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ABC DOMINGO 13 2 2005 La Tercera SÍ A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA LEVAMOS muchos días inmersos en pleno debate sobre el Tratado Constitucional para Europa, en los medios de comunicación en infinidad de tertulias y conversaciones, y yo les confieso que cuando he comparecido ante la opinión pública he dejado bien claro que mi propósito no es convencer a los que de antemano son contrarios al proceso de integración europea ni tampoco a los que, en el otro extremo, solo aceptan un sistema estrictamente federal. Yo quiero dirigirme a los que consideran que la integración ha aportado hasta ahora un saldo muy positivo a España y a Europa, y son partidarios de compartir con otros ciudadanos y con otros Estados un espacio público como el europeo, porque contribuye al bienestar, al desarrollo, a la seguridad y a la paz. Es decir, me dirijo a los que comparten las ideas básicas de la construcción europea, las han compartido siempre y fueron, además, partidarios de la adhesión de España hace 20 años y entonces nadie nos preguntaba lo que decía el Tratado, como tampoco lo hicieron cuando solicitamos la adhesión nueve años antes. Porque se quería y se creía en la Comunidad Europea. Pero ahora algunos de estos antiguos partidarios, de repente, se han enfadado con este texto constitucional por causas, yo creo, ajenas al documento y buscan pretextos para decir que se abstienen o que van a votar en contra. Para algunos, el motivo puede ser, por ejemplo, que haya desaparecido de uno de los borradores del Preámbulo la mención a la herencia cristiana, cosa que yo lamento como el que más, pero debe reconocerse que tal mención ni estuvo nunca antes en el Tratado, ni con Schuman, ni con Adenauer, ni con De Gasperi, tres grandes cristianos padres de los primeros textos europeos, ni ha sido obstáculo para que en la Carta Constitucional figure el reconocimiento a las asociaciones o comunidades religiosas- -lo que no ha ocurrido hasta ahora- -así como la libertad de creación de centros docentes y el derecho de los padres a la educación religiosa de sus hijos, mencionándose igualmente la religión, como uno de los elementos de la herencia europea. Otros dicen también que España pierde poder porque ya no tendrá los votos en el Consejo que se le reconocieron en Niza. Sin embargo lo que sucede es que todos los Estados, incluido Polonia que era el más reacio, han aceptado modificar el método de votación y se ha pasado de un sistema de voto ponderado, es decir tantos votos a cada Estado- -por ejemplo España 27, Francia y Alemania 29- -a un sistema en el que, para llegar a acuerdos, se necesita que lo aprueben al menos un 55 por ciento de Estados que representen al menos un 65 por ciento de población. Todo esto dirán ustedes que es muy técnico. Es verdad. Pero tiene que haber un método para adoptar acuerdos, intentando llegar a una L fórmula, que aunque no sea ideal, pueda ser aceptable para todos los Estados. ¿Es peor este método para España que el anterior? Es cierto; pero hay otras muchas compensaciones en el Tratado y además no creo que represente ningún perjuicio serio dado que hay cuestiones que a nosotros nos afectan de forma muy decisiva, como los temas de financiación, y en ellas, la regla es que los acuerdos se tomen por unanimidad y, por consiguiente, España podría vetarlos si atenta contra sus intereses. Permíntame que vuelva ahora un instante la mirada atrás, a los momentos iniciales de la Comunidad. Allí se puso en marcha un pro- Desde el máximo respeto a los discrepantes, debo decirles que a mi juicio, los españoles debemos votar a favor, aunque no nos gusten algunas cosas, pero tenemos que estar en la vanguardia del proyecto europeo porque eso es bueno para España. No perdamos el tren. Más tarde nos podemos arrepentir yecto de paz y reconciliación que ha ido creando además sucesivamente un gran mercado, una moneda única, una mayor seguridad interior, un comienzo de política exterior y una acción común en materia de defensa. Y ahora nos encontramos con el mayor salto que ha dado nunca la Comunidad, con la integración de unos Estados y unos ciudadanos, que han vivido bajo la opresión comunista, que solicitan- -en el instante mismo de su liberación- -la incorporación a la Unión, y a los que no podemos negarles la entrada. Pero con los instrumentos actuales, con las instituciones tal y como están ahora, la Unión no puede funcionar y esto nos perjudica a todos, también a los españoles. Ya han ingresado 10 países, dos lo harán en el 2007, Turquía para una fecha indeterminada y solo si cumple todas las condiciones, y están a la espera los países balcánicos y la propia Ucrania reclama un puesto para el futuro. Todo esto exigía una revisión de los tratados, una mayor simplificación de los textos, una mayor transparencia, un mejor reparto de competencias de lo que corresponde a la Unión y lo que corresponde a los Estados; una regulación en común del espacio interior europeo en materias como la emigración, el asilo, la cooperación judicial y policial, la lucha contra el terrorismo; hacer que la política exterior sea más eficaz a través de una representación única, que el Presidente del Consejo en lugar de cambiar cada 6 meses permanezca hasta 5 años y su función no coincida con la de Presidente del Gobierno en ejercicio; que a lo que son leyes, se les llame leyes, y no con ese críptico nombre de directivas; que la Constitución tenga una Carta de Derechos Fundamentales, que se puedan invocar ante los tribunales nacionales, y el Tribunal de Justicia europeo; que en este nuevo marco se reconozca el papel de los Parlamentos nacionales para que se oiga su voz, ante las propuestas de la Comisión. Todo esto lo recoge la Constitución y es una novedad respecto al Tratado anterior. En fin, y esto es muy importante, que la Unión quede definida como Unión de Estados y Ciudadanos, -no de pueblos como decía el texto anterior, un término que se presta fácilmente a confusión- -unidos por valores comunes, con objetivos comunes, reconociéndose expresamente la integridad de cada Estado y su organización política, lo que excluye expresamente cualquier aventura secesionista o independentista. Por eso votará en contra Esquerra Republicana de Cataluña y es lógico que así lo haga. Pero es también un motivo poderoso para que quienes creemos en la unidad de la nación española lo hagamos a favor. Una última cuestión antes de terminar. He oído a muchas personas estos días decir: además ¿qué importa que no se apruebe la Constitución? Ahí sigue el Tratado anterior. Aunque jurídicamente es cierto, que si no se ratifica el texto sigue en vigor el actual, en la práctica esto no será así. Mis muchos años en la política europea, -al menos 28 años- -de participación en instituciones europeas, Consejo de Europa, Parlamento Europeo, Comisión, me hacen pensar con bastante fundamento que, aunque haya Estados que puedan votar en contra, habrá una amplia mayoría que votará a favor, y estos buscarán el procedimiento que sea, para que el nuevo Tratado rija entre ellos sus relaciones, dejando fuera a los que no lo hayan aceptado. Por tanto, no sirve el consuelo de que si alguno no lo aprueba, siga en pie Niza. Niza seguirá solo para los que no acepten el Tratado Constitucional Desde el máximo respeto a los discrepantes, debo decirles que a mi juicio, los españoles debemos votar a favor, aunque no nos gusten algunas cosas, pero tenemos que estar en la vanguardia del proyecto europeo porque eso es bueno para España. No perdamos el tren. Más tarde nos podemos arrepentir. MARCELINO OREJA AGUIRRE de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas