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ABC JUEVES 17 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY ¿Dialogará Zapatero con el tirador del rifle dispuesto a matar al candidato Basagoiti? ¿Asistirá el presidente a los nuevos entierros? EL RESUELLO ETARRA T DARÍO VALCÁRCEL Dos avisos nos llegan estos días del Carmelo barcelonés y del incendio de Madrid. El cúmulo de imprevisiones nos traen un mal tufo de chapuza nacional. La Inglaterra de Jorge III desarrolló hacia 1800 un sistema de extintores antiincendio UN INCENDIO DEL TERCER MUNDO SCRIBIMOS lejos de toda solemnidad, en defensa del nombre de España. El incendio del edificio Windsor no es un suceso sino un aviso. España avanza deprisa: la inmensa mayoría quiere un país ordenado y moderno, es decir libre pero ante todo cumplidor de la ley. Millones de españoles han trabajado día y noche, durante décadas, para alcanzar no sólo un nivel de riqueza material sino un grado de civilización que quieren defender. Dos pasos atrás, dos avisos nos llegan estos días del Carmelo barcelonés y del incendio de Madrid. El tsunami era, en sus resultados- -no en todos- -imparable, revelador de la fragilidad del ser humano. Pero el cúmulo de imprevisiones del Carmelo y del Windsor nos traen un mal tufo de chapuza nacional. Poco después de comenzar el incendio, el sábado por la noche, estaba allí el alcalde de Madrid, un buen alcalde, al pie del rascacielos en llamas (una gran parte de las normas antiincencios deben ser aplicadas y vigiladas por la Comunidad de Madrid, no por el Ayuntamiento) El presidente del Gobierno visitaba el lugar del incendio al día siguiente. Los gestos, claro está, no corrigen los hechos. Los hechos, por el momento, son estos: El sistema automático antiincendios, requerido en un edificio de 30 plantas, no funcionó aunque su licencia estuviera en orden. No se trataba de un edificio inteligente ni poco aventajado: había encefalograma plano. No hubo alertas. La arquitectura del edificio resultó, sin embargo, de gran calidad. ¿A qué hora se detectó el fuego, a las 22.45 o a las 23.19? Hay distintas versiones sobre la reacción de los cuatro vigilantes. No se sabe qué sistemas previos de control se habían utilizado al amueblar y equipar el edificio de moquetas, cortinas, ni se sabe si eran ignífugos. Los bomberos, por su parte, no pueden rebasar alturas de 50 metros, diez o doce pisos. Si el fuego comienza en la plan- E ta 21, hay una distancia vertical insalvable. ¿No estaremos ante un incendio del Tercer Mundo? Todo gran edificio en obras es peligroso, los sopletes de soldadura producen chispazos, los desperdicios se acumulan sin calcular riesgos. ¿Pero las normas para que existen? ¿Los propietarios del Windsor las cumplieron? No hay relación entre un atentado con keroseno y un accidente. Pero recordamos el ascenso, escaleras arriba, de un piquete de bomberos neoyorquinos el 11 de septiembre de 2001. A partir del piso 80 había un 99,99 por ciento de probabilidades de no regresar. Pero los bomberos siguieron, con escalofriante presencia de ánimo: era necesario ordenar aquella salida, no enloquecer. Los bomberos sabían que no volverían. El acero de la planta 90 se fundiría en pocos minutos, bajaría a la 89, y a la 88... Pero llega la hora de morir y hay que hacerlo con calma. En 1976 nos enseñaba don Ramón Areces los sistemas antifuego de El Corte Inglés. Los sprinkles de entonces disparaban nieve carbónica frente a todo conato de incendio. En la base del gran almacén un equipo vigilaba día y noche las pantallas, transmisoras de las imágenes de cada planta. Cualquier sospecha encendía las alarmas. Así ocurre en el mundo moderno, desde la Revolución francesa. El buen nombre de una ciudad, y de un país depende de su capacidad de luchar contra el azar, contra la maldición como dirían Wagner y sus amigos. La civilización reduce los márgenes de azar. La Inglaterra de Jorge III desarrolló un sistema hacia 1800, que ponía en marcha extintores de agua en grandes edificios. Hacia 1870 se inventó en Estados Unidos un sistema de aspersores químicos, más ligeros, menos devastadores que el agua. Telefoneamos a Saks Co, el gran almacén de la Quinta Avenida de Nueva York: sus sistemas antiincendio datan de 1912, antes de la Primera Guerra mundial. ENGO la impresión que, desde hace algunos meses, la banda etarra está tomando aliento. Respira mejor y se encuentra con más ánimos para preparar y realizar su macabra labor. Incluso se les oye hablar de volver a matar. Tal vez será el reconstituyente del Plan Ibarreche o los barruntos de tregua. El programa golpista del lendakari les habrá alentado para actuar de nuevo. Ya se sabe que, según la doctrina Arzallus, es necesario que unos maten arreen para que otros negocien. Y ya se sabe también que la tregua es la vitamina de los etarras. La tregua es un camino hacia la recuperación. Hay una dilecta predicación del nacionalismo vasco radical que consiste en afirmar que la benevolencia y la debilidad de las fuerzas políticas en el tratamiento del fenómeno terrorista conduce al clima del entendimiento y la pacificación, y en cambio, la severidad y la energía en el combate contra el terror crispa la situación, excita a los asesinos, a sus cómplices y partidarios y provoca la proliferación de atentados. Naturalmente, esta teoría desemboca en la idea de que la paz se consigue mediante la cesión y el pacto, y el tratamiento policial, penal y político implacable producen una reacción aún más violenta. La puesta en marcha del Plan ibarrechista, ibarrechiano o ibarrecharra, como ellos quieran llamarlo, requería una reanimación de Eta muy debilitada desde la política de Aznar. Y es que si no existiera la violencia etarra, ¿qué paz es la que podría ofrecer Ibarreche a cambio de la autodeterminación, la cosoberanía, la asociación del Estado libre de Euskadi y todos esos sueños de independencia delirante? Démosle las vueltas que queramos darle. Al final, lo que Ibarreche da a España a cambio de arrancarle una parte ilustre e inseparable de su cuerpo es la promesa de que Eta dejará de matar y dejara de existir. No es posible encontrar en el discurso de Ibarreche el ofrecimiento de ningún otro precio. El Euskadi libre y asociado acogerá a los criminales liberados, les asegurará un buen pasar durante toda su vida, les ensalzará como gudaris y escribirá su nombre de asesinos por la espalda en el capítulo más negro y más cobarde del pueblo vasco. Bien, todo esto entra dentro de las previsiones normales mientras Eta exista y mientras haya un puñado de gente vasca que se deje entrenar para disparar en la nuca de los inocentes y en poner bombas contra todos los que pasen por allí, contra la hermosa gente del pueblo. Lo que no entraba dentro de las previsiones normales es que un presidente de Gobierno se dé golpes de barbilla en el esternón y escuche casi con complacencia este programa de arremetidas contra España, su Constitución, la soberanía de su pueblo, su integridad, su Estado de Derecho, su convivencia y su paz entre las gentes y entre los territorios de su ser. A José María Aznar se le ha reprochado desde las filas socialistas que sea responsable de crispar las relaciones con este lendakari Ibarreche que se esfuerza en proclamar su repulsa a ser español. ¿Acaso el ambiente en el País Vasco está más relajado ahora con la blandenguería actual? ¿Dialogará Zapatero con ese tirador del rifle dispuesto a asesinar al candidato Basagoiti? ¿Asistirá el presidente a los nuevos entierros?