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ABC DOMINGO 13 2 2005 Nacional 25 Por Álvaro DELGADO- GAL UNA MONEDA AL AIRE D e una u otra manera, por exigencias del guión y también por falta de alternativas, es necesario, dentro de una democracia, que se crea en la voz del pueblo. El caso, sin embargo, es que la voz del pueblo es bastante misteriosa. En primer lugar, da signos manifiestos de sí de tarde en tarde. Quiero decir, cuando se convocan elecciones. En segundo lugar, existen versiones muy distintas sobre el tipo de pensamiento o estimación que la voz enuncia. Reparemos en España. ¿Cuántos españoles siguen de verdad la política? ¿Cuántos leen varios diarios, sopesan sus concurrencias y desavenencias recíprocas, escuchan los debates sobre el Estado de la Nación, etc... Un porcentaje pequeño. ¿Qué número está en grado de enjuiciar con tino los presupuestos, o la ejecutoria de un ministro de Exteriores? Menos todavía. A la vista de este hecho inconcuso, los políticos profesionales procuran medir el éxito de su gestión entre los electores acudiendo a las encuestas. Se trata de una decisión racional, aunque de utilidad discutible. Hay quienes opinan que las encuestas no sirven para nada; están los que no gobiernan sino con las encuestas delante de los ojos; y tenemos también a los que afirman que las encuestas funcionan en unas ocasiones, y no en otras. La apreciación última es a su vez más compleja de lo que parece, puesto que existen muchas maneras de interpretar el éxito de una predicción estadística. Compare el lector, no más, el caso de los partes meteorológicos, con el de una respuesta dada al azar. El meteorólogo se equivoca con frecuencia, pero no acierta por casualidad. Prueba de ello es que la fiabilidad de los partes ha ido creciendo conforme aumentaba el número de datos disponibles por el meteorólogo y la perfección de los modelos matemáticos que en ese ramo de la física se han logrado desarrollar. Imaginemos, a continuación, un ejercicio consistente en que alguien piense en un número, y una segunda persona pronostique si ese número es par o impar. El porcentaje de aciertos será del 50 Resultaría optimista, no obstante, afirmar que el pronosticador ha descubierto una técnica que hace bueno su pronóstico en el 50 de los casos. Más propio sería decir que se acierta en el 50 de los casos porque la mitad de los números, ¡ay! son pares, y la otra mitad, impares. ¿Atina el encuestador a la manera del meteorólogo, o es más bien pariente del adivinador espurio? Que me perdonen los encuestadores, pero yo no tengo las ideas claras. Me confirmo en mi oscuridad tras haber leído los últimos datos del CIS. Entresaco, del alud de noticias demoscópicas, sólo dos. Según el CIS, el porcentaje de españoles que considera buena o muy buena la situación política ha crecido, de diciembre a enero, en 6.5 puntos. Si se va a los detalles, se obtienen resultados aún más espectaculares: mientras que en diciembre se registraba un empate virtual entre los que veían mal o muy mal la situación política, y los que la veían bien o muy bien, en enero los segundos superaban a los primero en más de nueve puntos. El proceso se invierte cuando se pasa a la situación económica. Ha bajado en ocho puntos el porcentaje de los que la consideran buena o muy buena, y sube la percepción negativa en seis puntos. Componiendo subidas y bajadas, nos encontramos con que los optimistas superaban a los pesimistas en 22 puntos hace mes y pico, y que esa distancia se ha recortado en 14 puntos. Todo esto es rarísimo. En primer lugar, sorprende que mejore mucho la percepción política al tiempo que empeora aún más la económica. Lo normal habría sido que se registrara una correlación de signo más entre ambas evoluciones. En segundo lugar, intriga que mudanzas tan grandes hayan ocurrido en lapsos tan cortos. Y finalmente, produce un pasmo infinito que la gente semeje estar en Babia. Porque han ocurrido, sí, cosas importantes entre diciembre y enero, sólo que de sentido contrario al movimiento de la opinión. En enero, en efecto, trascendieron dos buenas noticias en el campo económico: los datos de empleo para el 2004 fueron mejores de lo esperado y se saldó el año con superávit. Se verificó, a la inversa, una horrible nueva en el terreno político: la ofensiva de Ibarreche se materializaba el 30 de diciembre, justo en el engarce entre los dos meses. ¿Cómo dar cuenta de tales contradicciones? Los antidemócratas tienen una explicación muy a mano: la de que la voz del pueblo es la voz de un sandio en estado etílico. Personalmente, no acepto esta explicación, y no por razones de caridad o de principio sino de sentido común. Otras explicaciones podrían ser: al personal le importan un bledo el superávit o los datos del paro y expresa pesimismo en enero porque se ha quedado sin numerario después de los excesos de diciembre. O también: ha levantado más esperanzas el seudopacto entre Zapatero y Rajoy, que preocupación la arremetida en toda regla de Ibarreche. Lo primero se me antoja dudoso, y lo segundo increíble. Prefiero dudar de la propia encuesta. Ha salido absurda por lo mismo que otras veces sale razonable. O sea, por puro accidente.