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28 MARTES 15 2 2005 ABC Madrid RELATO A ABC DE LOS BOMBEROS QUE SUBIERON A LA TORRE Sólo oíamos pedir ayuda; lo único que se piensa es en salvar a los compañeros y salir de allí Cuando llegamos, el fuego debía llevar tiempo ardiendo afirman b Varios fallos en los sistemas antiincendio del edificio Windsor estuvieron a punto de provocar una tragedia entre los hombres del Servicio de Extinción de Incendios M. J. PÉREZ- BARCO MADRID. Ernesto (como los demás protagonistas de este relato, un nombre ficticio) acaba de colgar el teléfono a su mujer cuando suenan las alarmas en el parque de bomberos. Las agujas del reloj rozan las 11.30 de la noche. Fue una salida extraña desde el principio recuerda ahora, treinta y seis horas después de haberse salvado del infierno en que se convirtió el sábado el edificio Windsor de Madrid. En cada aviso siempre se encienden antes las luces, como una primera advertencia, y después suenan los timbres en todo el recinto. Pero en esta ocasión ocurrió al contrario Quizá una intuición, quizá una advertencia de lo que estaba por llegar, o simplemente la anécdota que refresca ahora la memoria de aquellos primeros momentos. La misma sensación que invadió a José y Pedro, dos de los compañeros con los que compartiría más tarde los minutos más angustiosos de su vida. Pocos segundos después, una de las primeras dotaciones de bomberos en llegar al lugar de la catástrofe (ocho efectivos) se dirigía a toda velocidad al cruce de la calle Raimundo Fernández Villaverde con Orense. Fue la primera información que recibimos Mientras comprobaban sus equipos en el interior del camión autobomba, la emisora lanzaba nuevos datos: Es un edificio de gran altura, una planta vigésimo primera Cruce de miradas y momentos de silencio se mezclaron con los consejos del jefe de carruajes y de los más veteranos: Hay que ir tranquilos y sobre todo no separarse del compañero en ningún momento Sabias recomendaciones, como podrían comprobar poco después. A partir de una quinta planta- -explica Pedro- -cualquier incendio se complica, porque hay que tirar más mangaje, tienes que subir más escaleras y el desgaste físico es mucho mayor Un bombero trabaja sin descanso para combatir el siniestro AFP Una cadena de fallos Dentro, tenía que haber estado, literalmente, lloviendo. Pero los rociadores automáticos no habían cumplido su trabajo La boca de incendio, la que suministraba el agua, tenía poca presión. Y tuve que penetrar 50 centímetros más en la habitación para que llegase a los focos de incendio A través de la columna seca tampoco llegaba presión suficiente y el agua no tenía fuerza de alcance para detener el foco de las llamas. Así que decidimos cortar la llave de sección en una planta superior, la 24, para obtener más presión. Pero la llave tampoco cortaba el paso del agua Windsor ardiendo y, lo que es peor, cómo las lenguas de fuego habían conseguido salir, ya, por las ventanas. Entonces supimos que no era un incendio normal, que había que actuar con rapidez. Un fuego así ya debía llevar tiempo ardiendo: había podido romper al exterior Entraba más oxígeno y las llamas se extendían. Llevaba tiempo enganchado argumenta José. Cuatro minutos más y desembarcaban en la puerta del edificio Windsor, equipados con sus sistemas de respiración autónoma, cuerdas, arneses y cargando unos 50 metros de mangajes. En total, 40 kilos de peso por bombero. Cogimos los mangajes de 25 milímetros porque nos permiten mayor movilidad en el interior, y acceso a todos los rincones. Son más manejables La orden era alcanzar la planta 22 desde dentro del edificio. No podíamos perder tiempo, había que llegar lo antes posible al fuego y teníamos que ahorrar energías. Por eso, subimos en el ascensor En la 19, lo abandonaron y tomaron las escaleras para acceder a la planta 22. En la 21 otra dotación ya está atacando el fuego Ahora, por las escaleras, los hombres acceden al hall de la planta 22. Allí todavía se podía respirar sin autónomo recuerda David. Un lujo que duró poco tiempo. Había que reconocer el estado de todo ese nivel, pasillo a pasillo, puerta a puerta... Aún estaban todos juntos, rostros serios, en silencio- la procesión va por dentro -y sobre todo sin despistarse, ni un sólo segundo, de sus compañeros. Sin la presión suficiente Dentro, tendría que haber estado, literalmente, lloviendo. Pero los rociadores automáticos (sprinklers) no habían cumplido su trabajo explica José. Un par de minutos más y las mangueras están conectadas a una boca de incendio equipada (BIE) Con cada paso el humo se hacía más denso y aumentaba el calor. Me quité el guante y toqué una de las paredes- -explica David- Estaba caliente. Y si hay calor es que hay fuego detrás Bastó con abrir la puerta para confirmar la pesadilla: una sala completamente arrasada por las llamas. Por parejas, los ocho se turnan ahora para contener el fuego. Una tarea que supone no pocos esfuerzos. La boca de incendios, la que suministraba el agua, tenía poca presión, así que tuve que cruzar la puerta y penetrar 50 cen- La primera sorpresa Desde el puente de la calle Raimundo Fernández Villaverde los ocho miembros de la dotación pudieron ver con sorpresa una planta entera del edificio tímetros en esa habitación para hacer llegar el agua a los focos de fuego. Al avanzar sentía cómo el guante se pegaba a mi mano por el calor, cómo comenzaba a quemarse. No podía aguantar esa temperatura recuerda Ernesto. En ese momento, llega una nueva orden. Ernesto y otro compañero seguirían luchando con el incendio de la 22. Mientras, el resto de la dotación subiría a reconocer la planta 23. En ese nivel se estaba colando el fuego. A medida que avanzábamos por los pasillos el calor era más intenso, lo notábamos en el cuello. Y el humo ya no nos permitía ver nada. Por si fuera poco, el mangaje ya no llegaba hasta donde estábamos. Por eso decidimos bajar, de nue-