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ABC MARTES 15 2 2005 Opinión 7 JAIME CAMPMANY El pito del sereno suena y la voz monótona y sosegada anuncia que el cielo está despejado. El chaparrón nos va a pillar en pelota EL PITO DEL SERENO O no sé si Zapatero, entretenido como está con las sonrisas, el talante y el referéndum de Europa, se ha percatado de que sus socios lo toman por el pito del sereno. Es curioso. Estos socios políticos de Zapatero, primero lo ponen de presidente del Gobierno, y luego, a cada cosa que manda, le hacen la higa y proclaman que se van a pasar el mandato gubernamental por el mismísimo arco del triunfo. Es como si lo sentaran en La Moncloa y le dijeran: Anda, Zapaterito bonito, manda algo para que nos riamos Por ejemplo. Ahí tienen ustedes al lendakari Juan José Ibarreche. Ha dicho por activa, por pasiva y por perifrástica, y lo ha dicho hasta en el Congreso de los Diputados, que va a convocar un referéndum para aprobar su Plan, y que le da lo mismo que sea legal o ilegal, que lo permita o no lo permita el Gobierno, y que cuando esté aprobado, lo promulga, le da valor de ley y declara a Euskadi independiente. Confieso que no tengo claro qué es lo que debe hacer un jefe del Gobierno cuando un presidente de Comunidad autónoma dice una barbaridad así de gorda en el Congreso de los Diputados. No sé si debe llamar a los ujieres, a los guardias, a los loqueros, a los ropones, al exorcista, o a su mujer para que se lo lleve del escaño dulcemente. Hombre, desde luego, algo hay que hacer, porque estas cosas no se quedan así; si no se reducen a tiempo, estas cosas, como los calabazazos, se hinchan. Y ahí tienen también ustedes al nunca bien ponderado Carod- Rovira, chiquito pero matón, que anuncia muy pichi y muy manoletín, en plan chulángano, que el Estatuto de Cataluña será lo que quieran los catalanes y nadie más que los catalanes, que le importa un panellet lo que diga la Constitución, el Parlamento nacional y los españoles (o sea, el pueblo soberano) y manda al ministro Jordi Sevilla que se calle y no opine acerca del Estatut Otro majara que se pasa la Constitución y el mapa de España por debajo de la entrepierna y después vota a Zapatero para que la gobierne. Y ahora viene Arnaldo Otegui, viejo terrorista a horcajadas entre el discurso y la pistola, y anuncia con la misma insolencia que su amigo Carod- Rovira, que Herri Batasuna se presentará a las elecciones vascas y exige a Zapatero su legalización, al tiempo que advierte que no habrá contrapartida por ello. Ya ha nombrado a los cabezas de lista por las tres provincias vascas, y él mismo encabeza la de Guipúzcoa. Y aún plantea otra exigencia al lendakari: que no convoque las elecciones hasta que no se garantice la presencia de Herri Batasuna en las listas de elegibles. Esto es lo que hay y esto es lo que está cayendo. El pito del sereno suena y la voz monótona y sosegada anuncia que el cielo está despejado. El chaparrón nos va a pillar en pelota. Me reconforto releyendo el párrafo que contra los nacionalistas escribe Pío Baroja, ilustre vasco, citado ayer aquí por Juan Velarde en un espléndido artículo: ¡Qué obra la de los catalanistas y bizcaitarras! ¡Excitar el odio interregional, fomentar el cabilismo español, ya dormido! ¡Qué pobreza! ¡Qué miseria moral! Pues, eso. Y IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Quienes otorguen más peso a los bienes optarán por el voto afirmativo; los que valoren más los inconvenientes, por el negativo, y quienes no superen la perplejidad, les queda el voto en blanco. Todas las opciones pueden ser europeístas CUATRO OPCIONES EUROPEÍSTAS A decisión de convocar un referéndum precipitado y que exhala un nítido tufo plebiscitario, la ausencia de un debate serio y profundo, el desconocimiento generalizado entre los ciudadanos y la actitud y la mayoría de los argumentos esgrimidos por el Gobierno conforman un panorama de desoladora anomalía. Desde esta perspectiva, un europeísta podría optar legítimamente por la abstención como expresión de su rechazo, no al texto, sino al convocante, a la convocatoria y a sus circunstancias. La segunda opción consistiría en valorar el tratado constitucional y decidir como consecuencia del balance favorable o desfavorable. La decisión es, desde mi punto de vista, compleja, pues abundan los bienes y no faltan los graves errores y deficiencias. Entre los primeros, los bienes, pueden mencionarse los siguientes: la concreción del proyecto político europeo con su definición como unión de ciudadanos y de Estados (no de pueblos ni regiones) sus valores y objetivos; el avance en el proceso de construcción política de Europa; los progresos en ámbitos como las libertades, seguridad y justicia; la (insuficiente) democratización y el acercamiento de las instituciones a los ciudadanos, por ejemplo, a través de la regulación del derecho de iniciativa popular; el paso del método económico de integración al modelo de la integración política; la introducción de la cláusula de defensa mutua; la garantía de la integridad territorial de los Estados miembros, y, en general, la asunción de los principios y valores (con algunas reservas) que han presidido la integración europea. Todo esto, entre otras cosas, formaría parte de lo mucho que de bueno para España y el resto de los países de la Unión tiene un tratado que, en gran medida, es una refundición, ampliada con novedades, de los textos vigentes. En contra tampoco faltan los argumentos. La refe- L rencia en el Preámbulo al valor de la herencia cristiana, así como a otros elementos de la civilización europea, es insatisfactoria. Ante lo dicho, casi hubiera sido preferible no hacer referencia a la tradición. Bien es verdad que se recogen derechos, principios e instituciones que sólo son inteligibles como consecuencias del cristianismo. Tampoco se cierra la puerta legal al aborto libre, la eutanasia, la clonación terapéutica, el matrimonio entre homosexuales o la adopción de formas de familia independientes del matrimonio. En muchos casos conflictivos se produce una remisión a las legislaciones nacionales. Es verdad que sobre estas cuestiones y otras muchas no existe consenso general, y difícilmente se podría haber hecho otra cosa en el estado actual de la opinión. El texto diseña un entramado institucional complejísimo que incrementa la burocracia y adolece de cierto déficit de control democrático. También, desde la perspectiva española, se produce una notable pérdida de poder decisorio con relación al Tratado de Niza. Por lo demás, sorprende el actual silencio de quienes, especialmente los que lo hicieron desde el Partido Socialista, tanto vocearon contra la intervención en Irak sobre la autorización del texto a las intervenciones militares preventivas. Quienes otorguen más peso a los bienes optarán por el voto afirmativo; los que valoren más los inconvenientes, por el negativo, y quienes no superen la perplejidad, les queda el voto en blanco. Las tres opciones pueden ser europeístas. Por mi parte, entre ellas, opto por la primera, pues es preferible continuar, aunque sea de modo defectuoso, por la vía del fortalecimiento de la Unión que parar el proceso, aprobado por el Parlamento Europeo y apoyado por nuestros dos principales partidos, buscando la imposible aceptación general de las propias preferencias: un sí plagado de reservas.