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ABC SÁBADO 12 2 2005 Cultura 63 MUERTE DE UN DRAMATURGO Marilyn y Miller, un símbolo imposible de la unión de la belleza y la inteligencia, se miran arrobados cerca del puente de Brooklyn Fue la envidia del mundo entero cuando estuvo casado con Marilyn Monroe. Después se desposó con una mujer muy diferente y también única: Inge Morath, con quien mantuvo su vínculo hasta la muerte de la fotógrafa. Pero ellas no fueron las únicas ¿Qué verían las mujeres en él? Por HORACIO VÁZQUEZ- RIAL Nunca se sabe por qué es amada una persona. No amada por su público, que eso es cosa del talento, la inteligencia o la mentira, sino íntimamente amada, como hombre o como mujer. Lectores y espectadores amaban a Arthur Miller por su talento y por su inteligencia, pero jamás sabremos por qué le amaron las mujeres. Esas mujeres: la más bella y una de las más brillantes del mundo. Marilyn Monroe e Inge Morath. A ese hombre feo, desgarbado, sin gracia. Antes de Marilyn, Miller había estado casado con una mujer corriente, Mary Slattery, la madre de dos de sus hijos, entre 1940 y 1956, la época de su ascenso como novelista y dramaturgo: Foco (1945) Todos eran mis hijos (1947) Muerte de un viajante (1949) Las brujas de Salem (1953) También, la época dura de McCarthy, de las declaraciones ante el comité de Actividades Antiamericanas. El año 1956 vio el triunfo de los liberales sobre la siniestra comisión senatorial. Las condiciones mejoraron para los creadores, en especial los que, como nuestro autor, tenían un perfil militante. Entonces la conoció a ella, la más deseada, que intentaba variar el curso de su carrera y se había incorporado al Actor s Studio de Strasberg. Miller se divorció para casarse con la actriz, a la que llevaba once años. Él, defensor de los valores de la familia tradicional y de la vieja sociedad, más judío que izquierdista. Podemos imaginar con fa- En Pamplona, junto a su tercera esposa, la fotógrafa Inge Morath cilidad lo que el escritor vio en ella; cuesta suponer lo que ella vio en él. No fue un vínculo fundado en la admiración intelectual. Tal vez sí en un oscuro resentimiento, capaz de hacer de esa pareja una escenificación perpetua de la lucha entre la belleza y la inteligencia. Dicen que ella no le trataba bien, y cabe pensar que los celos devoraban a Miller en aquel tiempo. No es cierto que le mantuviese, ni que pagase la pensión de la ex esposa: él ganaba su propio dinero, y la crítica le había situado en el Olimpo del teatro americano, junto a Eugene O Neill y a Tennessee Williams. A pesar de todo, la relación duró un lustro, hasta que ella se ABC enamoró de Yves Montand. Alguna vez, él escribió o dijo que en la vida hay que tomar lo que se nos ofrece, pedirlo si no se nos ofrece, y nunca lamentar nada Fue en la última etapa del matrimonio, cuando se preparaba el rodaje de The Misfits, a las órdenes de John Hus- En enero anunció su intención de casarse con la pintora Agnes Barley, de 34 años, pero era demasiado tarde ton, cuando Miller conoció a Inge Morath, la que sería su siguiente esposa. Era una gran fotógrafa, tan importante en su mundo profesional como Marilyn o él mismo en los suyos. Había trabajado con Capa y con Cartier- Bresson, y estaba en Magnum desde 1958. Tenía sólo tres años más que Marilyn, ocho menos que Miller, pero él siempre había parecido mucho mayor que cualquier mujer de su misma edad. Seguramente, el guionista tenía más afinidades con la fotógrafa que con la protagonista del filme, con la austriaca escapada de los nazis que con la chica media americana. No fue una pasión, sino un vínculo entre seres maduros, que duró el resto de la existencia de ella, fallecida en enero de 2002, mientras trabajaba en un libro de imágenes de los atentados del 11 de setiembre de 2001, a los 79 años. Miller no se podía quedar solo. Si no se le ofrecía nada, lo pediría. Pero se le ofreció, poco después de la muerte de Inge. Una joven pintora llamada Agnes Barley, con un aire a Monica Lewinsky, pero en rubio, a la que unos amigos le preguntaron una noche si quería conocer a Arthur Miller. Se sorprendió: ¿Todavía está vivo? Francamente, pensaba que estaba muerto. No era una fan. Pero le hizo gracia conocerle, y allá fue, con sus 34 años, 55 menos que Miller. Se estableció un lazo entre ellos, el que fuere, tal vez amor. Hace poco, a principios de enero, anunciaron que se iban a casar, pero era demasiado tarde.