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ABC VIERNES 18 2 2005 Tribuna 69 E N una de las fotografías más famosas del siglo veinte puede verse al General Douglas MacArthur recibiendo, con uniforme de faena y en mangas de camisa, al Emperador Hirohito, que aparece vestido de perfecta etiqueta. La imagen está tomada en la mañana del 27 de septiembre de 1945, poco antes de que MacArthur, Hirohito y sus respectivos asistentes firmaran, a bordo del acorazado USS Missouri, el acuerdo que pondría fin a las hostilidades entre Estados Unidos y Japón en la Segunda Guerra Mundial. MacArthur murió en 1964 e Hirohito en 1989. El acorazado USS Missouri fue retirado del servicio operativo en 1998 y está hoy fondeado en Pearl Harbor (Hawai) en donde lo visitan varios miles de turistas al año. Sin embargo, las disposiciones del tratado que se celebró el día de la fotografía siguen siendo obligatorias y están parcialmente recogidas en la Constitución japonesa de 1946 (aún vigente) Para lograr que un tratado internacional como ése entrara y se mantuviera en vigor fue necesario observar una serie de normas y formalidades, que en buena medida quedaron luego reflejadas en la Convención de Viena de 1969 sobre Derecho de los Tratados, y que, entre otras cuestiones, exigen que el acuerdo sea firmado y aprobado por personas con capacidad para ello. Esa capacidad para firmar y aprobar tratados (a la que se conoce en la jerga diplomática como treaty ma- APROBAR UN TRATADO ANÍBAL SABATER MARTÍN Jurista Aprobar algo es aceptarlo. Y sólo acepta quien tiene la potestad jurídica para ello, que en este caso son los Estados, a través de sus más altos representantes políticos king power) está reservada en exclusiva a los Estados y a las Organizaciones Internacionales. Dicho de otro modo: únicamente los Estados y Organizaciones como la ONU o la UE pueden prestar su consentimiento a un tratado internacional. Así, los acuerdos de 27 de septiembre de 1945 no fueron un pacto entre MacArthur e Hirohito a secas, sino un convenio en el que MacArthur, en su condición de Comandante Supremo de las Potencias Aliadas, representaba a Estados Unidos, mientras Hirohito, Emperador del Trono del Crisantemo, intervenía en nombre de Japón. Ni ellos actuaban por su cuen- ta, ni el Derecho internacional permite que los particulares aprueben por sí y ante sí un tratado. Por eso mismo sorprende el modo en el que el Gobierno de España ha elegido abordar el llamado Referéndum sobre la Constitución Europea El próximo 20 de febrero, más de 33 millones de españoles estamos convocados para responder en las urnas a la siguiente cuestión: ¿Aprueba usted el Tratado por el que se establece una Constitución para Europa? La pregunta es imprecisa y poco rigurosa. Un ciudadano de a pie puede estar de acuerdo o no, satisfecho o insatisfecho, conforme o disconforme con un tratado. Lo que no puede hacer es aprobarlo, pues esa palabra tiene un significado muy concreto en este contexto. Aprobar algo es aceptarlo. Y sólo acepta quien tiene la potestad jurídica para ello, que en este caso son los Estados, a través de sus más altos representantes políticos. El afán por ceder competencias no debe llevar a tergiversar el lenguaje o a dar la sensación de que se deja en manos de los votantes algo que, por su propia naturaleza, no lo está. Aunque se nos diga lo contrario, el Tratado de la Constitución Europea no puede ser aprobado en el Referéndum de 20 de febrero, por la sencilla razón de que ya fue aprobado en Roma el pasado 29 de octubre por los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea. De ahí que a los españoles sólo nos quede en este momento la posibilidad de expresar nuestra opinión tardía y jurídicamente no vinculante sobre el Tratado. Irónicamente, nada de lo anterior habría sucedido si la Constitución, en lugar de revestir la forma de tratado internacional (algo inédito en la historia contemporánea) hubiera sido una ley suprema adoptada por un Parlamento o una Asamblea Constituyente Europea. De ese modo sí habría salido reforzada la democracia. NA parda luna redonda, blanquecina, gris, sobre ríos de hielo y soledad nos mira decadente. Sus labios hollados por multitud de amantes cuelgan silenciosos sobre su callada