Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC SÁBADO 19 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Estos tíos se cargan la Contrarreforma, Trento, el martillo de herejes, Fernando III el Santo y la unidad de los Reyes Católicos EL OPIO DEL PUEBLO HORA se le llama opio del pueblo al consumismo, al fútbol o a la televisión, pero se conoce que el Zapaterito leré está todavía marcado por el origen marxista de su socialismo y sigue con la vieja tecla de que la religión es el opio del pueblo. Zapatero se ha propuesto acabar con la religión y ha convocado a una cruzada laica donde ya batallan con bravura Rubalcaba y las ministras de cuota, empezando por la San Segundo. Acabo de leer que gracias al voto de calidad de la presidenta del Consejo Escolar del Estado se superó el empate producido en el seno del Consejo cuando se debatía la propuesta de plantear al Gobierno la conveniencia de derogar los acuerdos con el Vaticano en materia de enseñanza de la Religión. El Vaticano y el Gobierno de España tienen acordado que la enseñanza que se imparta en los centros públicos sea respetuosa con los valores de la ética cristiana, y es lógico que una propuesta de ruptura de estos acuerdos provocara la división del Consejo. Gracias al voto de calidad de doña María Mata, que así se llama la presidenta, se aprobó la recomendación de acabar con el acuerdo Iglesia- Estado. No creo que el apellido de esta señora tenga algo que ver con aquel doctor Mata que era vecino de Bretón de los Herreros en el piso contiguo de la misma casa. El doctor Mata, harto de que llamaran a su puerta preguntando por Bretón, puso un cartelito que rezaba: En esta humilde mansión no vive ningún bretón Bretón de los Herreros respondió con otro cartelito, también en verso: Vive en esta vecindad un médico a la violeta, que al pie de cada receta pone Mata y es verdad La receta político- social- intelectual- educativa- cultural y religiosa de doña María Mata para curar los males de España consiste en romper los acuerdos sobre enseñanza religiosa con la Iglesia Católica. Bravo. Vamos por buen camino, doña María. Y es que nuestros sociatas zapateriles están dispuestos a acabar con el viejo lema de la católica España y ya no digamos con el tópico de la España más papista que el Papa, que nos han mantenido en el oscurantismo papal, eclesiástico y clerical durante siglos. A los audaces les ayuda la Fortuna, y estos tíos se disponen a cargarse la conversión de Recaredo, la Contrarreforma, el Concilio de Trento, la España martillo de herejes, la campaña de Fernando III el Santo y la unidad nacional de los Reyes Católicos. De aquí en adelante, en las escuelas públicas españolas ya no se estudiará Religión, ese opio del pueblo usado para tener adormecida a la masa laboral y apartarla del voto marxista y ateo, y serán quemados en hoguera pública todos los ejemplares que se encuentren de los catecismos del padre Astete y del jesuita Jerónimo Ripalda, opio de catequesis. Diálogo, sí, sobre cualquier materia excepto sobre las creencias de la Humanidad a lo largo de la Historia del Hombre (y de la Mujer, no faltaba más) o sea, la Historia de los humanos y de las humanas. Y los profesores de Religión, fuera del claustro, que eso también lo ha dicho doña María. Hala, a la puñetera rúe, a jugar al fútbol con la cabeza de san Juan Bautista. Y la Cruz, para algún partido de la quiniela. A JUAN MANUEL DE PRADA Quizá los hechos que evoca El hundimiento resulten afortunadamente irrepetibles; el afán de erigir quimeras y de inmolarse en su derrumbamiento seguirá ejerciendo sobre los hombres su atractivo por los siglos de los siglos EL HUNDIMIENTO N términos estrictamente cinematográficos, la película El hundimiento de Oliver Hirschbiegel, no se cuenta entre las más memorables que este cronista haya visto: su realización abunda en recursos televisivos que la hacen demasiado mostrativa, demasiado- -digámoslo así- -didáctica. No me atrevería a determinar, sin embargo, si tales defectos- -que por momentos tornan la película un tanto tediosa o amazacotada- -son atribuibles a la impericia del director o, por el contrario, a una vocación de rigor documental. Como reconstrucción de los últimos días de Hitler, El hundimiento funciona, en cambio, plenamente, hasta el extremo de que el espectador tiene la impresión- -acongojante impresión- -de cohabitar con el protagonista en su búnker berlinés. En el prólogo de Sigfrido una novela que también reconstruye las postrimerías de Hitler, el escritor Harry Mulisch afirmaba que los numerosos estudios consagrados al personaje solían quedarse cojitrancos, porque no acertaban a captar su verdadera naturaleza, que para Mulisch era la encarnación de un angustioso y devastador vacío. La interpretación del veterano Bruno Ganz- -alejada de aspavientos caricaturescos- -consigue captar ese vacío aniquilador que irradiaba Hitler, capaz de convertir a sus acólitos en máquinas devotas y deshumanizadas. El principal logro de El hundimiento quizá consista en soslayar la convencional caracterización de Hitler como fuerza demoníaca. El espectador llega al convencimiento de que se halla ante el Mal absoluto, pero el hombre que lo encarna aparece despojado de las parafernalias habituales: Hitler es aquí un tipo anodino, con sus ribetes de patetismo, azotado por el parkinson y encogido por el peso de la derrota. Sus ocasionales accesos de furia, sus excursiones por los andurriales de la megalomanía, no hacen sino agigan- E tar su insignificancia, su endeble condición de animal acorralado. Incluso lo vemos mostrar cierta condescendencia con su secretaria, cierta cortesía con su cocinera, cierta benevolencia con su compañera Eva Braun, a la que desposa poco antes de llevársela consigo al reino de las sombras. Sólo su gélida impiedad, su desdeñosa indiferencia ante el sacrificio de su pueblo nos recuerdan que ese chisgarabís encerrado en su guarida es el mismo hombre que ha convertido el mundo en un campo de exterminio. Quizá los pasajes más espeluznantes de El hundimiento sean aquellos que muestran las adhesiones inquebrantables que aquel hombre llegó a promover entre sus compatriotas. Generalmente, nos explicamos esa lealtad colectiva como el fruto de una subyugación ejercida por el propio Hitler, a quien imaginamos investido de rasgos mesiánicos; pero en El hundimiento Hitler aparece despojado de cualquier atisbo sugestivo, es tan sólo un vacío que atrapa entre sus fauces y engulle en su vorágine cualquier vestigio de vida próxima. En cierto modo, El hundimiento nos enseña que fueron sus compatriotas quienes necesitaron creer en la grandeza de su Führer. Fueron ellos quienes lo convirtieron, ilusoriamente, en el fuego que justificaba sus vidas y en cuya lumbre se abrasaron sin formular una queja. La secuencia, dilatada hasta el horror, en que Magda Goebbels aniquila a su propia prole ilustra mejor que ninguna otra ese obcecamiento agónico. El retrato del Mal como vacío que calcina a quienes pululan en su campo gravitatorio es la más pavorosa enseñanza de esta película. Quizá los hechos que evoca El hundimiento resulten afortunadamente irrepetibles; el afán de erigir quimeras y de inmolarse en su derrumbamiento seguirá ejerciendo sobre los hombres su atractivo por los siglos de los siglos.