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ABC MARTES 15 2 2005 29 Los vigilantes del edificio Windsor intentaron apagar el fuego solos, según los expertos Los cortes de tráfico en la zona cero provocan colapsos en el Metro y un caos circulatorio Imagen del incendio desde un edificio próximo BIBIANA FIERRO Recordamos a los bomberos del 11- S Mientras evacuaban a la carrera el edificio, José y David recordaron miles de imágenes que tienen ya grabadas en sus retinas. Se acordaban de los cientos de bomberos que fallecieron en el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. Vi a los bomberos neoyorquinos en el momento en el que atravesaban los torniquetes de entrada a las Torres para acceder al interior dice José. Pensaba que ellos debieron sentir lo mismo que nosotros en aquellos instantes. La escalera se hacía eterna. Bajábamos todas las dotaciones, en silencio, pensando que aquello se iba a hundir. Contábamos las plantas una a una, la 16, la 15... Cuando miré otra vez, todavía íbamos por la décima David no olvida que todos nuestros jefes se quedaban atrás y paraban para comprobar que todos los efectivos bajaban, que nadie se perdía en el camino Ya fuera del Windsor, en la calle, los nervios se templaron. Todos y cada uno de los que entraron a sofocar las llamas se encontraban a salvo. Los bomberos combaten las llamas desde un coche escala vo, a la planta de Ernesto. Ellos tenían mangaje suficiente y podríamos cogerles unos metros Una decisión acertada, como comprobaron después. Ningún otro signo les permitió adivinar el trágico escenario que les esperaba al bajar las escaleras. Oíamos muchos ruidos, de escombros o techos cayendo Pero entre todos aquellos sonidos, fueron los gritos desesperados de Ernesto y de su compañero los que les dejaron sin respiración. Lo olvidamos todo. El incendio, la planta donde estábamos, los equipos de respiración... Sólo oíamos a Ernesto pedir ayuda. Lo único que se piensa en esos momentos es en salvar a los compañeros AFP y salir de allí... Ernesto hace ahora un esfuerzo por recordar aquellos dramáticos momentos. Acaban de sofocar el incendio de la 22, cuando el equipo de respiración autónoma de su compañero avisa de que ha entrado en la reserva de aire. Sólo quedan unos cuatro minutos. Decidimos salir a recoger otro equipo, entrar de nuevo y rematar la faena. Pero en ese mismo momento, el aire de mi compañero se agotó por completo. Me enganché a su chaquetón e intenté buscar una salida, pero ya no se veía nada. Es como si te taparan los ojos. Sin aire y todo lleno de humo. Además, perdimos el mangaje que nos servía de guía. Puede que sólo estuviera a 20 centímetros de mí, pero no lo veía. Llegó un momento en que ya no podía avanzar. A cada paso y en cualquier dirección tropezaba con las paredes. Nos quedamos atrapados. Así que me detuve, me quité la máscara y compartí el aire que me quedaba con él. Calculé que teníamos seis minutos. Fue entonces cuando pensé que había llegado mi hora. Vi que mi vida se iba. Ni siquiera tenía esperanzas de escuchar nada, ni una voz... Me quedé en blanco El relato de Ernesto ha dado paso a un profundo silencio que invade la estancia donde se celebra esta entrevista. Ellos se miran a los ojos en un gesto de complicidad y ahogan sus emociones en un suspiro, porque ninguno olvidará nunca aquellos minutos de angustia. José y David todavía mantienen vivos los gritos de sus compañeros pidiendo auxilio. Me habría metido a por ellos donde fuera afirma José, mientras David asiente con la cabeza. En peligro de muerte Por fortuna, ambos llegaron a tiempo e inmediatamente condujeron a sus compañeros hasta el ascensor, la vía de escape más rápida. Estaban a tres pasos de la salida recuerda David. Sólo cuando les tuve en mis brazos me sentí tranquilo interrumpe José. La dotación al completo descendió hacia la planta baja del edificio Windsor. Allí recogieron mangaje de mayor capacidad y volvieron a subir. Ahora uti- lizarían otro sistema para detener el incendio. Conectaron las mangueras del camión autobomba a una columna seca, instalación que recorre toda la altura del edificio, para suministrar agua a las plantas superiores. Pero no funcionaba. Ya en la 22, comprobamos que no llegaba presión suficiente y el agua no tenía fuerza de alcance para detener el foco de incendio. Así que dos de nosotros tendrían que subir a una planta superior para cortar la llave de sección de la columna seca y conseguir así más presión. Pero la llave tampoco cortaba Entre tanto, un fallo en el equipo de respiración autónoma de José le dejó sin aire. Volvía a ocurrir. La tensión, los nervios... Un humo denso que impedía la visibilidad... Una vida otra vez en peligro. Por fortuna, de nuevo, alguien llevó a José hacia la escalera. Y también se salvó. Las imágenes se suceden. Estábamos en la 22, por encima ardía la 23 y por debajo la 21. No fue una ratonera porque el edificio estaba compartimentado, pero todas sus caras ardían a nuestro alrededor Bajamos algunos peldaños para que José se recuperara... Volvimos a subir... Y sucedió. Un estruendo por encima de nuestras cabezas, como si pasara un tren Y un silencio que se hizo eterno. Inmediatamente, llegaron nuevas órdenes por las emisoras: Que todas las dotaciones desalojen rápidamente el edificio Una y otra vez, insistentemente. Salimos de allí a la carrera.