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ABC SÁBADO 12 2 2005 Sociedad Religión 59 Los pecados capitales han sido reemplazados por la crueldad, el adulterio, el fanatismo y la deshonestidad social, como una suerte de leyes de continencia que a menudo chocan con las leyes de libertad ¿Es la Iglesia consciente de ello? Las últimas pastorales de algunos obispos, en especial el discurso pronunciado por Fernando Sebastián en el pasado Congreso de Apostolado Seglar, parecen indicar que sí. Otra cosa es que sea fácil salir, porque la Iglesia está instalada en una imaginería tradicional, y acabar con ella generaría mucha confusión subraya el profesor de Sociología. Entretanto, en opinión de Vidal, se aplica una cierta tolerancia sobre todo en lo relacionado con las relaciones sexuales o el uso del preservativo, salvo declaraciones excepcionales, que no son muy frecuentes y por eso se convierten en noticiosas El sociólogo sí reconoce que en cuestiones relativas a la moral sexual, tal vez se incide demasiado en el concepto de pecado, lo que puede escandalizar. Pero en el resto de cuestiones, creo que la Iglesia tiene una conciencia moral de pecado superior a la cultura normal Un ejemplo de ello fue la invasión de Irak, que fue calificada como pecado contra la Humanidad por el propio Juan Pablo II. Vicios que generan otros vicios La tradición cristiana asume que fueron San Juan Casiano y, sobre todo, el Papa San Gregorio Magno (590- 604) quienes fijaron los siete pecados capitales así denominados- -según el Catecismo de la Iglesia católica- porque generan otros pecados, otros vicios la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza. En contraposición, la teología cristiana indicó otras siete virtudes Así, frente al orgullo, estaría la humildad; frente a la codicia, la generosidad; sobre la lujuria, la castidad; para la ira, la mansedumbre; para la gula, la templanza; contra la envidia, el amor fraterno; y frente a la pereza, la diligencia. De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable de manera tal que, en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal el dolo, el robo, la usura... La gula es el consumo inmoderado de los alimentos necesarios para la vida, aunque también puede ser vista como la ansiedad absoluta de poder. La ira, a diferencia del enojo, se convierte en pecado capital cuando existe sed de venganza desordenada o contraria a la razón, cuando se desea el castigo a quien no lo merece, o un daño desproporcionado al culpable. Finalmente, la envidia supone la angustia por el bien del prójimo, al que desearíamos verle privado de su felicidad. La mentira, la traición, la intriga y el oportunismo son, según la teología cristiana, algunas de las hijas de la envidia. Aunque la Iglesia considera que el pecado es un acto personal asume la responsabilidad en los pecados cometidos por otros cuando cooperamos a ellos participando directamente, ordenándolos o aconsejándolos o protegiendo a los que hacen mal La mesa de los pecados capitales de El Bosco La tradición coloca la soberbia como el principal pecado capital, puesto que fue por soberbio por lo que Adán fue expulsado del Paraíso. Dicho pecado es una ofensa directa contra Dios La pereza- -o acidia -habla de la incapacidad de hacerse cargo de la propia existencia, y se hace pecado mortal cuando llega a hacer desear al ser humano que no haya otra vida. Por su parte, el lujurioso cae en pecado EL PRADO mortal porque involucra directamente la utilización del prójimo como un medio y un objeto para satisfacer sus placeres sexuales. Siguiendo esta idea, la lujuria sería el opuesto total al amor. La avaricia está estrechamente ligada al materialismo, y la doctrina católica la explica como el apego inmoderado a la riqueza. Como otros pecados capitales, la avaricia trae consigo algunas faltas menores, como el fraude