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ABC MARTES 15 2 2005 La Tercera ¿ES CHINA UN PELIGRO? HINA es uno de los países más prodigiosos de la Tierra. Además, está de moda. En el año 2004 la nación amarilla fue por primera vez el país sobre el que más noticias se divulgaron, por delante de los Estados Unidos. Hace unos días volvió a batir uno de esos récords que asombran al mundo entero: ha alcanzado los 1.300 millones de habitantes. Sin olvidar que las autoridades reconocen, en privado, que quizá haya al menos otros ochenta millones adicionales de ciudadanos no censados. Es decir, toda una Alemania escondida, principalmente en el entorno rural del interior, donde se teme a las multas y represalias por desobedecer la política del hijo único. Evidentemente, las estadísticas ponen de manifiesto la fuerza emergente del descomunal coloso. Hoy China es sinónimo de oportunidad y cada vez son más los que tratan de acercarse a esa parte del lejano oriente, sabiendo que si salen bien las cosas allí, saldrán a lo grande. Esta semana se ha sabido que la Unión Europea ha pasado a ser el principal socio comercial de China: en el 2004, el comercio entre ambos llegó casi a 160 billones de euros (210 billones de dólares) y se incrementó el 35 por ciento respecto al 2003. Esa oportunidad no es sólo de naturaleza económica, sino que se presenta también para la cultura, la fe, la política, el deporte. Un pequeño botón de muestra es la visita de Esperanza Aguirre a Pekín y Shangai para promocionar la Comunidad de Madrid, y especialmente la candidatura olímpica Madrid 2012. Los recientes movimientos diplomáticos europeos de acercamiento a China parecen obedecer a un deseo de buscar un contrapeso al poder hegemónico de los EE. UU. haciendo efectiva la multipolaridad del tablero mundial. Pero, si frente a la superpotencia norteamericana la actitud europea mezcla la amistad con el recelo, parece lógico que la aproximación a la potencia asiática tenga que ser examinada cuidadosamente. Al menos, empleando las mismas precauciones que se exigen para las relaciones con otros países con regímenes no democráticos. Sin embargo, parece que la Unión Europea está actuando respecto a China movida sobre todo por los intereses económicos, pasando de puntillas por la cuestión de los derechos humanos. Esta política se parece sospechosamente a la que se critica tanto a los norteamericanos, cuando se les imputa una irrefrenable sed de petróleo, para explicar su actuación en Oriente Medio. Un ejemplo de esta política europea son los esfuerzos de la Unión para suprimir el embargo de armas a China, impuesto tras la matanza de Tiennammen en 1989. Javier Solana ha viajado hace poco a Washington para intentar convencer a la administración Bush de la inocuidad de la medida. Parece que los resultados del viaje no han sido muy satisfactorios ya que los EE. UU. tienen presente los riesgos reales de un conflicto con motivo de la soberanía de Taiwan. Además, el Gobierno norteamericano no se fía de la actitud de algunos países concretos, especialmente Francia, uno de los principales exportadores de armas del mundo. El riesgo no provie- C La inmigración china no es un problema para España, sino sobre todo una oportunidad: la de incorporar un grupo con una cultura rica, antigua y diferente ne tanto de la venta de armas convencionales- -pues Rusia puede abastecerles sobradamente- -sino de la exportación de tecnología para uso militar. Esa es la aspiración de China, que ya está invirtiendo 200 millones de euros en el proyecto Galileo de la UE, un sistema de satélites comerciales que independizaría a Europa del sistema americano GPS. Entre nosotros, China es y será todavía por algunos años una auténtica desconocida. Ciertamente la mayoría de los españoles están familiarizados con su enorme poderío demográfico y se conoce la singularidad de su sistema político, que se antoja imposible en otras partes del mundo. Se sabe bien que en él conviven el comunismo real- -con una inaceptable injerencia en las esferas más íntimas de la persona, como la familia o la libertad religiosa- con el capitalismo primitivo, en el que un sistema universal de Seguridad Social es sencillamente inimaginable. En general se sabe poco más, además de la existencia de la Gran Muralla- -que es la única obra humana visible desde la Luna- y de la comida china, saludable y accesible en miles de populares restaurantes en España. En total, en nuestro país viven hoy unos 70.000 chinos, con una media de edad baja, y nacidos principalmente en China. La comunidad china en España ha conseguido, a pesar de la difícil adaptación lingüística para quien apenas si tuvo acceso a la educación básica en su país, y gracias a un soberbio instinto comercial, hacerse con buena parte del pequeño comercio nacional en sólo una década. Una muestra de la pujanza creciente del talento mercantil de la co- munidad chino- española es la Asociación de Compañías Comerciales Chinas en España, formada por un grupo de jóvenes empresarios de considerable éxito, que representan a más de doscientas empresas chinas existentes en España, de la que tengo el honor de ser su secretario general. Esta circunstancia me ha permitido conocer más de cerca la fascinante cultura china y el talante de sus representantes en nuestra sociedad española. Los inmigrantes chinos se caracterizan por su laboriosidad y espíritu de iniciativa. Cuando llegan a España, no dudan en aceptar los trabajos más duros, habitualmente en el seno de la comunidad de sus compatriotas, con la esperanza de comenzar pronto su propia actividad comercial. Pero, además de sus cualidades emprendedoras, la comunidad china en España cuenta con un activo singular: la propia China. Allí se produce todo a precios sensiblemente inferiores al resto del mundo, en virtud, entre otros factores, de una mano de obra con una remuneración bajísima (una media de 90 euros al mes) Basta con seleccionar el producto que se quiere comercializar para encargarlo hacer en China, donde se consigue producir y transportar a precios imbatibles. No faltan, evidentemente, las críticas hacia la comunidad chino- española. Unas son razonables, otras provienen del desconocimiento de la cultura china, pero la mayoría de ellas son sencillamente injustas. Las denuncias sobre el constante recurso a la réplica de productos occidentales, por ejemplo, están justificadas por cuanto lesionan los derechos de los propietarios de marcas y modelos de utilidad, pero olvidan que el desarrollo económico de Japón también comenzó de la misma manera. Es cierto, también, que en la comunidad china en España hay empleo sumergido, pero no se puede obviar que no mucho más, en proporción, al que tienen otros grupos de inmigrantes. En cuanto al problema de la deslocalización, nadie niega que opera principalmente en dirección a China. Pero también es cierto que España empieza a no ser un lugar adecuado para trabajar en los escalones bajos de la cadena de producción y por eso es necesario ocupar otros espacios económicos más interesantes. En cualquier caso, hoy por hoy, China no es un peligro. En un par de décadas alcanzará el liderazgo mundial económico y reclamará un protagonismo político proporcional. Es una incógnita saber cómo evolucionará su actual sistema político. Sería muy preocupante que siguiese al frente del país una nomenclatura como la actual, que sacrifica algunos derechos fundamentales en aras del indeterminado interés nacional. Por lo que a 2005 respecta y en términos socioeconómicos, la inmigración china no es un problema para España, sino sobre todo una oportunidad: la de incorporar un grupo con una cultura rica, antigua y diferente. A los chinos no hay que temerles sino conocerles mejor y aprender a hacer buenos negocios con ellos. JAVIER CREMADES Abogado