece, aunque sólo sea por compensar la desazón de que si pasara algo gordo, con nosotros dentro, quién sabe... Pero no me cambiaría por ningún compañero de los que andan a ras de suelo: desde aquí es fácil vivir en las nubes ¿Lo dirá en todos los sentidos? as once y media de la noche- no recuerdo exactamente el minuto -Jaime Tejerina vio, mientras desde el sillón de su casa recorría los canales de televisión con el mando a distancia, que el Windsor ardía por uno de sus costados, no lo dudó un segundo: salió disparado hacia el puesto de control de la Torre Picasso, donde es jefe de mantenimiento. Más que las llamas, el humo era su principal preocupación. ¿Se colaría en los conductos del aire de Torre Picasso? ¿Habría viento y tal vez circulara en esos remolinos que son tan habituales estos días por la plaza? ¿Azuzaría las llamas que salían por la fachada hasta lanzarlas hacia el edificio contiguo de El Corte Inglés y, a través de éste, alcanzarían los bajos de la Torre? Pero antes que las llamas, el humo. Sólo pensaba en el humo que salía del Windsor, y cómo si accedía masivamente al interior de la torre podría hacer saltar todo el sistema de detección de incendios. Es tal la sensibilidad de la instalación que una de las normas del edificio prohíbe barrer, sólo se permite aspirar, porque el polvo podría activar las alarmas Luego- -continúa Tejerina- me tranquilizó comprobar cómo por la tele se observaba que la columna de humo no perdía su verticalidad. Nosotros vimos las llamas por la cámara colocada en la azotea. María Jesús- -llama por un intercomunicador a la persona que en estos momentos se encuentra al frente del puesto de control del edificio y que ocupaba la misma responsabilidad la noche del pasado día 12- ¿a qué hora nos dimos cuenta del incendio del vecino Nos avisaron a las 23.25- -informa la voz- fue una pareja que pasaba por la plaza Desde esa hora, y hasta cerca de las ocho de la mañana siguiente, Tejerina y su equipo no quitaron ojo al vecino que ardía como una tea. El sistema de detección es la clave. Antes de la llama, si fue un cortocircuito, tuvo que haber humo. ¿Por qué ningún detector hizo saltar la alarma en ese estadio incipiente del siniestro? He leído que el edificio tenía detectores por calor, pero, como se ha demostrado, eso no sirve de mu- Cuandosobrel cho. Desde que salta la alarma por humo, nosotros no tardamos más de tres minutos en que el personal de intervención acuda y actúe en el punto desde donde se ha activado la emergencia, ya sea en la planta 46. Todos los sistemas tienen lazos de seguridad permanentemente vigilados Y, a modo de demostración, en la pantalla del ordenador que hay sobre la mesa del despacho de este especialista aparece un tinglado de monitores a los que no quita ojo un operario que se sienta frente a ellos. En cinco turnos, las 24 horas del día, los 365 días del año, un equipo de personal del edificio, entrenado especialmente con cursos que les dan los mismos bomberos del Ayuntamiento, está al tanto de cualquier incidencia explica Jaime Tejerina. Entonces- -preguntamos- ¿no dejan ustedes la seguridad de la construcción en manos de ninguna empresa de vigilancia privada externa, como tenía el Windsor? ¿Se cree que estoy loco? contesta sin pensárselo dos veces el técnico, a cuya asesoría se ha recurrido cada vez que la capital ha parido un rascacielos. La evacuación, resuelta Hoy, atravesar el vestíbulo del que ha sido desde su nacimiento la niña mimada de las hermanas Koplowitz es penetrar en el paradigma de la seguridad, al menos a la vista de lo que se estila por este Madrid chato, que cuenta sus discretos rascacielos con los dedos de una mano. Jesús de Benito, responsable del Departamento de Prevención de Incendios del Consistorio capitalino hasta su jubilación, hace unas semanas, contaba a ABC cómo en 1979 vinieron los técnicos que habían proyectado la torre a preguntar qué medidas de seguridad debían tener. En Madrid aún no teníamos normativa. No sabía bien qué decirles. Me explicaron que habían aplicado las normas japonesas. Las estudié y me parecieron llenas de sentido. Años más adelante, con el edificio ya en construcción, se habían quedado cortas. Hablamos con la empresa propietaria y accedió a hacer una serie de modificaciones sobre la marcha, porque la protección frente al fuego le preocupaba notablemente. De hecho, las medidas que se implantaron supusieron una gran inversión añadida. Y ahora puedo decir que, dentro del riesgo que siempre supone un edificio en altura, en la Torre Picasso se han hecho las cosas con interés y tiene bien resuelto lo que más me preocupa: la evacuación del personal en caso de incendio Ni más ni menos que 5.500 em (Pasa a la página siguiente) Es tal la sensibilidad de los detectores de humo en el gran rascacielos, que se prohíbe barrer: el polvo dispararía las alarmas antiincendio