frente. Parecen estar en su rojez salvaje, agostados de pena, en este invierno sin palabras. La inocencia marchita, la juventud perdida, el dios de la alegría muerto. Rechinan los labios ante la certidumbre de las palabras que acosan y matan. Puñales como carámbanos dispuestos a segar el trigo, la amapola, las margaritas, la vulva en flor, la risa del recién nacido y todo lo segable. Hijos de Putifar, fariseos y machos cabríos en un mundo sin arco iris, sin luces, sin lluvia, luna o estrellas que contemplar. El sol se oscurece anta tanta villanía, dejan de rodar los planetas, se para la tarde, los relojes giran enloquecidos, las palabras bíblicas tiemblan. Hombres y envidiosas mujeres, reptiles de ponzoñoso veneno, que esperan el paso del gallardo ciervo, para inocularle el veneno de la muerte sin pensar en la inocencia herida. Mas ha nacido una nueva especie que, por más trampas que le pongáis, volverá a resurgir de la ceniza, siempre, siempre, holocausto inextinguible de piedad, de perdón, de fe en lo creado, en Dios, motor de todo, de alegría... La madrugada pasa despacio, pisando sombras que se acumulan gloriosas al paso del ángel caído que se U LUNA REDONDA LOLA SANTIAGO Escritora El sol se oscurece anta tanta villanía, dejan de rodar los planetas, se para la tarde, los relojes giran enloquecidos, las palabras bíblicas tiemblan eleva de entre su miseria por la misericordia de unos ojos inocentes y, a la vez, sabios; oh, binomio perfecto acunado en la noche de los tiempos, tras el terrible dolor de las horas de angustia y agonía. La sencillez y amor del Padre, cordero siempre propicio en su hijo, alumbrado de entre las eternas palabras por profetas que le nacieron, allá hace miles de años para volverlo más y más virgen, más y más puro, más y más certero; olvidando la inercia del desamor, de la ofensa... de mentiras, por aquellos que le odian, incapaces de amar, de dar, en el egoísmo de unas vidas, soñadas sólo para su gozo más inmediato, sin pensar en la comunión de los hermanos, oh excelsas y divinas palabras, sin sentido aparente en el cordero místico, más y más hermoso en la desintegración de su humana persona, dictadas por profetas en sistemas que aún sangran, por tantos hermanos caídos no por balas, ni metralla, sino por la concupiscencia y la mala baba de los machos cabríos, desbocados en la selva de sus instintos, de las serpientes, derrumbadas; pisoteados todos como culebras por el pie virginal, que no conoce palo, sólo paz, amor, e inocencia... Seguir marchando sin sentido, seguir haciendo el mal. Algún día os juzgarán como vosotros juzgáis hiriendo las almas más sencillas. Las que no saben nada de la humana malicia, y si lo saben, no gustan de ella, como manjar podrido que marcan a hierro los sanos; la ciencia es útil, usémosla para el bien, recreémonos en sanar y construir, en hermosear, nunca, nunca en destruir, ni mucho menos una sonrisa, salida tal vez del más frondoso huerto del dolor. No olvidemos las palabras bíblicas el que a hierro mata a hierro muere y apliquémosla a todo. No hay peor desierto que el de la muerte en vida, corazones sin destino en la noche de los tiempos, recapacitad en ellas y llamad a la paz antes de que sea demasiado tarde, y os encontréis inmerso en esa terrible soledad del inacabable desierto. Por toda una eternidad. Después, Dios, una vez que haya juzgado, sopesado y medido, verá en qué forma os aplica su inmensa y proverbial justicia. La misma, que alumbró al rey Salomón, y que cantó David, el pastor que dio muerte al gigante que oprimía a su pueblo, por su designio. Señor, que tu misericordia nos acoja a todos, héroes, cobardes o verdugos, para seguir en la senda del bien, la paz, la alegría y el amor, sin fisuras, todo ello bajo la luz de tu divina palabra, e iluminados siempre por la resurrección de tu hijo Jesucristo, y en unión del Espíritu Santo. Y que la fe, nuestra fe en Ti, no se tambalee ni un milímetro, por más que seamos atacados con falsos testimonios, o seamos burlados por el mundo... Tú, Señor Dios, permanece con nosotros, te lo pido en esta noche de luna llena y frío por una milésima de segundo, en el alma que intentaron burlar por un instante, Señor... por un instante, para apartarla así, de tu puerta.