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24 Internacional MIÉRCOLES 16 2 2005 ABC Partidarios de Hariri se manifestaron ayer en Sidón, con las manos teñidas de negro, contra Siria y el Gobierno libanés EPA VUELTA A LA OSCURIDAD EN LÍBANO GUSTAVO DE ARÍSTEGUI a república libanesa es el país más pequeño del Próximo Oriente, si exceptuamos el futuro estado palestino. Tiene apenas el tamaño de la Comunidad de Asturias y en sus 10.452 kilómetros cuadrados, conviven musulmanes chiíes y suníes, drusos, una minúscula comunidad alawi (escisión herética del chiísmo) comunidades cristianas de maronitas (católicos de rito oriental) greco ortodoxos, melequitas (católicos de rito griego) latinos (católicos, apostólicos romanos) existe una comunidad de armenios, tanto católicos como ortodoxos, pequeños grupos de protestantes y anglicanos y también hay palestinos musulmanes y cristianos, tanto ortodoxos como protestantes o latinos. Durante décadas habían convivido razonablemente, hasta que en el año 74 L las presiones de la Guerra Fría, unidas a la reciente guerra Yom Kipur, así como la presencia cada vez más numerosa de palestinos que se instalaban en el Líbano como consecuencia de su expulsión de Jordania, sometieron al país a tal grado de tensión que dos incidentes que en otras circunstancias no habrían pasado de eso, incidentes, se convirtieron en el detonante de una larga y cruenta guerra civil. El ataque a una iglesia maronita en el barrio de Ain- El- Reneneh y la operación de venganza montada contra el campamento palestino del Ten- ef- zatar, sumieron al país en una interminable espiral de odios, muerte, destrucción y pobreza. La Constitución libanesa de 1926, una Carta otorgada por la potencia colonial francesa, y refrendada por el Pacto Nacional de 1943, esta- blecía un reparto de las más altas magistraturas del estado en función del peso demográfico que cada comunidad tenía en ese año. La presidencia de la república estaba reservada a los maronitas, la jefatura del gobierno a los suníes y la presidencia del parlamento unicameral a los chiíes. El grupo mayoritario de los maronitas creó un partido político y su correspondiente milicia, conocida como los Kataeb, falanges cristianas, cuyo máximo dirigente era el patriarca del Clan Gemayel, Pierrre. Por desavenencias, su hijo menor, Bachir, fundó las Fuerzas Libanesas y obtuvo el apoyo suficiente para convertirse en 1982 en presidente de la república. Los libaneses saben como nadie que trágicos sucesos como los del 14 de febrero pueden volver a desencadenar el infierno Tras su asesinato fue sustituido por su hermano mayor Amin. El Clan de los Franjieh, maronitas que dominaban el noreste del país, fundaron una pequeña milicia llamada los Guardianes del Cedro, en honor al árbol nacional del Líbano. Los suníes carecían de milicia y pensaron que la presencia masiva de palestinos, que en su inmensa mayoría eran, como ellos, suníes, podría servirles como defensores de su causa, como milicia de los suníes libaneses. Obviamente se equivocaron. Los chiíes, por su parte, que ya por entonces constituían la mayoría del país, eran también los más desfavorecidos, lo que en el lenguaje político y religioso del mundo islámico se llama las masas desheredadas. Un joven clérigo iraní, el mulá Musa Sader fundó el movimiento Amal, acróstico que hace referencia a la resistencia chií, pero que significa también esperanza en árabe. Tras su desaparición en 1970 en extrañas circunstancias en un viaje oficial a Libia, fue sustituido por un político laico chií, llamado Nabih Berrih. A partir de 1985 los elementos más radicales de Amal se escindieron fundando la Amal Islámica que acabaría convirtiéndose en el embrión de Hizbolá, creación alentada y fomentada desde la mismísima Embajada de Irán en el Líbano. Los drusos del clan de los Jumblat, con el popular y populista Kamal a la cabeza, a quien sucedió su hijo Walid, tras su asesinato. Todos estos actores acabaron enredando, más allá de toda comprensión fuera del Líbano, las razones que les llevaron a la guerra civil y que casi nadie ya recordaba, puesto que los odios alimentaban nuevos odios y la espiral interminable de muertes y vendetas, parecía hacer imposible una reconciliación nacional. A todo esto la Guerra Civil se agravó con la aparición virulenta del terrorismo yihadista que estableció en Beirut su laboratorio y campo de experimentación. La presencia de fuerzas extranjeras de Estados Unidos, Francia e Italia, les dio una oportunidad única para probar métodos y tácticas como el camión bomba, que más tarde se extenderían a todo el planeta. Los ataques a los marines estadounidenses y a los legionarios franceses forzaron la salida de las tropas internacionales y envalentonaron, más allá de lo imaginable, a los terroristas, que lamentablemente contabilizaron la retirada como un importantísimo éxito. Los Acuerdos de Taif de 1989, que se pusieron por fin en práctica en 1990, terminaron con más de 15 años de guerra civil y de inestabilidad endémica. Desde el asesinato de René Moawad en noviembre de 1989, no se había vuelto a vivir una situación de tanta tensión e inestabilidad en la república levantina. Mis amigos y mis familiares me confiesan estar embargados por una honda preocupación y serios temores. Los libaneses, que tanto han sufrido, saben como nadie que trágicos sucesos como los del 14 de febrero pueden volver a desencadenar el infierno. Las más negras épocas del Líbano parecían superadas, la frase más repetida estos días en Beirut es el lacónico y dramático hemos vuelto a los viejos tiempos